S Las Palancas Del Mecanism

s las palancas del mecanismo de la cuerda. Antonia no lo habria visto si uno de los pedazos de masilla adhesiva que sujetan el cable no hubiera perdido su adherencia, soltandolo un poco.

Sigue el cable con la linterna, hasta la parte superior de la puerta. Colocada astutamente sobre el marco hay una larga y gruesa tira de una masa amorfa. Antonia esta convencida de que no quiere que a esa masa amorfa le llegue ningun impulso electrico.

Al final del cable hay un contacto. Si se gira la rueda… Bum.

Ha estado a punto de morir. Y, sin embargo, reprime una exclamacion de triunfo.

La bomba trampa solo puede querer decir una cosa.

Ezequiel esta muy cerca.

Antonia no tiene conocimientos sobre desactivacion de bombas. Pero el dispositivo es rudimentario. Solo un cable, en un dispositivo basico. Una salvaguarda final de alguien que esta convencido de que nadie va a entrar por ahi. Pero que, por si acaso…

Tengo que tirar del cable lo suficiente como para que no haga contacto. Y despues girar la rueda.

El tiempo se acaba para Carla Ortiz. Asi que Antonia no piensa, se limita a tirar del extremo del cable, y desear lo mejor. Cierra los ojos, aprieta los dientes.

La explosion no llega.

Antonia gira la rueda con gran esfuerzo, haciendo crujir y protestar a las dos palancas que destraban la puerta.

Mira el reloj. Son las seis de la manana. A Carla Ortiz le quedan cuarenta y siete minutos.

Antes de cruzar, su ultimo pensamiento es para Jon.

Alla donde estes, espero que tengas los ojos bien abiertos.

Carla

Carla

La septima baldosa es imposible.

Ha ido encajando las anteriores con sumo cuidado, ganando unos milimetros cada vez. El proceso es el mismo que empotrar un ultimo libro en una estanteria repleta. La mejor manera de lograrlo es extraer dos libros lo suficiente para colocar el tercero entre ambos.

La presion de las baldosas entre la puerta y el marco ha ido alzando poco a poco la puerta, separandola apenas unos centimetros en su parte inferior. No los suficientes.

Carla ha probado a introducir la mano, pero no logra pasar de la muneca. Necesita una baldosa mas.

La septima, no obstante, se le resiste. El peso que estan soportando las anteriores es ya tan grande que no puede separarlas lo suficiente como para introducir la ultima. Por no hablar de que debe sujetarlas al mismo tiempo con la palma de la mano, haciendo presion hacia arriba para que no se caigan. Y todo el proceso ha de realizarlo con una sola mano, la izquierda, ya que necesita la derecha para empujar la puerta hacia fuera.

Lleva horas con el brazo en alto, y tiene los musculos completamente agarrotados. Ha ido haciendo pequenas paradas para recuperar la circulacion, pero su cuerpo esta debil y deshidratado y no responde. Esta al limite de sus fuerzas. Puede desmayarse en cualquier momento.

Hasta aqui he llegado, piensa.

—Esta bien —responde, con su voz, la Otra Carla. Que ahora es, cada vez mas, la Carla Autentica. La que esta al mando. La que las ha llevado hasta alli a las dos—. Esta bien, rindete. Haz caso al dolor, haz caso al agotamiento. Rindete a cuatro milimetros de la meta.

Dejame.

—Espero que te encuentren aqui, para que tu padre vea como tenia razon. Como no merecia la pena destruirlo todo para salvarte.

No. No.

—Porque nunca has estado a la altura.

Carla, humillada, enfurecida, empuja por ultima vez, tensa todo su cuerpo, logra mover la puerta y sostenerla lo suficiente. La septima baldosa entra. Apenas un tercio de su longitud.

Agotada, respirando con dificultad, Carla se desinfla. El dolor le inunda las extremidades, rigidas.

—No te pares —susurra la Otra Carla—. Ahora es cuando empieza lo mas importante.

