Si Comete Un Error Porqu

si comete un error. Porque sabe que no se lo esta contando todo. El viejo truco.

—De toda confianza.

—Hemos enviado a un companero de La Coruna a hacer alguna indagacion sobre el senor Novoa —dice Parra, mostrando una ventana de WhatsApp abierta en su movil—. Me cuenta que es un asiduo del Casino Atlantico.

Ortiz no responde.

—¿Sabia usted algo?

—Senores, mi cliente no tiene por que tener conocimiento de…

—Si, lo sabia —interrumpe el empresario—. Esta controlado.

—Al parecer va varias noches por semana. Blackjack, sobre todo.

—Tambien lo se.

—Y tiene deudas de mas de cien mil euros.

El abogado Torres alza la cabeza con sorpresa al escuchar aquello, y mira a Ortiz con preocupacion.

Ortiz se para, se apoya en la chimenea, se muerde la cuticula del pulgar.

—No me siento comodo hablando de esto.

—Lo entiendo, senor Ortiz. Pero es importante —insiste Parra.

Tras una eternidad haciendose la manicura a bocados, Ortiz acaba por responder.

—Carmelo tuvo una crisis cuando murio su mujer. Treinta y un anos casados. Le dio por las cartas.

—¿Y acudio a usted?

—Acudio a mi hace unos meses. Ya le he dicho, es de la familia. Soy el padrino de su nieto mayor, por el amor de Dios.

—¿Le dio usted dinero?

—No, claro que no —dice el empresario—. No habria sido buena idea.

—Para usted esa cantidad no es gran cosa, ¿verdad?

—El patrimonio de mi cliente es irrelevante en este caso, capitan Parra —interviene el abogado.

—Salvo que no lo es, ¿no?

Ortiz agarra uno de los adornos que hay sobre la chimenea —una bola de ceramica en delicados tonos chocolate y naranja, salida de una de sus tiendas de la division Hogar— y lo estrella contra el suelo. El crujido de la loza desintegrandose parte en dos el silencio incomodo que se habia producido tras la aseveracion de Parra, y lo convierte en un silencio glacial y fisico.

—Soy rico —dice Ortiz, con el rostro desencajado—. Tengo dinero, muchisimo. Podria haber hecho que se esfumaran los problemas de Carmelo con un simple gesto, si. En lugar de eso, le ofreci mi apoyo. Le busque ayuda. Le dije que seguiria trabajando con nosotros durante el resto de su vida. Que es lo que se hace con alguien de tu familia. Carmelo es de la familia.

—Su negativa a darle dinero, una cantidad que para usted es insignificante, seria humillante para el. Y eso podria haber desencadenado el resentimiento. En un viaje de seis horas por carretera hay muchas oportunidades. Solo tenia que apartarse en un area de servicio con cualquier excusa, reducir a su hija y despues pedirle a un complice que llamase por telefono.

El rechazo a lo que dice el policia comienza a ceder. Ortiz no es un hombre dado a reconocer errores. No lo era cuando era un veinteanero pobre, y ahora mucho menos.

—Es decir, que yo tengo la culpa —dice el empresario, con un ultimo arrebato de indignacion—. Esta acusandome de ser el causante de la desgracia de mi nina.

—Yo no he dicho eso, senor Ortiz. Solo queremos que abra los ojos a la evidencia.

Y Ortiz abre los ojos, y con la evidencia se le desploman los hombros, y el aire se le escapa de los pulmones. Parece a punto de echarse a llorar, y no para de masajearse el brazo izquierdo con el derecho.

—No me encuentro muy bien —musita.

El abogado se acerca a el y le pone las manos en los hombros.

—Aguanta —le dice al oido—. El medico esta esperando.

Y a los demas:

—Senores, esta reunion ha concluido.

Parra y Sanjuan se ponen en pie de mala gana. No parecen muy contentos con el desarrollo de los acontecimientos.

—Necesitaremos acceso al ordenador de Carla, las contrasenas…

—No dispongo de esa informacion, pero ayudaremos en lo que podamos —dice Torres, interponiendose entre ellos y Ortiz—. Yo me encargare personalmente.

Antonia maniobra para salvar la barrera que representa el abogado y se acerca al empresario.

—Una cosa mas, senor. ¿Donde esta su nieto?

Ortiz la mira, como si intentara entender quien es esa mujer y que esta haciendo en casa de su hija. Cuando habla, su voz parece venir desde un millon de kilometros de distancia.

—Mi nieto ha sido trasladado a un lugar seguro. Fuera de Espana. No quiero que este aqui si todo esto acaba saliendo en los periodicos.

—Por nosotros no sera, senor Ortiz —dice Parra.

Por nosotros, ni te cuento, anade Jon, para sus adentros.

Carla

Carla

Un golpe —metalico, atronador— interrumpe los gritos.

Ha perdido la cabeza durante un rato, no sabe cuanto. Es vagamente consciente de haber buscado a ciegas una salida, pero no hay ninguna. Dominada por la ansiedad, pidio auxilio hasta quedarse ronca, hasta que apenas pudo extraer un jadeo desfallecido de los pulmones. Entonces habia sonado el golpe, retumbando alrededor de Carla con un eco sordo e impreciso.

—No me gusta que grites —dice alguien, cuando el eco enmudece.

Es una voz grave. Una voz de hombre.

—Senor. Oiga, senor. Necesito ayuda —contesta Carla, con un hilo de voz.

Silencio.

—Senor… ¿me oye? —insiste Carla, forzando al maximo su garganta. Suena como un fuelle al final de su recorrido.

