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Ramón

Ramon

De noche, la vejez es mas terrible.

La creencia popular, esa gran mentirosa, atribuye a los ancianos una sabiduria y una serenidad superiores a las de los jovenes. Alcanzada una edad provecta, el cuerpo se ha liberado de sus necesidades mas acuciantes, de sus deseos lascivos, de su hambre voraz y de su temperamento irascible. Los ancianos son pacientes, los ancianos prefieren la paz a la guerra, los ancianos saben escuchar y, cuando hablan, lo hacen desde la atalaya de marmol con letras de bronce en la que el tiempo y la paciencia les han colocado, y en la que es cuestion de tiempo que acaben sus dias, solidificados, como ejemplo y recuerdo para las generaciones venideras.

Todo eso no son mas que gilipolleces, piensa Ramon Ortiz.

Los ancianos son intransigentes, estan cargados de prejuicios, solo conocen una manera de hacer las cosas.

Los ancianos son los que comienzan las guerras, por orgullo, por dinero o por patriotismo. O cualquier mezcla de las tres anteriores.

Los ancianos tienen las mismas necesidades que cualquier adolescente salido y famelico. Si el cuerpo se lo permitiera se pasarian el dia bebiendo hasta perder el conocimiento, comiendo hasta reventar y follando hasta que la polla se les cayera a trozos. Dos mil millones de capsulas de Viagra vendidas al ano ratifican esto ultimo.

Pero el cuerpo no se lo permite.

Lo que le queda a Ramon Ortiz, lo que antes fue una maquina robusta y energica, es un saco de achaques e indignidades. Levantarse cada dia, despues de dos o tres horas de sueno ligero e intermitente, con los huesos doloridos, la garganta de lija y el calzoncillo humedo por las perdidas de orina. La visita al medico cada pocos dias, siempre con otro ay, siempre con otra receta. Los recuerdos, permanentes y dolorosos, de dos esposas muertas, una en la flor de la vida, la otra hace menos de un ano. Comer poco, porque el apetito fisico se ha diluido, aunque el mental sigue presente, como una leve sombra, como un miembro fantasma que el soldado aun quiere rascarse, pero para el que los dedos solo encuentran aire.

De noche, cuando el cansancio envuelve los hombros como una manta helada, cuando los ojos escuecen, cuando las piernas ya no soportan el peso, la vejez es un castigo peor que la muerte.

Ramon conoce unos cuantos ancianos. Los hay que rien ante las propias dolencias, que solo quieren otra partida de mus, otro chato de vino, otro atardecer. Los hay que maldicen su suerte, los hay que lo guardan todo en su interior. Casi todos se miran al espejo por las mananas, sin reconocer la cara que les devuelve el reflejo y se preguntan quien les ha robado el mes de abril, como ha podido sucederles a ellos.

Todos los que conoce, sin excepcion, no son mas que crios asustados ante el lobo que devora sus jornadas a dentelladas cada vez mas grandes.

Todos los que conoce, sin excepcion, darian todo lo que poseen por que les apareciera la lampara de Aladino dentro de una chistera. De los tres deseos les basta uno. Volver a tener veinte anos, sabiendo lo que se ahora. Una oportunidad de volver atras, de hacerlo bien esta vez. Dirian adios a todo lo que tienen y conocen. Casa, renta, familia y amigos. Hijos. Sin dudarlo. En la noche oscura del alma, su vista escudrina los rincones sombrios en busca de un diablo codicioso que venda elixires de la eterna juventud. Pero las sombras estan huecas y vacias, como el reloj de arena de sus vidas.

Todos lo darian todo.

Yo no.

Ramon Ortiz es un hombre excepcional. Cuando se examinan las vidas de aquellos que han alcanzado grandes logros, debe entenderse su exito como una combinacion de talento, inteligencia, trabajo y suerte. Ramon Ortiz suma un quinto factor. Tiene una voluntad inquebrantable. Su vida, lo que el es, la ha definido por el trabajo, por la edificacion lenta, piedra a piedra, grano a grano, de una piramide en la que pasar la eternidad.

Si a un hombre asi le pones una pistola en la mano y le dices: vuelate la cabeza o mato a tu hija, el disparo sonara antes de que acabes de hablar.

Si a un hombre como Ramon Ortiz le dices que destruya el trabajo de su vida…

—Haria cualquier cosa, Jesus, cualquier cosa.

Estan sentados en el salon de su casa, en sendos sillones. Ha apagado todas las luces, menos una lampara de pie, al otro extremo del salon. Algunas conversaciones se tienen mejor en la oscuridad.

—Lo se, Ramon. Lo se muy bien —dice su abogado.

Lo que quieres decir es cualquier cosa… menos esto.

Jesus Torres lleva siendo el consejero particular de Ramon Ortiz mas de treinta anos. En tres decadas ha aprendido a ajustar su papel a cada situacion con excepcional finura, como uno de esos relojes suizos que tanto aprecia. O mejor, como un buen whisky.

