Que Explot

que explote, pero no es este.

—Jugaremos un rato —dice su boca, aunque sus ojos extienden una promesa muy distinta.

Mentor se contenta con un alto el fuego y se echa a un lado.

Afuera la noche esta templada. En el interior hace muchisimo frio. Alguien ha puesto el termostato en modo congelador, percibe Jon al apartar las cortinas.

Cuando entra en el salon, dos cosas que creia saber se tambalean un poco.

Para empezar, creia que conocia, aunque fuera de lejos, el lujo. Su madre es maestra de primaria, de las de mucha vocacion y el sueldo justo para apanarselas al principio con las cuatro perras que les pasaba el padre cuando se fue con otra. Pero amatxo tenia amigos que recibian de vez en cuando, unos cuantos en Bilbao, otros pocos en Vitoria. Apellidos dobles, terrenos, coches. Joselito cortado a mano para merendar, Vega Sicilia las mas de las noches, alguna monteria los domingos consumian las tres partes de su hacienda. Y tras visitarles, te ibas a tu piso en la otra orilla del Nervion y te dormias creyendo que habias tocado el cielo.

Y anos mas tarde entras en aquel salon y comprendes que no sabias ni de que color era el cielo.

El espacio es inabarcable, aunque el arquitecto habia dedicado mucho esfuerzo a intentar adaptarlo a una escala humana. Doble altura, abierto al piso superior, tragaluz en el techo, ventanal de cuatro metros de alto. En un lado el comedor con su chimenea, al fondo el muro que lo separaba del hall de entrada, con su estanque y todo. Cuadros colgados con gusto. Jon reconoce un Rothko y dos Miro. Quiere reconocer a otro, tiene el nombre en la punta de la lengua, es holandes seguro. Al fin desiste, limitandose a un calculo por lo bajo: las pinturas del salon valen diez veces la casa.

Nadie que viva aqui puede tener el mas minimo contacto con la realidad, ni la mas remota idea de lo que es ser humano. El pensamiento invade su cabeza y se marcha, tan fugaz como llego, dejando atras un ligero desconcierto.

Al otro extremo del salon esta la sala de estar. Hay una tele de ochenta pulgadas, tan fina que parece pintada sobre la pared. Sofas de cuero duro y terso, y en la esquina, lo que hace tambalearse las creencias de Jon por segunda vez.

Los polis se parecen en algo a los perros: un ano se lleva siete en el alma.

Despues de mas de veinte anos, Jon ha visto muerte de sobra. Un yonqui rajado en un callejon, un chaval que salta desde el puente de Miraflores, dos ancianos cosidos a cuchilladas por sus vecinos adolescentes. Cuando has visto tanto, te das cuenta de que todos los finales son el mismo repetido. Un apagarse los latidos, ruido de cristales, y al final, la soledad. Echas callo, crees que nada puede ya sorprenderte ni afectarte.

Y entonces miras al adolescente muerto sobre el sofa y comprendes tu inmenso error.

—Redios —exclama Jon.

No tendra mas de dieciseis o diecisiete anos. Esta vestido con camisa y pantalones blancos, casi indistinguibles de la piel del sofa y de la suya propia, que en su dia fue morena y ahora es mortecina, casi transparente. Todo asomo de vida ha abandonado el cuerpo, imposiblemente delgado, y sin embargo sigue sentado, muy derecho, con una pierna cruzada sobre la otra, la mano derecha sobre la rodilla, la izquierda sosteniendo una copa de vino llena a rebosar de un liquido espeso y negruzco. No lleva zapatos ni calcetines, y los pies desnudos tienen una tonalidad cerulea, la misma que los labios. Los ojos estan abiertos, y la esclerotica presenta un color amarillento.

La boca abierta, en una parodia de sonrisa, es lo mas obsceno de todo. Un coagulo de sangre le resbala del labio inferior y se acumula en el hoyuelo de la barbilla.

Jon contiene una arcada primaria, inmisericorde, que le exige expulsar una cena que no ha tomado. Aprieta los punos con una mezcla de rabia y compasion, para mantener el contenido del estomago dentro y la profesionalidad por fuera.

Cuando logra calmarse, vuelve su mirada hacia Antonia que, en cuclillas junto al cadaver, estudia el rostro de la victima, los rostros tan pegados que parecen a punto de besarse.

—Scott —llama Mentor con suavidad—. Cuentanos lo que estas viendo.

Jon no le ha escuchado entrar, pero el misterioso personaje esta a tan solo unos pasos detras de el. Su voz tiene un doble efecto: sirve para calmar a Jon y para que Antonia vuelva al mundo real. O al menos se comunique con ellos desde dondequiera que se encuentre.

—No hay signos de violencia —dice, en voz baja, tanto que Jon tiene que acercarse para escucharla—. Sin heridas superficiales, ni marcas defensivas en las manos ni en los brazos.

Vuelve a detenerse, como si le costara un esfuerzo fisico seguir hablando.

—Causa de la muerte —le guia Mentor.

Antonia saca de su bolsa bandolera un par de guantes de nitrilo, se los pone, presiona el dedo pulgar del cadaver.

