PUn Segundo Mas Y Lo Hubieran

Un segundo mas y lo hubieran perdido de vista. Antonia aprieta aun mas el acelerador. Conoce esa carretera. Tiene mucho menos trafico y esta repleta de desvios. Si no es capaz de acortar la distancia, el sospechoso desaparecera.

Durante unos interminables cinco segundos tiene que dejar paso a los coches que han tomado el desvio antes que ella. No hay sitio para que pase el enorme Audi. Solo cuando el ultimo se incorpora al carril —a paso de tortuga—, Antonia le adelanta por la derecha. El sonido del claxon se queda atras, las maldiciones se las imagina y las ignora.

—Vamos. Vamos.

Frente a ellos hay una recta enorme. Toma el carril de la izquierda, y pone el coche a doscientos kilometros por hora. El acelerador lo lleva pegado al suelo, y el motor va al maximo de su capacidad. Poco a poco consigue sacarle un poco mas de velocidad, y el Porsche va quedando cada vez mas cerca. Cien metros, ochenta. Sesenta metros.

—¡Ten cuidado!

Otro coche, un Volkswagen Passat esta adelantando a un Fiat. Antonia le deja completar la maniobra y despues introduce el coche en el espacio que ha quedado entre el Passat y el Fiat. El parachoques trasero del Audi queda a menos de treinta centimetros del Fiat, que se bandea llevado por el aire que desplaza el coche de Antonia y pega un frenazo. Sin dudar un segundo, Antonia cruza el coche delante del Passat, que tambien frena.

Jon masculla algo entre dientes.

—¿Que dices?

—A ti nada. Le rezo a san Cristobal, patron de los conductores, que me deje volver al Bingo Arizona.

—Bueno, toda ayuda es poca.

Un nuevo adelantamiento. El ultimo.

El Porsche esta delante, a menos de cuarenta metros, y la carretera despejada.

—Tiene que habernos visto.

—Joder, claro que nos ha visto. Vamos a doscientos y pico, y no reduce.

El motor del Audi apenas puede dar de si, pero el rebufo del gigantesco todoterreno ayuda a que Antonia casi pueda alcanzarle. Ambos coches casi estan pegados.

Si frena ahora nos matamos, piensa Jon. El corazon le zapatea en el pecho como un bailaor en el cumpleanos de un narco.

—Dime que no hay nadie por tu lado —pide Antonia.

—¡Despejado!

Con un volantazo seco y preciso, Antonia sale del rebufo del Porsche y comienza a ponerse a su altura. El bofeton del viento es ahora brutal, vuelve mas lento al Audi, y Antonia lucha por alinear ambos vehiculos ante la superior potencia del todoterreno.

Unos centimetros mas. Pisa hasta dejarse el calcaneo contra el acelerador. La pierna esta tan tensa que se le esta agarrotando el gemelo de mantenerla apretada.

—¡El movil, Jon! ¡Hazle una foto cuando lleguemos a su altura!

Jon pelea con el desbloqueo del telefono y con la aplicacion de la camara.

Un esfuerzo mas.

Las ventanillas se alinean. Y alli esta Ezequiel. Alto, o quizas sea el vehiculo. Brazos fuertes. Ojos intensos, que refulgen con odio desde detras de un pasamontanas negro. Un tercer ojo, el de una pistola, mirando de frente a Antonia, a punto de disparar.

El grito de Jon es lo primero que les salva la vida.

—¡Frena! ¡Frena!

El disparo hace trizas la ventanilla del Porsche, pero la bala se pierde en la distancia. Porque en el mismo carril que el Audi hay un camion de cuatro ejes, a menos de doscientos metros. Antonia levanta el pie del acelerador justo a tiempo, y cambia el peso al del freno, muy despacio, lo justo para volver a colocarse detras del Porsche. Pero Ezequiel no va a dejar esta vez que use su rebufo para avanzar, y pega un volantazo. Bloquea el paso de Antonia, y esta se ve a su vez obligada a reducir mucho la marcha para no chocar con el Porsche. Cuando quiere darse cuenta, el camion esta casi encima.

Antonia tiene que decidir si chocar con el quitamiedos o estamparse contra treinta toneladas.

Elige bien.

A esa velocidad, el Audi atraviesa la aleacion de acero y zinc como si fuera de papel. Lo segundo que les salva la vida es que el terreno en ese punto hace un desnivel suave que —caprichos de un diosecillo benevolo— coincide casi con la trayectoria que hace el vehiculo en el aire. Las ruedas no estallan al tocar el suelo, y la inercia les respeta unos buenos cincuenta metros antes de acordarse de su existencia y apercibirse de que tendrian que haber dado varias vueltas de campana. Para cuando el neumatico delantero izquierdo revienta, la friccion y la gravedad ya se han encargado de ralentizar el impulso para que el coche se limite a volcar sobre la puerta del conductor y recorrer los ultimos metros de lado hasta detenerse por completo en mitad de un campo yermo.

Jon —en angulo de 90º con respecto al suelo— se palparia todo el cuerpo para comprobar que esta bien si no estuviera aprisionado por un monton de airbags. El delantero, el central, los de cortina y los de las piernas. Medio minuto despues, cuando se desinflan lo suficiente, consigue liberarse de ellos y luego del cinturon de seguridad. Llama a Antonia, pero no le contesta. Manotea con el airbag central que los separa —el coche vale cada uno de los cien mil euros que cuesta— hasta conseguir ver su cara. Su companera tiene los ojos cerrados y un hilo de sangre le escapa de la nariz y le desciende por la mejilla.