Carla obedece, se gira para introducir la mano por la abertura en la oscuridad. Antes de hacerlo, un fugaz pensamiento cruza por su mente. El de que al otro lado, en la oscuridad, las formas escurridizas de su infancia han vuelto a adoptar la silueta del hombre del cuchillo, acechando en las tinieblas, con el filo dispuesto, esperando a que ella extienda el brazo para clavarselo en la palma de la mano.

Que se atreva, piensa.

Saca la mano.

El brazo se le queda atascado a mitad del antebrazo, pero llega a rozar la cuerda con la punta de los dedos.

Solo tiene que tirar de ella. Pero esta demasiado lejos.

—Para acercarla, tendras que cortarla.

Carla vuelve a introducir el brazo. Cuando asoma de nuevo la mano, esta vez lleva la media baldosa sujeta firmemente entre los dedos.

14. Un túnel

14

Un tunel

A Jon Gutierrez no le gustan los tuneles abandonados.

No es una cuestion de estetica, porque apenas puede ver nada. No hay luz, asi no tiene que ver sus propios pantalones del traje, que se ha manchado y desgarrado al saltar desde el anden.

Lo que a Jon Gutierrez le jode de los tuneles abandonados es que esten cargados de explosivos.

Malditas bombas trampa, piensa Jon. Esto en Bilbao ya no pasa.

—Tienes que entrar a las seis de la manana en punto, tan pronto abra el metro —le habia dicho Antonia Scott, cuando le llamo hace cinco horas—. Tendras muy poco tiempo para llegar.

—Dejame que avise a alguien. Tu y yo solos…

—No, Jon. Es mi hijo. No quiero a nadie mas en esto.

Jon intento memorizar las indicaciones de Antonia.

—Una cosa mas —dijo ella—. Cuanto mas te acerques, mas probabilidades hay de que te encuentres con una bomba. El tunel es muy amplio, asi que seguramente el disparador este en el suelo, o a muy poca distancia por encima. Ve con cuidado. No pises en ningun sitio que no puedas ver.

Tan pronto como pasa el primer tren por el anden desierto de la estacion de Goya, Jon salta a las vias. El desvio esta oculto tras una puerta metalica, trabada con un grueso y viejo candado. Salvo que el candado aparentemente intacto, no sujeta nada. Tan pronto Jon gira el pomo, el candado se mueve con la puerta.

Aqui vamos.

El aire dentro del tunel es antiguo, amargo. Las paredes rezuman, y la pintura es apenas un vestigio, blancuzco, entre manchas de humedades. El silencio solo se ve interrumpido por el sonido de los trenes de la linea 2.

—Seran ciento setenta metros —habia dicho Antonia—. El tunel esta practicamente entero en curva salvo una recta al final, pero tendras que tener cuidado. Si te ven acercarte, seras un pato de feria.

Lo cual quiere decir que tendra que apagar la luz de la linterna e ir a ciegas los ultimos treinta metros.

Jon camina muy despacio, atento al suelo. Hay un limo verdoso y maloliente acumulandose en el fondo, cubriendo los agujeros donde antiguamente habian ido fijadas las vias.

No pises en ningun sitio que no puedas ver.

Jon escoge con mucho cuidado donde pone los pies. El limo no cubre del todo el cemento, y Jon solo apoya su peso en los lugares secos. En ocasiones tiene que dar pasos en diagonal, otros enormes, de noventa centimetros de largo.

Avanza muy despacio. Y menos mal.

La primera de las trampas es un hilo casi invisible. Cruza el tunel, de un lado a otro, sujeto con una hembrilla a la pared. El otro extremo se hunde bajo el limo.

Jon se agacha y usa uno de sus panuelos para retirar parte del barro verdoso que hay en los agujeros donde antes se anclaban las vias.

Debajo asoma un plastico azul electrico, que envuelve algo. Jon no sabe lo que es, pero esta seguro de lo que sucederia si el hilo se rompiera.

Se pone de nuevo en pie, y pasa con cuidado sobre el hilo.

Jon no se relaja. Y menos mal.

La segunda trampa esta casi inmediatamente despues. Pero esta vez no es un hilo. Jon la ve casi por casualidad, ya que la linterna refleja en la lente del emisor de rayos infrarrojos colocado en la pared. Diez euros en cualquier tienda de electronica. Igualito que los de los ascensores.

