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Parra

Parra

El capitan Parra es un hombre precavido.

Puede que se alegre de que Gutierrez se haya puesto el solo la soga al cuello. Con la inesperada ayuda de su nuevo amigo, el periodista vasco ese. Menuda cara de viejo acabado que tiene. Pero oye, que bien graba. El video que le ha mostrado —menuda racha, inspector, primero la puta y ahora esto— le habra acabado de poner el lazo a Gutierrez, pero tambien le ha cargado a el con un plumilla a cuestas.

Por otro lado… Casi mejor.

La informacion tiene que salir, antes o despues, y es preferible que alguien se lleve una exclusiva y le anada un poco de color a la historia. Un poco de heroismo. El angulo adecuado, el angulo correcto. Luego todos los demas medios le seguiran. Hoy en dia ya no piensan, se limitan a repetir lo que ha dicho el primero.

Y hablando de informacion.

Parra va en el coche, de vuelta a Jefatura, al telefono con Sanjuan.

—¿Que cojones es eso de un taxi, que yo no me he enterado?

—No creia que fuera importante…

—Eso soy yo quien lo tiene que decidir, ¿no crees?

Sanjuan traga saliva. Parra casi puede verlo al otro lado de la linea, encogido como un perrillo asustado. Siempre temeroso de que le digas «mal hecho».

—Nos llego un correo del CNI.

Parra se incorpora a la glorieta de Cuatro Caminos. Deja pasar al coche anterior, incluso indica con el intermitente mientras permanece en el interior de la rotonda —a pesar de no ser obligatorio—, porque es un conductor bien educado.

—¡Hostia puta! ¿El CNI?

—No se como ni cuando se han enterado de en que andamos —continua Sanjuan—. Decian que investigaramos la posibilidad de que hubiera un taxi robado con matriculas dobladas que hubiera participado en el secuestro.

—Te llego un correo del CNI y pensaste que no era importante.

—Ha sido esta manana, y ya sabes que hoy…

—Sanjuan, te juro por mi suegra, que en paz descanse pronto, que te reventaria la cabeza.

Mientras Sanjuan se toma un momento para lamerse las heridas y mirar al telefono con cara de pena, Parra intenta atar cabos. Se ha cruzado antes con los del CNI, unos cabrones sin escrupulos que van a lo suyo. Pero, si se encuentran con un trozo de comida en la mesa que no se van a comer, suelen dejar caer las migajas para que se alimenten los perros.

—Hay que investigar lo del taxi. Pero con cuidado y precaucion. Timeo danaos et dona ferentes, y toda esa mierda.

—¿Timeo que?

—Sanjuan, cono. No me avergüences.

Cuando llega a Jefatura, Sanjuan esta esperandole en la puerta del despacho, con un monton de papeles y cara de pachon arrepentido.

—Una llamada anonima aviso hoy al mediodia a la comisaria de Canillas de que habia un taxi en el descampado enfrente del Centro Comercial Gran Via de Hortaleza. Esta medio quemado. Debieron prenderlo de madrugada, porque ya no humeaba. Los companeros no le han hecho mucho caso. La grua lo iba a recoger cuando les he dicho que era cosa nuestra.

Parra suspira. De no haberle ordenado el que buscara, el coche estaria camino del desguace.

—¿Has mandado a la cientifica para alla?

—Van de camino. Pero mira la foto que me ha mandado uno de los agentes que estaba con el taxi.

Parra mira la foto. Luego mira a su segundo.

—¿Se lo has ensenado al padre?

—Lo ha reconocido.

—Buen chico, Sanjuan.

A Sanjuan solo le falta menear la cola.

25. Un sapo

25

Un sapo

A Jon Gutierrez ya casi se le han pasado las ganas de llorar.

La tarde ha transcurrido, larga y triste, en una cafeteria cerca de las Cortes, en la calle Cedaceros. Ninguno de los dos prueba su bebida. No se miran, tampoco.

Antonia apenas ha hablado, solo le ha contado lo sucedido en la puerta de Ortiz. Lo ha explicado con un tono aseptico. Sin inflexiones en la voz. Sin emocion.

Los hechos hablan por si solos.

a) Ramon Ortiz no colabora.

b) De las cuarenta horas que le quedaban a Carla Ortiz, han consumido cinco. ¿En que? En

c) terminar de arruinar la carrera del inspector Gutierrez.

Antonia esta furiosa con el. Una furia gelida, blanca.

—No tenias que haberle pegado. Le has dejado ganar.

Jon no contesta. Sabe de sobra que tiene razon. Al menos Antonia no se ha percatado de la presencia de Lejarreta. Jon si le ha visto, saludandole con la mano desde la acera cuando saco el coche de la parada de taxis y se incorporo al trafico de Serrano.

El hijo de la grandisima puta ha debido de estar siguiendonos todo el dia.

Son muy, muy malas noticias. Noticias que ella debe conocer.

Antonia sigue mirando por la ventana. A saber que le pasa por la cabeza.

Jon quiere pedir perdon y contarle lo del periodista, librarse de ese peso cuanto antes. Es un sapo verde y venoso, que le sube por la garganta y le asoma a la boca, queriendo salir, pero el orgullo obliga a Jon a apretar los dientes muy fuerte, guardarselo dentro. Que vaya de vuelta traquea abajo y siga royendole las tripas.

