Ha Sido Vapuleado Por La Explosion Por Eso

ha sido vapuleado por la explosion. Por eso solo descubre que esta a punto de morir envenenado cuando la nube le envuelve e inspira la primera bocanada de gas.

El gas reacciona con la humedad de su tracto respiratorio, convirtiendose instantaneamente en acido. Parra comprende lo que esta pasando, pero no solo es un hombre fuerte, es un hombre valiente. No cede a sus pulmones, que le piden aire, aire limpio, porque no lo hay. Resistiendo a un dolor insoportable, trastabillando, a trompicones, comienza a arrastrarse hacia el lugar donde cree que esta la puerta, tirando del brazo de Ocana, arrastrandole. Siente dos necesidades imperiosas antagonicas. Vomitar, respirar. El enorme esfuerzo de arrastrar los ochenta kilos de Ocana (menos lo que pesara la pierna) hace a sus musculos consumir un oxigeno que ya no estan recibiendo.

Con la vista nublada por el gas —que tambien ha reaccionado con la humedad de sus ojos, convirtiendose en un millar de alfileres—, es un milagro que encuentre la puerta. Pero los milagros ocurren. Quizas haya sido la medalla.

En el rellano, Parra obtiene un segundo, solo un instante de aire limpio. El humo le ha seguido, resistiendose a abandonar su presa. Pero la bocanada que logra absorber e introducir en los pulmones proporciona escasa ayuda o alivio. Sus bronquios inflamados e irritados protestan, los espasmos en el vientre se agudizan. El capitan cae de rodillas —por un instante piensa en su hijo pequeno, Lucas, subido a horcajadas sobre su espalda, hace menos de una semana—, cediendo a las arcadas, sujetandose el estomago con las manos. Logra vomitar unas gotas de baba amarillenta, pero el proceso le ha costado caro. El humo venenoso le rodea ahora, no sabe donde esta la escalera y, lo que es peor, ha perdido a Ocana.

No voy a dejarte aqui. No voy a dejarte aqui.

A tientas, busca a su companero en el suelo. Su mano izquierda encuentra su cara, la derecha le agarra por la hombrera del chaleco antibalas y empieza a tirar. ¿Hacia donde? No lo sabe. Busca, de rodillas y ciego, alguna referencia.

No encuentra nada.

De pronto, la mano derecha logra asir el pasamanos de la escalera. Se aferra a el como un naufrago a la linea salvavidas. Tira de su cuerpo hacia arriba, escala con las rodillas, tira del cuerpo de Ocana, que se traba con los escalones, que no quiere ascender. Cada peldano, cada veinte centimetros, es un Everest.

Parra salva once, antes de alcanzar el punto en el que el gas, mas pesado que el aire, tiene que abandonar la persecucion.

Sigue tirando, con sus ultimas fuerzas, hasta colocar la cara de Ocana junto a la suya. El capitan esta a punto de desmayarse.

Aun aferra con una mano el pasamanos de la escalera y con la otra a su companero cuando escucha acercarse las sirenas.

Su ultimo pensamiento consciente es para la frase que no ha dicho antes de bajar de la furgoneta.

A mi senal, ira y fuego.

Las mejores frases se te ocurren siempre despues.

Ezequiel

Ezequiel

Nicolas se aparta de la pantalla, con gesto convulso. No quiere seguir mirando. Todo ha terminado.

Frente a el, el ordenador portatil sigue abierto, pero las camaras web estan apagadas. Los altavoces por los que llegaban los gritos, ya solo emiten estatica. La explosion ha cortado la comunicacion entre su antiguo piso y el refugio. Pero ha durado lo suficiente para que pueda acabar con los intrusos.

Ella tenia razon. Acabarian encontrando su rastro, pero hemos sido mas listos que ellos.

No debo jactarme, piensa. Han muerto policias.

Echa mano de su cuaderno, e inicia una nueva hoja de confesion.

He pecado contra el quinto mandamiento, escribe. No queria hacerlo, pero me he visto obligado. La mision es demasiado importante. Humillar a los poderosos, ensenarles que su fuerza no es nada al lado del poder de la justicia. A todos alcanza el poder de Dios, y yo estoy haciendo Su voluntad.

Arranca la hoja, y le prende fuego. El papel arde, pero Nicolas no siente que sus pecados se desvanezcan en el humo, como en otras ocasiones. Esta vez solo es capaz de pensar en los hombres que han muerto. Que no eran poderosos, ni ricos. Eran sus iguales.

Pero servian al Maligno. Servian a Mammon, el demonio de las riquezas y de la avaricia. Nadie puede servir a dos senores, se dice Nicolas, que no comprende que su alma siga sucia y pesada, como una manta llena de barro.

Cuando estallo la primera bomba, que habia preparado con tanto esmero, con atencion al detalle, se sintio orgulloso. Eran muchos los elementos que podian fallar, pero el los habia resuelto todos.