Pegado a la pared empapada, el inspector Gutierrez tiene que hacer acrobacias para pasar por encima del sensor, situado a medio metro del suelo. Cuando consigue alejarse un poco, suelta un suspiro de alivio.

Jon sospecha que si hubiera interrumpido la comunicacion entre los dos sensores, el mundo a su alrededor hubiera hecho bum.

Hay una tercera trampa ochenta metros mas adelante. Es identica a la primera, salvo que esta vez el hilo esta colocado tan pegado al suelo que es practicamente invisible. De hecho, Jon no lo ve cuando pasa por encima de el. Si no lo pisa, es por pura y simple casualidad. Solo se da cuenta de su existencia, con un sudor frio, cuando ve un segundo y tercer sensor infrarrojo por delante de el. Situados a distintas alturas. Medio metro y un metro por encima del suelo.

Me cago en Dios, piensa Jon.

Porque a ver como pasa por ahi.

No queda sino arrastrarse, y confiar en que no haya ningun hilo mas por el suelo.

El inspector Gutierrez se arroja al barro, con el cuerpo paralelo al hilo, y despues repta por debajo de los sensores. Emerge al otro lado. El traje, las manos y la cara llenos de limo hediondo, unas nauseas terribles. El olor que le invade las fosas nasales es absolutamente repugnante.

No puede contenerse y vomita, aun a gatas. El asco se aduena de su cuerpo, lo posee y lo mueve de forma involuntaria, como un musculo bajo una corriente electrica. Escupe saliva, traga, vuelve a escupir mas saliva. Cuando abre los ojos

(aun vivo, joder, aun vivo) le lleva un momento recuperar el control.

Se siente sucio.

Sin panuelo para limpiarse, Jon se arranca la chaqueta, e intenta quitarse de la barba el cieno pegajoso, y limpiarse las manos lo mejor posible, usando el forro interior de seda. Deja atras la prenda, inutil ya.

Esto no hay tintoreria que lo arregle, piensa.

Se queda en mangas de camisa. Bajo ella se transparenta la palabra POLICIA de su chaleco antibalas. No mucho, no obstante. La camisa es de algodon egipcio, y ha costado una cifra.

Ha llegado la hora de tomar una decision. Porque un poco mas adelante, presiente como el tunel se acaba. Ahora que los LED de la linterna estan cubiertos de barro, puede ver una luz tenue filtrandose tras las paredes curvas.

—Habra una recta al final. Cuando llegues alli apaga la linterna —habia insistido Antonia—. O te veran.

—Y si hay alguna trampa en los ultimos metros, ¿que pasa?

Antonia no habia respondido a eso.

Jon apaga la linterna. Ahora ha llegado el momento de caminar a ciegas, guiado solo por el tenue resplandor que tiene delante.

Mientras avanza en la oscuridad, sin otra referencia que la de la pared a la que ha pegado los brazos y la espalda, Jon es extraordinariamente consciente de su cuerpo. Sus musculos agarrotados por la tension. El estomago que ahora es un nudo vacio, empujando contra el diafragma. El corazon que late desbocado. La sangre golpeando en los oidos. La mandibula dolorida de tanto apretar los dientes. Los ojos, sedientos de informacion. Las yemas de los dedos extendidos, que perciben cada mancha de humedad. El mundo es un abismo, y la oscuridad no ofrece cobijo, solo amenazas.

Piensa en su muerte, que se le antoja inevitable. En todo lo que alguna vez quiso hacer y desecho, porque manana sera otro dia. En amatxo, a la que no ha dicho agur.

Treinta metros. Treinta metros mas, sin saber si el siguiente paso va soltar a un hilo o cortar el circuito de dos sensores de infrarrojos. Sin saber si el siguiente paso sera el ultimo. Sin tener realmente claro por que sigue adelante. Las certezas se han disuelto en el barreno acido del miedo. Deber, honor, bondad, no son ahora mas que palabras, letras amontonadas sin significado alguno. Que su cuerpo aborrece, avido de supervivencia.

Si lo que quieres es vivir cien anos, piensa Jon, no vivas como vivo yo.

Autor