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Ezequiel

Ezequiel

El agua le sabe a cenizas.

Ultimamente, todo lo es.

Ha cambiado de sitio el jergon que le sirve de cama. Antes compartia la habitacion al fondo del pasillo con Sandra, pero ahora su hija le ha ordenado que lo saque de alli, porque ha atado al nino a una pared, y quiere que tenga suficiente espacio.

Nicolas se pregunta desde cuando estar con Sandra ya no es bueno. Desde cuando ha dejado de suavizar con una sonrisa los insultos y los desprecios.

Eres un viejo inservible.

No me extrana que tu padre te pegara.

Luego le rozaba el hombro con la mano, o le dedicaba una sonrisa que atenuaba el golpe.

¿Cuando comenzo a pasar?

Nicolas no lo sabe o no lo recuerda. A veces quiere marcharse muy lejos, dejarla de lado, huir sin mirar atras. Pero luego recuerda como fueron los meses en los que Sandra estuvo (muerta) lejos de su lado, en como se hundio en un pozo de brea del que no se podia escapar. Como era salir a la calle, subir al metro, estar rodeado de personas, sentir sus miradas resbaladizas en la nuca y en la espalda. Ahi va un hombre que ha perdido a su hija.

Un viejo inservible.

No me extrana que su padre te pegara.

Luego Sandra volvio.

Simplemente, regreso. Llamo a la puerta, una noche, y todo fue perfecto.

No, no todo. Porque regreso distinta.

Nicolas no quiere admitirlo, no le gusta la verdad que acecha detras de esa idea. No quiere renunciar al influjo poderoso de la voluntad de Sandra. Desde que ha vuelto, irradia una energia que le envuelve, que le impulsa.

Pero no es una energia buena. Ahora Esa energia envenena.

El camino que le ha hecho recorrer parecia claro, pero han surgido desvios. Imprevistos, los llama ella.

Ese nino. Ese nino no deberia estar aqui.

Es demasiado pequeno.

Nicolas fantasea con enfrentarse a Sandra tal y como fantasea con huir. De forma breve, superficial e inofensiva. Tan pronto como la fantasia comienza, tan pronto como se intuye como solucion a la angustia y a la confusion, Nicolas recuerda la soledad. Pavorosa, fria e inhumana.

¿Era asi antes? ¿Antes de regresar?

Nicolas tampoco lo recuerda. No tiene imagenes concretas del antes. Quizas fragmentos de la melodia, pero ni mucho menos la letra. Recuerda largas jornadas por los tuneles, recuerda tener la sensacion de ser padre. Recuerda cosas que no quiere recordar, cosas que pasaban por la noche, momentos en los que visitaba el dormitorio de Sandra, momentos en los que el era su padre y Sandra era el. Pero los desecha, como si en realidad esas imagenes no formaran una parte integral de quien es. Solo son suenos. No son reales. Si lo fueran, habria quemado por ellas las correspondientes hojas de confesion.

Ademas, desde que regreso, no ha vuelto a ocurrir.

Ahora es el quien acude a ella, para obtener un desahogo distinto, el metodo que ella le enseno. Se arrodilla, y entonces ella coge el cinturon y lo descarga en su espalda. Como hacia su padre de nino con el para que Nicolas no pecase. Como hacia justo antes de pecar con el.

Nicolas siente de nuevo el sabor a ceniza en la lengua y en el paladar. No le gusta esta confusion que siente. Desde que ella regreso.

Toma la pistola de encima de la mesa. El peso, la presencia fisica del arma, le confieren una extrana determinacion.

Es una puerta. Una puerta, piensa Nicolas.

Se introduce el arma en la boca. Sus dientes rozan el metal, lo muerden. La grasa del arma, el metal, arrastran el sabor a cenizas.

Una ligera presion, es todo lo que hace falta. Y despues solo habra paz.

Aprieta el gatillo, pero el arma solo le devuelve el chasquido del seguro.

Eres un viejo inservible.

No me extrana que tu padre te pegara.

Suenan sus pasos, acercandose, y Nicolas deja el arma sobre la mesa a toda prisa.

La proxima vez. La proxima vez se atrevera.

—¿Esta todo listo? —pregunta Sandra.

Nicolas asiente. Se ha esforzado mucho, pero ha cumplido con todo lo que le ha pedido.

Ella le sonrie.

3. Un rolls royce

3

Un rolls royce

Antonia Scott (metro sesenta, cincuenta kilos) calcula sus posibilidades de deshacerse del hombre que la arrastra hasta el coche que esta en la puerta (metro noventa, ochenta y siete kilos). Son nulas. No hace falta ni siquiera incorporar el dato de que el hombre es, como todos los que prestan servicio de seguridad en la embajada, un oficial del SAS britanico. Como los GEOS o los Marines, pero en fish and chips.

El SAS ha hecho su trabajo de reconocimiento. La lleva, a empellones y grunidos, por los pasillos menos concurridos de la parte trasera. Sir Peter les sigue, tres pasos por detras. Descienden las escaleras, atraviesan la zona de oncologia —siempre en el lugar mas escondido— y acaban en el exterior del recinto por una puerta lateral que ni siquiera Antonia habia visto, y eso que practicamente vive en el hospital de la Moncloa desde hace tres anos. Todo estudiado para cruzarse con el minimo numero de personas.

