Ninguna Tragedia Tampoco Lo Importante Es Q

ninguna tragedia tampoco. Lo importante es que la historia sea relevante. Si sus jefes sintieran la tentacion de apartarle de su puesto por la «presion popular», eufemismo donde los haya, tendrian que darle una patada hacia arriba. Con su historial del 88,3 por ciento de exitos, si Carla Ortiz cae dentro del porcentaje de casos fallidos, que se le va a hacer.

Y podria pasar, claro que podria pasar. Porque la teoria de Parra que situaba a Carmelo Novoa como principal sospechoso del secuestro se habia ido al carajo menos de doce horas despues.

Parra llego a la escena del crimen —diciendo: «¿Que tenemos?», como los polis de la tele— y comprobo como su sospechoso principal parecia ahora victima secundaria. Con cuello rajado y todo.

El caso es que Gutierrez y la otra idiota de la Interpol le han hecho un favor. No sabe como han logrado localizar tan rapido el coche, pero les han ahorrado muchas horas y explicaciones embarazosas. A pesar de ello, esta muy cabreado. Porque si no hubieran actuado por su cuenta, ahora tendrian a uno de los secuestradores bajo custodia, y de ahi al rescate de la victima solo hacen falta unas cuantas horas en una habitacion cerrada y una guia de telefono —no dejan marca— aplicada con maestria en las costillas. Ya no va a poder ser, porque los muy imbeciles quisieron actuar por su cuenta. De todas formas se los ha quitado de encima, y hasta le ha venido bien. Un par de chivos expiatorios, por si acaso. Y estan mas cerca.

Ahora saben que el secuestro de Carla Ortiz tiene una motivacion economica, asi que es cuestion de pegarse al padre como lapas y asegurarse de estar ahi cuando reciba la siguiente llamada de los secuestradores. Y cuando entregue el rescate. Porque el padre pagara, claro que si. Dinero no le falta.

De todas formas el capitan Parra sabe que en cuanto esto sea publico van a examinar cada paso que de con microscopio, y tiene que cubrirse las espaldas.

Asi que hace todo el despliegue. Aun no es publico quien es la victima, pero sabe que esas fotos, que estan ahora mismo subiendo los pijos a las redes sociales, van a acabar en los medios de comunicacion antes o despues, y quiere asegurarse de que, cuando lo hagan, quede muy claro que no se escatimaron esfuerzos. Y mientras van pasando los BMW y los Mercedes por el camino hacia el Centro Hipico, con sus ocupantes haciendo fotos, Parra sonrie desde el pinar.

Para sus adentros, claro.

Por fuera da ordenes, gesticulando, como el hombre de accion que es.

13. Un aceite

13

Un aceite

Mentor les ha dejado en recepcion las llaves de otro Audi A8, casi identico al primero, salvo que el nuevo es azul marino en lugar de negro. Ha tenido incluso la gentileza de dejar una nota manuscrita en el salpicadero.

Sean tan amables de no siniestrar este.

M.

lee Jon en voz alta, y le pasa el papel a su companera. Antonia hace una pelota con el y lo arroja al asiento de atras.

—Tenias que dejarme conducir —dice ella.

—No, muchas gracias.

—¿Ahora estas de su parte?

—Estoy de parte de mi salud. ¿Donde vamos?

—Volvemos a La Finca.

—Sospecho que ahi esta el primer hilo del que quieres tirar.

—Dime, ¿por que crees que dejo alli el cadaver? Podria haber abandonado a Alvaro Trueba en un descampado. Pero no, lo dejo en una de las casas de la familia, y no en cualquiera. Tienen mas de una docena, Ezequiel tiene donde elegir. Lo dejo en la casa que poseen en la urbanizacion supuestamente mas segura de Espana.

Jon asiente, despacio, mientras disfruta de la maravilla que es conducir por la Gran Via. Siempre en obras. Siempre en hora punta. Calcula que a esa velocidad alcanzaran la plaza de Cibeles dentro de dos jueves.

