Los Informativos PpYo No Sabia Que

los informativos.

—Yo no sabia que me estaban grabando, comisario —dice Jon, avergonzado. Se rasca el pelo, ondulado y tirando a pelirrojo. Se mesa la barba, espesa y tirando a cana.

Y recuerda.

La Desi tenia un pulso de mierda y un encuadre nefasto, pero grabo lo suficiente. Y la carita de muneca daba muy bien en los platos. Interpretaba de Oscar el papel de novia de un inocente inculpado injustamente por la policia. Al chulo no lo sacaban en los programas de por la tarde ni en las tertulias de la noche con su aspecto actual —camiseta sobaquera, dientes marrones—. No, ponian una foto de hace diez anos, con la primera comunion aun sin digerir. Un angelito desviado, la sociedad es la culpable, todo ese rollo.

—Has dejado la reputacion de esta comisaria por los suelos, Gutierrez. Hay que ser imbecil. Imbecil e inocente. ¿De verdad no te olias lo que pasaba?

Jon niega por segunda vez con la cabeza.

Se entero del asunto porque el video le llego al WhatsApp, entre meme y meme. Habia tardado menos de dos horas en hacerse viral en todo el pais. Jon se presento de inmediato en la comisaria, donde el fiscal ya estaba pidiendo a gritos su cabeza, con los testiculos de guarnicion.

—Lo siento, comisario.

—Y mas que lo vas a sentir.

El comisario se levanta, resoplando, y sale de la habitacion propulsado por su justa indignacion. Como si el no hubiera retocado pruebas nunca, estirado el Codigo Penal o hecho una trampita aqui y otra alla. Presuntamente. Lo que no habia sido era tan tonto como para que le pillaran.

A Jon le dejan tiempo para que se cueza en su propio jugo. Le han quitado el reloj y el movil, procedimiento estandar para que pierda la nocion del tiempo. El resto de objetos personales estan en un sobre. Sin nada con lo que entretenerse, las horas pasan muy despacio, dejandole bastante hueco para torturarse por su estupidez. Con el juicio mediatico perdido, ya solo le queda preguntarse cuantos anos tendra que chuparse en Basauri. Un sitio donde le esperaran unos cuantos amigos con los punos apretados y muchas ganas de pillar —tres contra uno— al poli que les alojo alli. O quizas le manden mas lejos para protegerle, a algun sitio donde su amatxo no podra ir a visitarle. Ni llevarle una tartera con sus famosas cocochas de los domingos. Nueve anos, a cincuenta domingos por ano, le salen cuatrocientos cincuenta domingos sin cocochas. A bulto. Mucho castigo le parece. Y su amatxo ya es mayor. Que le tuvo a los veintisiete, casi virgen del todo, como Dios manda. Y ahora el con cuarenta y tres y ella con setenta. Cuando Jon salga ya no estara amatxo para hacer cocochas. Si es que la noticia no la mata del susto. Ya se lo habra contado la del 2.º B, menuda lagarta, lengua bifida, pues anda la que monto con lo de los geranios.

Pasan cinco horas, aunque a Jon le parecen cincuenta. Nunca ha sido de quedarse muy quieto en un sitio, asi que el futuro entre rejas se le antoja imposible. No piensa en matarse, porque Jon valora la vida por encima de todo y es un optimista irredento. De esos de los que Dios se rie con mas ganas cuando les deja caer encima una tonelada de ladrillos. Pero tampoco encuentra modo alguno de escurrirse fuera de la soga que el mismo se ha colocado al cuello.

Jon esta inmerso en estos negros pensamientos cuando se abre la puerta. Espera ver de nuevo al comisario, pero en su lugar hay un hombre alto y delgado. Cuarenton, moreno, de entradas pronunciadas, bigote recortado fino y ojos de muneca, que parecen mas pintados que reales. Traje arrugado. Maletin. Caros.

Sonrie. Mala senal.

—¿Es usted el fiscal? —pregunta Jon, extranado.

No le ha visto nunca, y sin embargo el desconocido parece encontrarse como en casa. Aparta una de las sillas de acero, que arranca un chillido del cemento, y se sienta al otro lado de la mesa, sin dejar de sonreir. Saca unos papeles del maletin y los estudia como si Jon no estuviera a menos de un metro de el.