No. No.

Jon se apresura a comprobar el pulso en su cuello. Con los nervios, tarda en encontrarlo. Pero cuando lo localiza, respira tranquilo. Es fuerte y regular. Quizas solo esta atontada por el bofeton del airbag en la cara.

—Te he dicho que no me toques —murmura.

Pulso normal, modo bitch on. Vale, si que esta bien.

—Y yo que no nos mates al volante.

—No, nunca me lo has dicho —se extrana ella, siempre tan literal.

—Es una norma basica de convivencia.

Jon trepa para salir del coche —el mundo parece tan lento ahora, tan inmovil, el terreno del secarral tan estable y seguro— y ayuda a Antonia a bajar tambien.

—Pues lo hemos perdido.

—Pues eso parece —dice Antonia, lanzando una patada a la piedra mas cercana.

Aun algo mareada, falla.

Ezequiel

Ezequiel

Cuando regresa al refugio, lleva fuego en los pulmones y acido de bateria en el estomago.

Estupido, estupido, estupido.

Es el segundo error que comete en muy corto espacio de tiempo. Todo podria haberse arruinado en un segundo. Todo. Y por culpa de un descuido.

Todo por no haber recordado algo de lo mas basico.

No podia manejar el cuchillo con los guantes, asi que se los quito. Y cuando la mujer salio huyendo, el perdio el equilibrio y se apoyo un momento en la ventanilla. Se habia dicho a si mismo que tenia que pasar un trapo, borrar aquellas huellas, pero la nota mental se desvanecio en mitad de los nervios y la excitacion de la persecucion. Cazarla por el bosque habia sido mas dificil de lo que esperaba, y le habia proporcionado una satisfaccion animal, primitiva y pecaminosa, a pesar de que no le habia hecho dano alguno. Ella era muy valiosa viva, lo mas valioso de todo.

Por eso se habia arriesgado tanto para capturarla.

Estupido, estupido. Demasiado cerca.

Hubiera preferido hacerlo mas adelante, sobre todo estando tan reciente el primer trabajo. El primer capitulo de su obra. Coger al primero no habia sido dificil.

Le habia reducido sin hacerle dano, le habia tratado con humanidad. Habia gritado mas que la mujer y habia tenido que amordazarlo, es cierto, pero solo porque estaba mucho mas asustado. Cuando se cumplio el plazo que le habia dado a la madre y llego el inevitable final, Ezequiel le habia hablado con voz suave y habia usado medicamentos. No habia sufrido mas que lo estrictamente necesario.

Soy, esencialmente, una buena persona.

Habian sido meses y meses de arduo trabajo. Y el remate, cuando puso su obra a disposicion de los padres, habia sido lo mas duro de todo. Hubiera preferido descansar un poco antes de abordar el siguiente capitulo. Pero la oportunidad de coger a la mujer se habia presentado, y no podia dejarla escapar. Ella estaba muy arriba en la lista.

Y el error, el estupido error habia estado a punto de dar al traste con todo.

Intenta sentarse a escribir para tranquilizarse. Abre su libreta y comienza:

Padre decia siempre que por un clavo se pierde una herradura se pierde un caballo se pierde el jinete se pierde la batalla se pierde la g

No puede. No puede concentrarse. Arranca la hoja y, contra su costumbre, la arroja contra la pared humeda y grasienta, sin quemarla. Deja en la mesa la libreta y el lapicero, con cuidado. Despues la ira estalla, como una oleada, y arrasa con el brazo todo el contenido de la mesa. El cenicero se hace pedazos contra el suelo.

Necesita el desahogo. Necesita el desahogo, y lo necesita ahora. La libreta por si sola no puede ayudarle. Ya lo hara despues, cuando tenga lo que quiere.

Solo una cosa puede ayudarle ahora.

Se pone en pie y camina pasillo abajo, pasando por encima de los residuos que se oxidan en el suelo, y se detiene frente al lugar donde guarda a la mujer.

Puede escuchar su respiracion agitada al otro lado de la puerta. Acerca la mano a la cuerda que levantaria la pesada plancha de metal. Acaricia el chicote, que ha cortado con cuidado y anudado con tanto celo. Un leve tiron, y la cuerda se alzaria. Seria tan facil.

No. No, con ella no.

Sigue andando, hasta el final del pasillo, para tomar lo que necesita.

Carla

Carla

Del otro lado del muro llegan sonidos difusos. Sonidos espantosos.

Sonidos que su imaginacion convierte en actos concretos e identificables.

Carla sabe que deberia gritar, protestar, defender a Sandra. Intentar algo, aunque sea hacer ruido. Lo sabe de una forma tan cristalina como que existen veinticuatro apelativos para los pelajes de un caballo. Pero ambos conocimientos son absolutamente inutiles en su situacion.

El ruido no cesa. Sigue atravesando la pared e infectando su alma, de miedo y de vergüenza.

Carla decide hacer algo al respecto.

Se tapa los oidos con las manos, y comienza a recitar en voz baja.

—Alazan. Pinto. Zaino. Ruano. Bayo…

En las pausas, aun se cuela el sonido. El horrible sonido. Carla recita mas rapido.

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