—Y no lo dejo de cualquier manera. Se tomo muchas molestias para preparar el cuerpo y el resto de los elementos de la escena. Queria mandarnos un mensaje.

—No, a nosotros no. Nosotros no le importamos.

—Entonces ¿para quien?

—No lo se —dice Antonia, frustrada, tras meditar la respuesta un buen rato—. Eso es lo que me confunde. Si fuera un asesino en serie, obtendria placer de lo que hace, y tambien de que todo el mundo supiera lo que hace. Si fuera un secuestrador, querria dinero, no dejaria un mensaje. Si el asunto fuera especificamente en contra de la familia Trueba…

—No habria dejado una escena del crimen tan elaborada —completa Jon—. Ni se habria llevado a Carla Ortiz.

—Y luego estan las connotaciones religiosas. Toda la escena del crimen evocaba al salmo veintitres.

Jon da un salto en el asiento al oir eso.

—Pues claro… «Unges mi cabeza con aceite y mi copa rebosa.» ¿Como no me di cuenta antes?

—No te hacia yo muy religioso, inspector —se sorprende Antonia

—Muchos anos de catequista, bonita. Se te quedan cosas, ademas del Yo tengo un amigo que me ama.

Lo del amigo y lo del amor era cierto, literalmente. Jon se metio en catequesis en el instituto por el mismo motivo que otros se apuntan a teatro en la universidad. Pero una vez dentro, descubrio que habia mucha paz en todo lo que escuchaba y aprendia como homosexual. No terminaba de creer en una Iglesia que no podia creer en el, pero le daba un poco igual, porque estaba convencido de que Jesus no creia en su propia Iglesia.

Antonia, por supuesto, es una firme creyente en el ateismo. Que es otra forma de religion, solo que mas barata.

—Mientras dormiamos, la doctora Aguado me mando un email con la composicion del aceite que habia en la cabeza de Alvaro Trueba —dice Antonia, abriendo el correo en el iPad—. Es aceite de oliva aromatizado con mirra. Ha estado investigando y al parecer es algo llamado «Aceite de la uncion santa».

—Extremauncion. Los sacerdotes ponen un poco en la frente y en las manos de los moribundos.

—¿Y que se supone que hace eso?

—Prepararlo para el encuentro con Dios. Es como engrasar al camello para que entre por el ojo de la aguja.

Ambos intentan no pensar en los ultimos momentos de Alvaro y en lo que tuvo que sufrir. Sin exito.

—Al menos si ese aceite es dificil de encontrar, quizas nos sirva para rastrear a Ezequiel —apunta Jon, optimista.

—No, ya lo he buscado. Se puede conseguir en Internet por menos de cinco euros. Si hasta lo venden en El Corte Ingles. Por no mencionar en cada tienda esoterica de Madrid.

—¿Hay mercado para aceite de muertos?

—Se usa en rollos de aromaterapia y otros disparates.

A Jon no deja de asombrarle la naturaleza humana, sobre todo la suya propia. Siempre que encuentra que ahi fuera hay un universo completo que el nunca habria imaginado que existiese, se sorprende. Cuanto chiflado, piensa. Hay gente para todo. Y luego se sorprende de su propia sorpresa.

—Entonces ¿crees que estamos ante un fanatico religioso?

—Sinceramente, espero que no. Me costaria mucho mas comprenderlo.

El peso del mundo recae sobre los hombros de Antonia Scott. Su rostro esta ensombrecido, de sus ojos cuelgan sendas hamacas violaceas. Se ha tomado como algo personal atrapar a Ezequiel y rescatar a Carla Ortiz. Lo cual suele ser siempre una receta para el desastre. Pero avisarselo no tiene utilidad alguna. Asi que en lugar de ello, Jon dice:

—No estas sola en esto, ¿sabes?

Jon reprime la tentacion de darle dos palmadas en el hombro, y las cambia por un par de palmadas en el asiento, lo bastante cerca del hombro para que se entienda la intencion.

Y, quien lo habria imaginado, Antonia sonrie.

—Gracias.