—Que si es usted el fiscal —insiste Jon.

—Mmmm… No. No soy el fiscal.

—¿Abogado, entonces?

El desconocido suelta un resoplido, entre ofendido y divertido.

—Abogado. No, no soy abogado. Puede llamarme Mentor.

—¿Mentor? ¿Eso es nombre o apellido?

El desconocido sigue ojeando los papeles, sin levantar la vista.

—Su situacion es bastante comprometida, inspector Gutierrez. Le han suspendido de empleo y sueldo, para empezar. Y tiene unos cuantos cargos encima de la mesa. Ahora vienen las buenas noticias.

—¿Tiene usted una varita magica para hacerlos desaparecer?

—Algo por el estilo. Lleva mas de veinte anos en el cuerpo, un buen numero de detenciones. Algunas quejas por insubordinacion. Poca tolerancia a la autoridad. Le encanta tomar atajos.

—No siempre se pueden seguir las normas al pie de la letra.

Mentor guarda de nuevo los papeles en el maletin con parsimonia.

—¿Le gusta el futbol, inspector?

Jon se encoge de hombros.

—Algun partido del Athletic de vez en cuando.

Por inercia. Que el Athletic es el Athletic.

—¿Ha visto jugar a un equipo italiano? Tienen una maxima, los italianos: Nessuno ricorda il secondo. A ellos les importa poco como ganen, mientras ganen. Simular un penalti no es ninguna deshonra. Dar una patada forma parte del juego. Un sabio llamo a esta filosofia mierdismo.

—¿Que sabio?

Ahora es Mentor quien se encoge de hombros.

—Usted es un mierdista, como prueba su ultima hazana con el maletero del vehiculo del proxeneta. Claro que la idea es que el arbitro no le vea, inspector Gutierrez. Y menos aun que la repeticion de la jugada acabe en las redes sociales con el hashtag #DictaduraPolicial

—Oiga usted, Mentor, o como se llame —dice Jon, poniendo sus enormes brazos sobre la mesa—. Estoy cansado. Mi carrera se ha ido a la mierda y mi madre tiene que estar loca de preocupacion porque no he ido a casa a cenar y no he podido avisarla todavia de que me voy a tirar un punado de anos sin verla. Asi que vaya al grano o vayase a tomar por culo.

—Voy a proponerle un trato. Usted hace algo que yo quiero, y yo le saco de este… ¿como lo llamo su jefe? De este lio de cojones.

—¿Va a hablar con la fiscalia? ¿Y con los medios? Venga ya, hombre. Que no naci ayer.

—Entiendo que le resultara dificil escuchar a un desconocido. Seguro que tiene alguien mejor a quien recurrir.

Jon no tiene a nadie mejor a quien recurrir. Ni mejor, ni peor. Lleva cinco horas dandose cuenta de ello.

Se rinde.

—¿Que es lo que quiere?

—Lo que quiero, inspector Gutierrez, es que conozca a una vieja amiga. Y que la saque a bailar.

Jon suelta una carcajada en la que no hay ni pizca de alegria.

—Me temo que le han informado mal sobre mis aficiones, oiga. No creo que a su amiga le guste bailar conmigo.

Mentor sonrie de nuevo. Una sonrisa de oreja a oreja, aun mas preocupante que la primera.

—Por supuesto que no, inspector. De hecho, cuento con ello.

3. Un baile

3

Un baile

Asi que Jon Gutierrez afronta el ultimo tramo de escalera del numero 7 de la calle Melancolia (barrio de Lavapies, Madrid) de un humor bastante agrio. El comisario tampoco quiso explicarle nada cuando Jon le pregunto por Mentor:

—¿De donde cono ha salido? ¿Del CNI? ¿De Interior? ¿De los Vengadores?

—Haz lo que te diga y no preguntes.

Jon sigue suspendido de empleo y sueldo, aunque los cargos contra el se han paralizado. Y el video en el que se le ve plantando el caballo en el coche del chulo ha desaparecido —¡magia!— de las televisiones y de los periodicos.