El Rolls Royce Phantom que aguarda fuera —un segundo SAS sostiene la puerta del coche abierta— es el coche oficial del embajador del Reino Unido, lo cual no quita para que sir Peter se sienta mas que orgulloso de el. En otras circunstancias, Antonia quizas apreciase que la esten metiendo a la fuerza en un coche de medio millon de euros, pero no es el caso. Ahora mismo solo es capaz de pensar en que, si le suben a ese coche, todo habra acabado para Jorge, para ella y para Carla Ortiz.

No puede permitirlo.

Y, sin embargo, no se le ocurre ninguna forma de evitarlo. Dejarse dominar por el panico, arrojarse al suelo, gritar… todo eso solo empeorara las cosas.

Cuando quiere darse cuenta, ya esta sentada en el coche, en el asiento detras del conductor.

—Estas cometiendo un error —le dice a su padre, que ocupa el asiento a su lado. Los dos SAS se colocan delante.

—Ojala sea verdad, Antonia —dice el, pero no la cree. El ya la ha juzgado culpable, porque cree que lleva tres anos sin estar en sus cabales. Y esa segunda parte quizas fuera cierta hace unos dias, pero ya no lo es.

Ya no quiero quitarme la vida, piensa, y se da cuenta de que es verdad. Despues de anos controlandose, permitiendose solo fantasear con acabar con todo durante tres unicos minutos cada noche, tan solo cuatro jornadas han sido suficientes para cambiarlo todo.

No puede terminar asi.

Las puertas del coche se cierran.

Antonia mira a su alrededor con desesperacion, buscando una salida que no existe.

El conductor, el mismo SAS que la ha traido a remolque, pone el coche en marcha.

Entonces hay un cataclismo.

Treinta segundos antes

Treinta segundos antes

A Jon Gutierrez no le gustan las injusticias.

Las palabras de Antonia le han herido, mucho mas de lo que esta dispuesto a admitir. Habia puesto todas sus expectativas en ella, habia supeditado todo a conseguir, como fuese, que encontraran juntos a Carla Ortiz. Por supuesto, la vida no es una linea recta ni un camino despejado, y la mochila que Jon se habia traido de Bilbao.

Y tus mentiras.

habian acabado con el sueno.

Asi que Jon Gutierrez esta sentado en el Audi A8 sin trabajo, ni objetivo, ni esperanza. Campana herida en el campanario, mitad partida por la mitad. En su hotel le estan esperando los amigos de Asuntos Internos, como hay Dios. Pero el no va a darles el gusto, no senor. Si quieren hablar con el, que vayan al Botxo, que en esta epoca del ano esta precioso, y la caseta del perro —asi llaman los de Bilbao al Guggenheim— refulge al sol de junio, junto a la ria.

Aun esta a tiempo de plantarse en Bilbao para una cena tardia si arranca ahora y pisa con garbo. Podra abrazar a amatxo, contarle las penas, y dejar que el manana traiga tiempos peores.

Pero claro, entonces ve a Antonia siendo arrastrada dentro del coche por un tipo grandote e indudablemente armado.

El inspector Gutierrez nunca ha sido devoto de la doctrina de perdidos al rio. La primera vez que se dejo llevar por las circunstancias fue hace cuatro dias, y porque no le quedo otro remedio. De la iglesia de la que si es devoto Jon Gutierrez, donde pone velas, hace genuflexiones y recita plegarias es la de Nuestra Senora de Con Mi Companera No se Juega. Asi que, sin mediar mas pensamientos, pone el coche en marcha, aprieta el acelerador, mete marcha —truquitos que uno aprende cuando se junta con psicopatas— y lanza el Audi disparado contra el costado del Rolls Royce.

Y van dos.

4. Una negativa

4

Una negativa

La fuerza del impacto hace trizas la ventanilla trasera izquierda, cubriendo a Antonia de cristales. Deforma el habitaculo del Rolls Royce y la arroja contra su padre, que aun no se habia puesto el cinturon. Los airbags saltan en el asiento del conductor y del pasajero pero, por alguna razon, este coche de medio millon de euros decide que los pasajeros de atras no los necesitan.

La frente de sir Peter ha golpeado contra la ventanilla de su lado, y ha dejado una telarana en cuyo centro hay una arana carmesi. Su pelo blanco —Antonia esta convencida de que se lo tine— esta ahora empapado en sangre.

Antonia esta sobre el, en una postura intima, su cabeza sobre el pecho, que no se producia desde hacia ¿veintisiete?, ¿veintiocho anos? Pero ella no busca el contacto —a pesar de que puede oir con nitidez el corazon de su padre, latiendo a menos de veinte centimetros de su oreja derecha—. Lo que busca es la manija de la puerta, con ambos brazos extendidos hacia delante por culpa de la brida que le une las munecas.

—No… —susurra su padre, aturdido aun por el golpe.

Ella logra abrir la puerta e incorporarse, pasa por encima de su padre —es consciente de haberle dado un rodillazo en los rinones que no lamenta mucho—, pero cuando ya tiene medio cuerpo fuera, sir Peter le agarra de la pierna y tira hacia atras.

—Solo vas a empeorar las cosas —dice sir Peter.

Su hija patea, cocea con fuerza las piernas y el pecho y los brazos de su padre, hasta que logra librarse.

Las cosas no pueden estar peor.

Los dos SAS estan empezando a deshacerse del amoroso abrazo del airbag. Al otro lado del coche, Jon Gutierrez esta en las mismas. Solo que el tiene algo mas de experiencia. Ha logrado incluso volver a encender el coche y le hace gestos con la mano para que suba.

Antonia le mira, niega con la cabeza.

Echa a correr en direccion contraria, alejandose de Jon, alejandose de su padre.

Corre, Antonia.

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