—Te he oido. No me gusta que grites.

—Senor, necesito salir de aqui. Tiene que dejarme salir, por favor. Tengo miedo a la oscuridad.

—Dime la contrasena de tu correo electronico.

Carla esta mareada. Hace mucho, mucho calor. No puede respirar bien, apenas hay oxigeno. Necesita salir de ahi como sea.

—¡Dejeme salir! ¡Quiero salir!

Se echa hacia delante, gateando, en busca de una salida en la negrura, con las manos extendidas. Sus dedos encuentran algo solido, metalico. Al apoyarse en ello, cede un poco y luego vuelve a su posicion.

Una puerta. Es una puerta.

De rodillas, apoyada en la plancha metalica, Carla comienza a golpear con insistencia. Las palmas de sus manos apenas arrancan timidos susurros al metal.

—¡Abra! ¡Abra, por favoooooor…!

La ultima silaba de la suplica se resquebraja en un sollozo cada vez mas debil. Carla se deja caer, de espaldas, contra la puerta de metal, sin dejar de llorar.

Entonces viene el segundo golpe. Al estar Carla apoyada en la plancha —con los hombros, con las manos, con la cabeza—, retumba por todo su cuerpo. Los oidos le zumban, el diafragma se le comprime, el dolor de la nariz se multiplica, se muerde la lengua por el sobresalto.

—No me gusta que grites y tampoco me gusta que llores.

Carla quiere gritar de nuevo, todo su cuerpo le pide gritar de nuevo, pedirle, exigirle a ese hombre que la deje libre, inmediatamente. Pero el agotamiento, el dolor, y algo mas le dicen que espere.

Y eso hace, en silencio, apretando los punos para no gritar.

—¿Ya estas mas tranquila?

—Si —susurra Carla.

—Dime la contrasena.

Carla abre la boca para contestar, y de nuevo hay algo que la retiene. Es una voz que ya ha oido antes. En el bosque.

No digas nada.

Me matara.

No digas nada. Si le das la

contrasena, tendra acceso a TODO.

Si me hace dano, la tendra de todos modos.

Entonces negocia. El quiere algo,

tu le pides algo.

—La contrasena —repite el hombre.

—No.

—Dame la contrasena o entrare ahi y te matare.

La amenaza hace encogerse de nuevo a Carla. La respiracion se le acelera.

Es un farol.

—No va usted a matarme. Si me mata, no tendra la contrasena.

Silencio.

—Puedo entrar y hacerte dano hasta que me la digas.

No puedo. No puedo. Tengo que decirselo.

No te rindas tan facil. Siempre te has

rendido demasiado facil.

Carla aprieta los punos, menea la cabeza adelante y atras, intentando pensar por encima del dolor.

Esta bien. Esta bien.

—¿Como se llama? Yo me llamo Carla. Mi nombre es Carla —repite, porque ha escuchado en algun sitio, o leido, quizas, o visto en alguna pelicula, que hay que conseguir que el

Dilo. Secuestrador. Violador. Asesino.

Elige una.

hombre que puede hacerte dano, que te vea como una persona. Que te humanice. Que sepa que no eres solo un cuerpo, que no eres un objeto.

—Ya se como te llamas.

—Y usted, ¿como se llama?

Silencio.

—Puedes llamarme Ezequiel.

—Ezequiel… Yo me llamo Carla. Dejeme salir y le dare dinero. Puedo hacerle una transferencia ahora mismo. Luego me deja salir. Le juro que no dire nada de lo que ha pasado.

—No quiero dinero. Quiero la contrasena.

—Esta bien. Deme agua, entonces.

Silencio.

—Me daras la contrasena si te doy agua. —No es una pregunta.

Un silencio mas largo, al final del cual Carla oye un chirrido metalico en la puerta.

—Ahi la tienes.

—¿Donde esta? ¡No puedo ver nada!

Se oye un clic. Un rectangulo de luz se recorta en la oscuridad, en el suelo, al final de la puerta.

En su centro hay una botella de agua de medio litro.

El brillo que desprende es irreal, un recordatorio de que a su alrededor no hay mas que negrura. Carla se arroja sobre ella. El plastico cruje bajo sus manos ansiosas cuando quita el tapon y se lo lleva a la boca. Se bebe la mitad de dos largos tragos. Caen en su estomago, vacio y debil, como dos punetazos. Vuelven los retortijones, y Carla vomita casi todo el liquido en el suelo sin poder contenerse.

—Ya tienes tu agua. Ahora, la contrasena.

Carla se aproxima al rectangulo de luz. No debe medir mas de un palmo de alto y dos de ancho. Intenta asomar la cara por el, arrodillada. Logra ver, al otro lado, unas botas, iluminadas por una linterna. El haz le hiere los ojos. Alza una mano e intenta ver algo a traves de los dedos.

—Espere un momento. Hablemos, podemos… puedo…

El rectangulo de luz desaparece, con un repiqueteo metalico. Carla oye un chasquido al otro lado. Un pestillo, quizas.

No. No.

—¡Dejeme salir! —dice, golpeando de nuevo en la puerta.

—Has pedido agua a cambio de la contrasena. Dimela.

Carla, confusa, llora, desesperada.

No se la digas. Si se la dices, no te

quedara nada con lo que negociar.

—Por favor…

Esta vez son tres golpes, en rapida sucesion, furiosos, los que atronan el mundo de Carla. Sus timpanos tanen, reverberan, la puerta se agita. Carla se hace una bola en el suelo, encogiendo las rodillas, tapandose los oidos con las manos.

Entre lagrimas, empieza a recitar la contrasena.

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