Es lo menos que me merezco.

Un castigo pequeno en comparacion con lo que le espera a Carla Ortiz.

La camarera se acerca, boli y libreta en mano, les pregunta si van a desear algo mas, en ese tono tan preciso que significa necesito la mesa, asi que hagan el favor de consumir o marcharse. Jon alza la mirada para decirle que no, y ve que es Carla Ortiz. Tambien la ha visto en la mesa de al lado, y antes de entrar, cruzando la calle. Ahora la ve en todas partes, alla donde mire. Tiene que reprimir la necesidad de echarse a la calle, de salir a buscarla por todas partes. Sabe que no es otra cosa que la desesperacion lo que tira de su cuerpo y engana a su cerebro. La desesperacion del que intenta aferrar algo y sus dedos no encuentran mas que aire.

—Nada mas, gracias —dice, mirando a la camarera, que ya no es Carla Ortiz, sino una mujer gruesa que va para los cincuenta.

Algo debe de intuir ella en sus ojos, que no insiste. Da un par de golpes con el boli en la libreta —clac-clic, punta fuera, clic-clac, punta dentro— y dice:

—Tomense el tiempo que necesiten.

En un mundo desolado y asfixiante, el pequeno gesto amable de la mujer se le antoja a Jon una bocanada de aire puro. Lo agradece tanto que deja diez euros de propina sobre la mesa. Echando cuentas, ahora la camarera tiene mas dinero que el.

Ese pequeno respiro que le ha concedido el universo le da a Jon fuerzas para contarle lo del cabron de Lejarreta.

—Scott, hay algo que yo… —empieza a decir.

Antonia alza la mano para interrumpirle. La otra se la lleva al bolsillo. Su movil esta sonando.

—Espero que sean buenas noticias.

La expresion de su cara cambia cuando escucha lo que Aguado le cuenta. No exactamente a alegria, pero desde luego la oscuridad se alivia.

Se lo explica a Jon.

—Voy por el coche —se ofrece el.

—No hace falta. Estamos a diez minutos andando.

26. Una de vaqueros

26

Una de vaqueros

El neon del estudio refulge en la esquina. TATOO, letras enormes, en naranja. Ladybug ha decidido dejar el negocio abierto, ya que la senora del email, doctora nosecuantos, le ha pedido que espere a sus companeros de la policia. A esa hora dejar el negocio abierto supone mas TIB y mas letras chinas. Hay un holandes cuarenton, rubio y fofo tumbado en la camilla —este quiere la palabra fortaleza en el cuello— cuando llegan los polis.

Ladybug se asoma por detras del biombo.

—Sientense —les dice, apuntando con la aguja a las sillas de la zona de espera—. Estoy acabando.

El holandes emerge del biombo apestando a desinfectante, seguido de la joven gotica. Ella va vestida con top y vaqueros negros. El lleva el cuello enrojecido, con dos flamantes sinogramas bajo una oreja. La joven saca un aposito de una caja bajo el mostrador —el tatuaje es pequeno, no merece la pena un aparatoso vendaje— y se lo coloca al holandes sobre el area enrojecida.

—¿Por que garrapata? —dice Antonia, senalando al cuello del holandes.

Este mira confundido a la tatuadora.

What does she said?

She said that you are strong —dice Ladybug, haciendo el universal signo de sacar biceps.

Ha, ha. Garapata, strong —dice el holandes, complacido, creyendo que ha ligado. Saca los cincuenta euros del tatuaje y anade cinco de propina.

Se marcha. En cuanto se desvanece el estruendo de las campanillas de la puerta, la joven se vuelve hacia Antonia.

—Casi me estropea el negocio, oiga.

Antonia sonrie —por primera vez en todo el dia—. Jon sonrie al verla sonreir.

—Espero que no vaya a un restaurante chino en los proximos dias —dice Antonia, haciendo un gesto en direccion a la puerta por la que se acaba de marchar el holandes.

—No ha de preocuparse por eso. Los chinos adoran ver a los laowai tatuados con palabras graciosas en mandarin. Nunca desvelarian el secreto. Soy Ladybug —dice, alzando una mano llena de anillos. Jon y Antonia se identifican a su vez—. Si me disculpan…

Le da la vuelta al cartel de CERRADO —que ahora pone ABIERTO por dentro, es un poco confuso si uno se para a pensarlo— y echa el pestillo.

—¿Tambien hablas mandarin? —susurra Jon.

—Leo mejor que hablo —responde Antonia, humilde.

Ladybug regresa junto a ellos.

—Han venido muy deprisa.

—Estabamos cerca —explica Jon—. ¿Le dijo a nuestra companera que tenia informacion sobre el tatuaje que estamos buscando?

—Asi es. Esperen un momento.

Desaparece tras la cortina de bolas que lleva a la trastienda, y vuelve con una abultada carpeta de anillas de tapas negras. En el lomo lleva marcado un numero con Dymo autoadhesivo de color amarillo: 1997-1998.

Ladybug lo coloca sobre la mesa y la abre. Esta llena de fotografias Polaroid, fijadas sobre cartulina y cubiertas con film transparente.

—Esta por aqui… —dice, pasando las hojas, de atras hacia adelante.

Se detiene a tres cuartas partes del

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