—Choque hipovolemico o hipoxemia, o ambas. Sus rinones debieron de fallar al mismo tiempo que su corazon se quedo sin nada que bombear al resto del cuerpo. Una muerte lenta y dolorosa. La cianosis es muy escasa, tan solo la presentan los labios y los dedos de los pies. Debia de estar sedado y tumbado, de lo contrario estaria tambien presente en las manos. El dolor en la cabeza y las nauseas habrian hecho que se doblase sobre si mismo y se retorciese. Tendria marcas de sus propios dedos sobre la piel.

—¿En cristiano? —pregunta Jon.

—Murio desangrado —dice alguien a la espalda de Jon.

9. Un hijo

9

Un hijo

—Les presento a la doctora Aguado, nuestra forense. Lleva desde ayer por la tarde trabajando en la escena del crimen —dice Mentor.

La mujer que esperaba fuera se ha unido a ellos, aunque ahora se ha quitado el gorro de plastico del mono y deja ver su pelo, largo y rubio, recogido en una coleta. Rondara los cuarenta. Pestanas largas, maquillaje desvaido, piercing en la nariz, sonrisa cansada en los labios, una picara languidez en la mirada. No le ofrece la mano, y Jon lo agradece en silencio. Las manos de los forenses le dan repelus.

—¿Desangrado? ¿Como, de un navajazo, de un tiro?

—El asesino le introdujo una canula en la carotida, y le vacio —contesta la doctora.

—Lo hizo muy despacio —anade Antonia, mas para si misma que para ellos—. Se tomo su tiempo.

La extrema delgadez del cadaver cobra sentido. El cuerpo humano contiene entre cuatro y cinco litros de sangre. Sin todo aquel liquido, el resultado era el cascaron vacio que tenian frente a ellos. Una oleada de compasion inunda a Jon Gutierrez al imaginar los ultimos instantes del muchacho.

—Ha dicho que no hay heridas defensivas. ¿Como logro reducir a la victima? —pregunta.

—He tomado muestras de mucosas y hay restos de benzodiazepinas. Es todo lo que puedo decirles sin poder realizar la autopsia.

—Ya hemos hablado de eso, Aguado. No tenemos permiso de la familia, asi que no insista —le avisa Mentor.

Jon no comprende nada. Cuando hablaron por telefono en las escaleras de la casa de Antonia, Mentor le habia dicho que habia habido un asesinato imposible, que el asesino habia entrado en un lugar que disponia de una seguridad extrema y que se habia marchado sin dejar rastro. Lo que no esperaba encontrar Jon era aquel sinsentido.

La decision sobre la autopsia cuando hay un crimen violento no corresponde a los familiares, sino al juez de instruccion. El cual, por cierto, brilla por su ausencia. Todo en aquella escena del crimen, en aquella investigacion, esta mal, no sigue ningun protocolo ni se atiene a Ley de Enjuiciamiento Criminal ni a las normas establecidas. ¿Una sola investigadora forense? ¿Sin unidades de apoyo, sin inspectores —excluyendole a el, claro—? ¿Que puede causar que…?

Jon se interrumpe. No esta haciendose, claro, una pregunta importante.

—¿Quien es la victima?

La doctora Aguado sale unos instantes y regresa con una carpeta. En ella hay una foto de un muchacho alto y delgado, de pelo rizado y ojos tristes. Esta en la playa, posando desganado, como corresponde a su edad y condicion. Inmortal, invulnerable, sin una sola preocupacion en el mundo. La foto debe de ser de ese mismo verano, deduce Jon. Dios, como odia las fotos del antes. Odia reconciliar el ser humano intacto que muestran, ignorante ante el destino que se dirige hacia el con las fauces abiertas, con el despojo que queda atras.

El muchacho le da la mano a una nina de unos ocho o nueve anos, que sostiene una pelota de plastico y dedica a la camara una sonrisa desdentada.

Ahi hay una nina que ya no volvera a jugar con su hermano, piensa Jon. Me pregunto como se lo diran. Esa siempre es la parte mas dificil. Mirar a alguien a la cara y decirle que su mundo se ha roto en pedazos. Que no hay manera de recomponerlo, porque alguien se ha llevado unos cuantos.

Al pie de la foto, Aguado ha escrito el nombre de la victima. Jon lo lee en voz alta, deteniendose en el apellido. Sonoro. Inconfundible.

—Espere un momento. Alvaro Trueba. El chico es…

—Si. Es el hijo. Uno de ellos —le interrumpe Mentor—. ¿Tiene cuenta en el banco de su madre, inspector?

Jon respira hondo. La cabeza le da vueltas al intuir donde se esta metiendo.

—En Bilbao somos mas del BBVA o de la BBK, por eso de barrer para casa.

—Me deja usted de piedra —responde Mentor, la voz alicatada en sarcasmo.

De pronto, Jon cae en la cuenta de por que el aire acondicionado de la casa esta puesto al maximo. Ahi dentro debe hacer 13 o 14 grados como mucho.