Mira el vaso que tiene en la mano. Es un escoces asombroso. Un regalo que le hizo a Ramon un jeque arabe el invierno pasado por su cumpleanos. Dalmore Trinitas. Sesenta y cuatro anos de maduracion. Solo tres botellas en todo el mundo. Mas de cien mil euros cada una.

Ramon la ha cogido antes del mueble bar, sin pensar. La ha abierto, la ha puesto encima de la mesa, ha servido tres dedos de licor a cada uno —de un color caramelo brillante—, y despues se ha puesto a mirar el reloj en silencio.

Torres da un sorbo —un sorbo de mil euros— y se recrea en los detalles y sensaciones, reteniendolo en la boca antes de tragar. Primero notas poderosas de pasas, cafe, avellanas y naranja amarga. Pomelo, quizas. Sandalo y almizcle, por descontado. Luego, al tragar, una oleada de moscatel, mazapan, melaza. Y al marcharse, un retrogusto en el paladar de trufas, azucar mascabado y cascara de nuez.

Es un whisky magnifico, como debe ser la labor de un buen consejero.

Hay matices, sutilezas, notas que se perciben en un primer momento, otras que quedan para despues, y van sembrando el camino para el futuro.

Hoy la labor de Torres no es la de abogado, sino la de confesor.

—Es mi hija, Jesus. La quiero con toda mi alma.

—Si, Ramon. No te preocupes. No se atrevera. Manana llamara y pedira dinero a cambio. Volvera sana y salva.

El multimillonario duda. En la mano izquierda, apoyada sobre el regazo, sostiene la foto de su hija. En la derecha, su movil. Una sola llamada bastaria, a pesar de lo avanzado de la hora. En treinta minutos podria estar dando una rueda de Prensa en todas las televisiones del pais. En sesenta, la noticia se conoceria en todo el mundo.

Multimillonario admite que se ha enriquecido con mano de obra esclava y anuncia el cierre de su empresa. Un titular demoledor.

—Aun estoy a tiempo de llamar.

—Es tu decision. Si es lo que crees que debes hacer, hazlo. Llama.

Ramon le mira. En la penumbra, sus ojos son dos grietas que se abren a un abismo de obsidiana.

—¿Tu que harias, Jesus?

Si fuera mi hijo, prenderia fuego al mundo entero antes de permitir que le tocasen un pelo de la cabeza, piensa el abogado. Pero no dice eso. Su hijo esta a salvo en casa, con sus nietos. Y no es el lo que esta en juego. Lo que esta en juego es el trabajo de Torres. Le quedan dos anos aun para jubilarse, piensa hacerlo a los setenta, y despues sentarse en su yate a emborracharse. Con la minuta que le paga cada mes Ortiz se pueden comprar aun muchos vasos de escoces. Quizas no tan buenos como este.

—No es cuestion de que haria yo —responde el abogado—. No es mi responsabilidad el bienestar y el empleo de casi doscientas mil personas en empleo directo. Ni de mas de un millon de empleos indirectos. Ni de los accionistas, muchos de ellos gente que ha invertido los ahorros de toda una vida.

Definitivamente no tan buenos como este, piensa, tras dar otro sorbo al Dalmore.

—Es mi responsabilidad. Es una carga pesada —dice Ramon Ortiz. Parece a punto de echarse a llorar.

Tu asegurate de que el dinero siga fluyendo, viejo amigo. La princesa es contingente. El dinero es necesario.

—Inquieta reposa la cabeza que sostiene la corona, Ramon. Los grandes hombres teneis que tomar decisiones dificiles —dice, con voz grave.

Ortiz reacciona agitandose en el sillon y desbloqueando el telefono.

Torres arruga el entrecejo. Lo ultimo que le ha dicho ha sido un error. Ha alimentado su ego, sin duda, pero tambien ha equiparado ambas decisiones. No basandose en la moral —sabe Dios que Ortiz esta muy lejos de regirse por algo tan simple—, sino en la dificultad. Ambas decisiones no pueden ser igualmente costosas.

Toca ajustar un poco.

—Un hombre mas pequeno tomaria la decision mas facil. Pero tu ya has escogido. Y, como siempre, has escogido el camino mas arduo.

Ahora si. Un toque de adulacion, con retrogusto a grandeza y majestuosidad, piensa Torres. Da otro sorbo.

Definitivamente, un whisky digno de un rey.

Ramon Ortiz vuelve a bloquear el telefono. No, un hombre como el no puede comportarse como los demas. Los ancianos asustados, quizas puedan permitirse destruir el trabajo de toda una vida ante una amenaza. Un hombre como el tiene que tomar decisiones que a otros harian palidecer, temblar y echarse atras. Un hombre como el es capaz de asumir la tristeza que se deriva de tomar las decisiones que a otros amedrentan.

El amor o la responsabilidad.

—Es muy duro, Jesus —dice.

—Hacer lo correcto esta al alcance de muy pocos —le responde Torres.

Tengo suerte de tenerle a mi lado en este momento tan dificil, piensa el millonario.

11. Un email

11

Un email

La tapa de registro esta en la esquina entre las calles Hermosilla y General Pardinas. No tiene nada de especial. Solo un humilde circulo de hierro, pisado cada dia por cientos de personas.