Una palabra amable. ¿Nunca acabaran los milagros?

Va callada durante los minutos —bastantes— que tardan en salir del centro de la ciudad y alcanzar la M-40. A medio camino de La Finca.

—No, no creo que sea un fanatico religioso —dice Antonia, al cabo de un rato—. En este caso los elementos religiosos son solo un aderezo. Un barniz de ultima hora.

—Con lo cual seguimos sin tener un porque.

—No es eso por lo que volvemos a la escena del crimen. Aqui venimos a por el como. ¿Como logro entrar Ezequiel?

—De acuerdo. Este es tu primer hilo. ¿Y cual es el segundo? ¿Como llegamos al porque?

—Te va a parecer una locura.

—Sorprendeme.

Y Antonia se lo dice.

Y si, es una locura.

Carla

Carla

Sandra no responde.

Carla insiste, la llama en repetidas ocasiones —solo cuando esta segura de que el peligro ha pasado—. Pero Sandra no responde. Esta sola.

Olvida a esa mujer.

Preocupate por sobrevivir tu.

La voz le habla, pero ha perdido parte de su fuerza, de su imperativo. De algun modo, el saber que no esta sola, que hay alguien mas al otro lado de ese muro, ha cambiado las cosas.

Pero Sandra no responde.

Pasan horas, o quizas anos.

Carla duerme, se despierta. Vuelve a dormir. Revolotea alrededor del sueno como una polilla cerca de una vela. Cada instante en el que cede a la pesadez en los parpados y se deja llevar por la corriente, es una bendicion envenenada. Porque luego, meses o minutos despues, Carla despierta. Y a la breve sensacion de paz, sucede enseguida la espantosa claridad de su situacion. La peor situacion.

En uno de esos intervalos, Carla cree escuchar la trampilla abriendose. Cuando palpa cerca de la puerta, encuentra otra botella de agua y una chocolatina. Bebe un poco, orina en la esquina del sumidero, pero no quiere comer. No tiene hambre, su estomago sigue invadido por la sensacion acida, su boca aun poblada por el amargo sabor a hierro.

Hay algo mas.

Tiene miedo a que le hayan puesto algo a la chocolatina.

Tienes que comer.

Puede estar envenenada.

Te tiene a su merced. Puede

matarte cuando quiera. Si no

comes, si no conservas tus fuerzas,

no tendras ninguna oportunidad.

La voz ha vuelto a ganar poder y presencia, ocupando el hueco que ha dejado el silencio de Sandra. Ahora puede escucharla mas fuerte que antes, no solo en el interior de su cabeza, sino en el aire rancio a su alrededor.

Carla arranca el papel de la chocolatina y pega un bocado, intentando contentar a la voz. Ahora ya no suena con el timbre de su madre. Es distinta. Mas joven. Mas nitida.

Mas implacable.

—¿Quien eres? —le susurra a la voz.

Ya lo sabes.

—No, no lo se.

La voz no ofrece mas respuestas.

Carla come un poco mas. El azucar y los frutos secos equilibran sus niveles de glucosa, le devuelven a su cuerpo agotado algo de su energia.

Tienes que encontrar algo que

hacer. O te volveras loca.

Y eso lo dice una voz dentro de mi cabeza, piensa Carla.

Pero la voz tiene razon. Asi que se dedica a explorar su entorno. Esta vez con mayor detenimiento. Estudia los detalles de su celda, palpando con atencion el suelo y las paredes.

A los lados no encuentra gran cosa, solo cemento desnudo.

La pared contraria a la puerta de metal, sin embargo, esta recubierta de pequenas baldosas cuadradas, de unos diez centimetros de lado. En la esquina del sumidero, la ultima de ellas esta un poco suelta. Asoma unos cuantos milimetros, y cede ligeramente, con un crujido suave y arenoso, cuando la tocas.

Si pudiera introducir los dedos entre la baldosa y la lechada, quizas podria soltarla.

¿Y de que serviria?

De nada, piensa Carla, sintiendo de nuevo el tiron inmisericorde de la desesperacion.

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