Tal y como le habia prometido Mentor que ocurriria si aceptaba su extrana propuesta.

La gente sigue hablando del tema en las redes sociales, pero a Jon le importa poco. Es cuestion de tiempo que las hienas de Twitter encuentren otro cadaver que roer hasta dejar los huesos mondos y blancos.

Sin embargo, la respiracion del inspector Gutierrez esta agitada y su corazon encogido. Y no es solo por la escalera. Porque a Mentor no le basta conque Jon conozca a su amiga Antonia Scott. Tambien le ha exigido otra cosa a cambio de su ayuda. Y por lo poco que Mentor le ha explicado, esa segunda parte sera la mas dificil.

Al llegar al ultimo piso, se encuentra la puerta del atico.

Verde. Antigua de narices. Descascarillada.

Abierta. De par en par.

—¿Hola?

Extranado, entra en el piso. El recibidor esta desnudo. Ni un solo mueble, ni perchero, ni un triste cenicero con la tarjeta de descuento del Carrefour. Nada salvo una pila de tupers vacios, resecos. Huelen a curry, a cuscus y a otros seis o siete paises. Los mismos olores que emanaban de los pisos que Jon se ha ido encontrando en su ascension.

Al otro lado del recibidor hay un pasillo, tambien despejado. Sin cuadros, sin estanterias. Dos puertas a un lado, una al otro, una mas al fondo. Todas abiertas.

La primera da a un bano. Jon se asoma, y ve solo un cepillo de dientes, Colgate sabor fresa, una pastilla de jabon. Una botella de gel en la ducha. Media docena de botes de crema anticelulitis.

Vaya, asi que cree en la magia, piensa Jon.

A la derecha solo hay un dormitorio. Vacio. En el armario empotrado, abierto, atisba unas cuantas perchas. Pocas estan ocupadas.

Jon se pregunta que clase de persona vive asi, con tan solo un punado de objetos. Piensa si se habra marchado. Teme haber llegado tarde.

Mas adelante, a la izquierda, una cocina minuscula. Hay platos en la pila. La encimera es un oceano de silestone blanco. Una cuchara de postre, sucia, naufraga a mitad de camino del fregadero.

Al fondo del pasillo, el salon. Abuhardillado. Las paredes de ladrillo visto, las vigas de madera oscura. La luz, tenue, se cuela por dos claraboyas practicadas entre ellas. Y por una ventana.

Fuera, el sol se pone.

Dentro, Antonia Scott esta sentada en el suelo, en mitad de la habitacion, en la posicion del loto. Treinta y tantos. Vestida con unos pantalones negros y una camiseta blanca. Tiene los pies descalzos. Frente a ella hay un iPad, conectado a la corriente por un cable muy largo.

—Me has interrumpido —dice Antonia. Le da la vuelta al iPad, y coloca la pantalla hacia el ajado suelo de parquet—. Es de muy mala educacion.

Jon es de esos que cuando se mosquean pasan al contraataque. Preventivo. Por deporte. Por sus huevos morenos.

—¿Siempre dejas la puerta abierta? ¿No sabes en que barrio vives? ¿Y si fuera un psicopata violador?

Antonia parpadea, desconcertada. No maneja el sarcasmo muy bien.

—No eres un psicopata violador. Eres policia. Vasco.

En lo de vasco, Jon no se engana, el acento no deja lugar a dudas. Pero que le haya calado como madero, le sorprende. Normalmente los polis apestan a polis. Jon, que no tiene que pagar alquiler, y se deja todo el sueldo en ropa, parece mas bien un director de marketing, con su traje de tres piezas de lana fria cortado a medida y sus zapatos italianos.

—¿Como sabes que soy policia? —dice Jon, apoyandose en el quicio de la puerta.

Antonia senala el lado izquierdo de la chaqueta de Jon. Pese al cuidado que ha puesto el sastre para compensar el bulto del arma, no lo ha conseguido del todo. Tampoco el ha ayudado con su dieta.

—Soy el inspector Gutierrez —admite Jon. Duda si ofrecerle la mano, pero se contiene a tiempo. Le han advertido que a esta mujer no le gusta el contacto fisico.

—Te envia Mentor —dice Antonia.