El video se perdio tras la primera explosion. Pero siguieron llegando los gritos a traves de los altavoces. Gritos de dolor, gritos de desesperacion, de incredulidad. Gritos de muerte. Y Nicolas comprendio que habia sido el que habia causado toda esa destruccion. Cuando se volvio, confuso, hacia Sandra, en busca de aprobacion, lo que vio en su rostro le helo la sangre en las venas. No habia rastro de humanidad en el, ni de dudas, ni de remordimientos. Solo una sonrisa de reptil, que mantuvo hasta que la segunda explosion les privo tambien del sonido.

Entonces ella se digno a mirarle. Detecto en sus ojos la culpa. Hizo patente su asco.

Nicolas se giro y mantuvo la cabeza gacha. No queria encontrarse de nuevo con esa mirada hueca. Ella le dio la espalda y se marcho, pasillo abajo. Y el se quedo a solas, con las pantallas negras, con la estatica, y con un alma contaminada que el fuego no consigue limpiar.

Al fondo, Carla Ortiz sigue gritando y golpeando la puerta, pero Sandra le ha avisado de que la deje desganitarse. Nicolas aborrece el ruido, que aumenta su padecimiento y le recuerda su iniquidad, pero no quiere contrariarla.

Toma una nueva hoja de su cuaderno.

Soy, esencialmente, una buena persona, escribe.

Se detiene, lee las palabras con detenimiento. Las letras se confunden en el cuaderno, bailan en la linea, cambian de orden, pierden el significado.

Arranca la hoja, la arroja al suelo, vuelve a empezar.

No soy una buena persona, escribe.

Esta vez las letras se quedan en su sitio.

30. Siete instantáneas

30

Siete instantaneas

Ni Jon ni Antonia recordaran con claridad las siguientes horas de su vida, mas alla de una coleccion de instantaneas, momentos congelados en el tiempo, sin solucion de continuidad entre ellos.

1. Antonia le grita a Mentor a traves del telefono del coche. Jon esta saltandose un semaforo en rojo en la cuesta de San Vicente, esquina Arriaza. Esquiva a un hombre de unos treinta anos, vestido con un traje barato. Lleva una botella en la mano izquierda. Un poco de sidra esta cayendo sobre el parabrisas. La luz del semaforo transforma las gotas ambarinas en sangre iridiscente.

2. Jon muestra su placa a un agente de la municipal que esta cortando el trafico a la entrada de la calle San Canuto. El municipal dice algo y senala con una mano hacia fuera mientras con la otra intenta agarrar a Antonia, que se desliza por debajo de la cinta. Su espalda toca el plastico en el punto exacto entre las palabras NO y PASAR, convirtiendo la recta en un triangulo escaleno. Es el tipo de cosas en las que se fijaria Antonia, pero esta vez no lo hace.

3. Dos paramedicos del SAMUR estan inclinados sobre una camilla. Los brazos de uno apretados contra el pecho del herido, las manos del otro colocando una mascarilla sobre su cara. Las luces de la ambulancia que ya parte hacia el hospital con Cervera en su interior enmarcan los rostros de los paramedicos con un brillo sobrenatural.

4. Un bombero, la cara cubierta por la mascara de oxigeno, arrastra un cadaver, que se reunira con los otros tres que hay fuera alineados sobre la acera, cubiertos por mantas isotermicas de color plateado. En lugar de devolver los reflejos de las luces estroboscopicas de los coches de la policia o del camion de bomberos, la cara aluminizada de la manta parece absorberlos. Como si los cuerpos que hay bajo ellas intentaran extraer un ultimo halito de vida del aire que les rodea.

5. Antonia se agacha para recoger una medalla que hay caida en el suelo. Sus dedos la estan rozando. Los paramedicos se la han arrancado al capitan Parra sin darse cuenta cuando le hacian la reanimacion cardiopulmonar. Un agente habla con Jon sobre la actuacion del capitan. Jon tiene el rostro desencajado. El agente tiene los labios extendidos hacia delante —como si se preparara a dar un beso—. Estan formando la cuarta letra de la palabra heroe.

6. Antonia llora, un antebrazo apoyado en la ventanilla del coche, la mano izquierda apartando el brazo de Jon que se dirige a consolarla, aunque sin mirarla. Jon sigue con la vista clavada en el lugar por el que la ambulancia del SAMUR se ha llevado al capitan Parra. Esta empezando a llover, una lluvia tenue y fina que no lograra borrar las manchas de sangre de la acera, solo mantenerlas frescas mas tiempo.

7. Antonia pone un pie en la acera frente al hospital de la Moncloa. Se baja del Audi sin despedirse, con los ojos aun llorosos. A su espalda, la mirada de Jon refleja tristeza, miedo, dudas y una enorme, inabarcable angustia. Tambien una suplica de que no le deje solo esta noche, quizas la primera desde que se conocen, en la que el la necesita a ella mas que al reves. Antonia no la percibe, porque esta de espaldas.

Autor