Antonia mira alrededor, pero no viene nadie. Es casi la una de la manana, y en esa zona no hay bares ni turistas.

De camino a su cita con Laura Trueba, Antonia se habia parado en una tienda de todo a cien a gastarse siete de sus ultimos nueve euros en una palanca de encofrador. Introduce uno de los extremos en el borde de la tapa de registro. Al principio no cede —donde esta Jon cuando lo necesitas—, pero tras varios intentos, logra introducir la punta entre la tapa y el brocal. A partir de ahi, es sencillo. La tapa se abre, y Antonia la aparta con gran esfuerzo y un estruendo de mil demonios.

Escaleras.

Quedan poco mas de cinco horas.

Mas vale que no me haya equivocado.

Sentada en el brocal de la alcantarilla, Antonia enciende el movil —ahora no importa si la encuentran, porque a donde va no pueden seguirla— y graba un mensaje en video para mandarselo por email a la abuela Scott.

—Hola, abuela. Voy a hacer lo correcto, tal y como tu me has ensenado. Si no sale bien, solo quiero que sepas que…

Hace una pausa. Cuesta mucho decir esas dos palabras.

—… que te quiero. Y miralo por el lado bueno —dice, con una sonrisa tremula—, al final he tenido razon yo. Noventa y tres anos y nos vas a enterrar a todos.

Envia el email a la abuela, y despues hace su ultima llamada.

No necesita hacer la pregunta, pero la hace de todos modos.

Y Jon Gutierrez responde lo unico que puede responder.

Antonia apaga el movil y echa un ultimo vistazo a la calle silenciosa y sin trafico. Va a haber tormenta, y el aire esta encrespado, furioso. Las luces de las casas estan apagadas. Al otro lado de las ventanas, las personas normales duermen, agotadas por sus vidas normales, ajenas a la existencia de monstruos que acechan bajo sus pies.

Antonia sonrie y empieza a descender hacia la oscuridad. No es una sonrisa feliz.

12. Un dilema

12

Un dilema

—Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son —dice Antonia, en voz alta, para infundirse animo.

Cuando Antonia piensa en Madrid, no piensa en la puerta del Sol, en el Museo del Prado o en la puerta de Alcala. No, ella piensa en el mural de la plaza de Puerta Cerrada.

Cuando Antonia se vino a estudiar a Madrid, renuncio a ocupar una de las muchas viviendas que la Embajada del Reino Unido posee en la capital. Queria vivir lejos de la influencia de su padre, asi que alquilo un pequeno estudio en la Cava Baja. Eran otros tiempos.

Cada tarde, al volver de la facultad, se tomaba un cafe en un bar de la plaza. Si hacia bueno, se sentaba en la terraza con sus apuntes, frente al gran mural de Alberto Corazon. Sobre un fondo color violeta, un pedernal sumergido en agua golpea una piedra de silex que desprende chispas. Encima de ellos, la leyenda:

—Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son —repite Antonia.

Esta vez en voz mas baja. Aqui abajo, el sonido funciona de manera extrana.

Ha descendido casi metro y medio por la boca de registro, y ahora se encuentra en una galeria de servicio. Se detiene un momento para estrenar su nueva adquisicion, una linterna en la que ha invertido sus ultimos dos euros. El dueno del todo a cien, un ciudadano chino que decia llamarse Pepe, tuvo la amabilidad de no darse cuenta de que Antonia se metia unas pilas en el bolsillo de atras de los pantalones.

Antonia introduce las pilas y presiona el boton, cruzando los dedos. Al fin y al cabo, una linterna de dos euros del todo a cien es un acto de fe.

Los LED se encienden.

Antonia se interna por la galeria de servicio, y comienza a buscar entre desvios, tuneles y escaleras. La galeria de servicio es una construccion moderna, disenada para albergar la fibra, la linea de telefono y la electricidad. Es la parte mas superficial del subsuelo. Para encontrar lo que busca, tendra que bajar mas, mucho mas. Y no todos los caminos son tan practicables. En muchos de ellos tiene que vadear aguas fetidas y heladas, en las que flotan toda clase de residuos. Prefiere no pensar en que sera lo que le roza los muslos o se queda prendido a su ropa.

Se pierde varias veces, tiene que desandar lo andado. Tiene los zapatos chorreando, las piernas empapadas por encima de las rodillas.

El tiempo corre.

Aunque los madrilenos lo hayan olvidado, el mural de Corazon representa al primer emblema de la ciudad de Madrid, datado en el siglo XII. Un pedernal y una piedra de silex, porque de esa piedra estaban hechos los muros, y las flechas de los invasores en la noche arrancaban chispas, haciendolos parecer de fuego. Y acompanandolos, esa hermosa leyenda en castellano, que Antonia sigue repitiendo en voz baja, como un mantra mientras intenta orientarse con los planos del subsuelo que ha conseguido descargar de un foro de aparejadores. Son antiguos, de hace mas de dos decadas, asi que esta teniendo problemas. Pero lo que ella busca no tiene veinte, sino mil cien anos.

Los arabes que fundaron la ciudad en el siglo IX l

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