—Nada de esto esta pasando, ¿verdad? Por eso esto es una puta nevera. Para que el cuerpo de ese crio aguante intacto lo maximo posible. Cuando ustedes hayan acabado con el, alguien se lo dara a la familia de tapadillo. Diran que el chaval se ahogo en la piscina, o algo asi, y tendran un funeral sin escandalo ni prensa.

—Y con feretro abierto. Le sorprenderia lo que es capaz de lograr un embalsamador motivado.

Jon hace un gesto en derredor, al salon inmenso y los cuadros millonarios.

—Todo este dinero, este poder, compra mucha motivacion, ¿verdad? ¿Es eso a lo que se dedica usted, con sus coches caros, sus secretitos y sus frases cinicas? ¿A tapar la mierda de los ricos?

Mentor se vuelve hacia el, con los labios apretados y un nubarron flotando en la mirada turbia.

—¿Eso es lo que cree que esta pasando?

—No tengo ni idea de lo que ocurre, ya se ha encargado usted de ello. Lo que veo, lo que creo, es que a usted le importa una mierda el nino muerto del sofa. Estan demasiado ocupados sirviendo a… —Jon vacila un instante, pero no puede evitar el topico— otros intereses.

—¿Y va a decirme usted lo que esta bien? ¿El poli gordo de segunda fila?

—Al menos no soy el lacayo de nadie.

Mentor observa a Jon con aire divertido, como el que mira a un animal del zoo que acaba de hacer algo inesperado.

—Le pido que me perdone, inspector. Mi trabajo no es sencillo y no siempre acierto en lo que pretendo.

Jon no se acaba de creer la disculpa. De hecho, no se la cree nada. Pero como la otra opcion es cruzarle la cara, opta por fingir.

—Todos estamos cansados —dice Jon—. Y la situacion no ayuda.

—Y es peor para usted, que esta trabajando a oscuras —Mentor senala en direccion a Antonia, que apenas se ha movido desde que entro, y cambia una mirada extrana con la doctora Aguado—. Dejemosle espacio, inspector. Si me acompana fuera, le contare la verdad.

10. Una copa

10

Una copa

Ajena al intercambio que se ha producido a su espalda, ajena a que Jon y Mentor han salido de la casa, Antonia Scott se deja llevar por su entrenamiento, absorbe cada detalle de la escena del crimen. Su mirada pasa de uno a otro elemento en un bucle incesante en el que las paradas son:

– La camisa blanca, abotonada hasta arriba.;

– La posicion antinatural del cuerpo. ;

– La ausencia total de sangre en el suelo de roble, en el sofa, en la alfombra de hilo tejida a mano en la India.

Los ojos, la manosobrelarodillalaotrasostienelacopanoesdemasiado.

—Me estoy ahogando —dice, con voz ronca.

Sigue en cuclillas, los ojos cerrados tratando de que no le desborde la informacion, que no la devore. Intenta volver a visualizar Mangata, pero esta muy lejos, al otro lado de un muro de ladrillos compuesto

[camisa, cuerpo, la copa sobre el brazo del sofa]

de imagenes.

Creia que podia sola.

Pero.

No puede, ella sola no. Los detalles la inundan, imponen sus propias, abrumadoras condiciones.

Al final, se rinde.

Solo esta vez. Sera la ultima.

Extiende la mano. Casi suplicando.

La doctora Aguado se acerca por detras. Lleva un pequeno recipiente de metal del que extrae una capsula roja que deposita en la palma de la mano de Antonia.

—¿Quiere un poco de agua?

Antonia ni siquiera contesta, se limita a cerrar el puno y meterse la capsula en la boca. Rompe la gelatina con los incisivos, liberando el ansiado polvo amargo, y lo recibe debajo de la lengua, dejando que la mucosa absorba el coctel quimico y lo lleve a su torrente sanguineo a toda velocidad.

Cuenta hasta diez, dejando una respiracion entre cada numero, descendiendo un peldano cada vez, hacia el lugar donde necesita estar.

De pronto el mundo se vuelve mas lento, mas pequeno. La electricidad que le hormiguea en las manos, el pecho y la cara, se disuelve.

—Gracias —consigue decir. A la doctora, a la capsula, al universo en general—. Gracias.

—Asi que es usted —dice Aguado—. Estaba deseando conocerla. He leido mucho sobre su trabajo. Lo que hizo en Valencia…

—Soy yo —interrumpe Antonia. Y es verdad. Es ella, otra vez—. Y usted es la nueva forense.

—Robredo se marcho el ano pasado, harto de esperar a que volviera. Un trabajo en Murcia. Me pregunto quien querria ir a Murcia —dice Aguado, tendiendole la carpeta a Antonia— teniendo la oportunidad de trabajar con usted.

Alguien listo, piensa Antonia. Rechaza la carpeta con un gesto. Aun no esta preparada. Antes necesita verlo todo por si misma.

—Ni una gota de sangre en la escena del crimen —dice—. Si exceptuamos la copa, claro.

El liquido espeso ya ha empezado a solidificarse contra las paredes del cristal de Bohemia que el muchacho sostiene en la mano. Cuando el asesino coloco ahi la sangre, debia de remedar vino, servido hasta el borde.

—¿Es la de l

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