No es una pregunta.

—¿Te ha avisado de mi llegada?

—No hace falta. Aqui nunca viene nadie.

—Vienen tus vecinos, a traerte comida. Deben de apreciarte mucho.

Antonia se encoge de hombros.

—Soy la duena del edificio. Bueno, mi marido lo es. Esa comida es el alquiler que les cobro.

Jon hace un calculo rapido. Cinco plantas, a tres pisos por planta, a mil euros por piso.

—Vaya. El cuscus te sale por un pico. Ya puede estar bueno.

—No me gusta cocinar —dice Antonia, con una sonrisa.

Es entonces cuando Jon se da cuenta de que es hermosa. No una belleza, tampoco nos volvamos locos. A primera vista, el rostro de Antonia pasa desapercibido, como una hoja en blanco. El pelo, negro y lacio, cortado en media melena, no ayuda mucho. Pero cuando sonrie, su cara se ilumina como un arbol de Navidad. Y descubres que los ojos que parecian marrones son en realidad de un verde aceituna, que un hoyuelo se forma a cada lado de la boca, dibujando un triangulo perfecto con el que le parte la barbilla.

Despues se pone seria, y el efecto desaparece.

—Ahora vete —dice Antonia, abanicando el aire con la mano en direccion a Jon.

—No hasta que escuches lo que he venido a decirte —responde el inspector.

—¿Crees que eres el primero que envia Mentor? Ha habido otros tres antes que tu. El ultimo hace solo seis meses. Y a todos os digo lo mismo: No me interesa.

Jon se rasca el pelo —ondulado tirando a pelirrojo, habiamos dicho— y respira hondo. Llenar ese torso enorme lleva unos cuantos segundos y bastantes litros de oxigeno. Solo esta ganando tiempo, porque en realidad no sabe que demonios decirle a esa mujer extrana y solitaria a la que ha conocido hace tres minutos. Y todo lo que le habia pedido Mentor era: consigue que se suba al coche. Promete lo que quieras, miente, amenaza, engatusala. Pero consigue que se suba al coche.

Que se suba al coche. No le ha dicho lo que pasara despues. Y eso es lo que le obsesiona.

¿Quien es esta tia, y por que es tan importante?

—Si lo llego a saber, hubiera traido cuscus. ¿Que pasa, eras policia?

Antonia chasquea la lengua con disgusto.

—No te lo ha dicho, ¿verdad? No te ha contado nada. Te habra pedido que me subas a un coche, sin saber a donde vamos. Para uno de sus ridiculos encargos. No, gracias. Me va mucho mejor sin el.

Jon hace un gesto hacia la habitacion vacia y las paredes desnudas.

—Ya se ve. El sueno de cualquiera: dormir en el suelo.

Antonia se retrae un poco, entorna los ojos.

—No duermo en el suelo. Duermo en el hospital —escupe.

Eso le ha dolido, piensa Jon. Y cuando le duele, habla.

—¿Que te pasa? No, a ti no. Es a tu marido, ¿verdad?

—No es de tu incumbencia.

De pronto las piezas encajan, y Jon no puede dejar de hablar.

—Le ocurre algo, esta enfermo, y tu quieres estar con el. Es comprensible. Pero ponte en mi lugar. Me han pedido que te convenza de que subas al coche, Antonia. Si no lo consigo, habra consecuencias para mi.

—Eso no es mi problema. —La voz de Antonia se vuelve glacial—. No es mi problema lo que le ocurra a un poli gordo e incompetente, que la ha cagado tanto como para que le manden a buscarme. Y ahora marchate. Y dile a Mentor que deje de intentarlo.

El inspector Gutierrez, con el rostro de cemento, da un paso atras. No sabe que mas decirle a aquella chalada. Se maldice por haberse dejado embarcar en este asunto, que ha sido una enorme perdida de tiempo. No le queda otra que volverse a Bilbao, enfrentarse al comisario y apencar con las consecuencias de su estupidez.

—Esta bien —dice Jon, antes de darse la vuelta y enfilar el pasillo, con el rabo entre las piernas—. Pero me pidio que te dijera que esta vez es distinto. Que esta vez te necesita.

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