Er Cruzado A Nado Un Mar Embra

er cruzado a nado un mar embravecido.

Ahora su cuerpo le exige huir, correr en cualquier direccion. A un lado del pasillo puede percibir una luz tenue, asi que intuye que ese no es el lado correcto. Lo sabe. La Nueva Carla sabe cosas. Al lado contrario solo hay mas oscuridad, en la que solo hay una isla de luz.

Procede de una puerta.

La puerta de la habitacion que habia junto a su celda. Una puerta de madera y cristal. Una puerta a traves de la cual se vuelve a escuchar el llanto de un nino, que llama a su madre.

Es un truco. Huye. Huye.

Pero no puede huir. Tiene que saberlo.

Tengo que saberlo, piensa, mientras se vuelve hacia la puerta de madera.

Puede que su cuerpo este pidiendo a gritos no saber, pero lleva demasiado tiempo —una vida— dandole la espalda a la verdad como para ceder esta vez.

La habitacion es una oficina minuscula iluminada por una lampara de gas, en la que los muebles se han apartado para hacer sitio a un colchon en el suelo. Al otro lado, atado con cinta americana a una tuberia por una de sus munecas, hay un nino pequeno. Vestido con pantalon gris y jersey verde. Los ojos hundidos y enrojecidos, la voz ronca por el llanto. Cuando Carla entra en la habitacion, el nino la mira, aterrorizado. Carla no es consciente de su propia imagen hasta que se contempla a si misma a traves de los ojos del nino. Una aparicion ensangrentada, sin otra ropa que el sujetador y las bragas, cubierta de suciedad y sudor.

Carla se arrodilla junto al nino.

—¿Como te llamas?

El nino aparta la mirada, ante aquel nuevo monstruo que ha surgido de la negrura para atormentarla. Abre la boca para llorar, hincha de nuevo los pulmones.

—No. No. Calmate. Me llamo Carla. Vengo a ayudarte.

No espera a que el nino le conteste o a que procese su presencia, porque no hay tiempo que perder. Empieza a cortar la cinta americana por la que el nino esta sujeto a la tuberia, usando el trozo de baldosa. Ahora que puede verlo, por primera vez, se da cuenta de lo minuscula y patetica que es esa improvisada herramienta. Y, sin embargo, la ha traido hasta aqui.

El nino la mira con los ojos muy abiertos, sorbiendose los mocos. No es capaz de comprender por que el monstruo sucio y cubierto de sangre lo esta ayudando.

De pronto mira por encima del hombro de Carla, y sus ojos vuelven a reflejar el terror.

Oh, no, piensa Carla, comprendiendo, un instante demasiado tarde, que ha cometido un error.

El hombre del cuchillo esta a su espalda, la agarra del pelo, la lanza al suelo con brutalidad.

—No puedes hacer eso. ¡Se supone que no puedes hacer eso!

La cabeza de Carla rebota contra el cemento, y se queda atontada, boca arriba. El hombre del cuchillo se arroja sobre ella, entrelaza los dedos alrededor de su cuello y comienza a apretar.

Esto es lo que obtienes cuando intentas hacer algo bueno, piensa Carla. Esto es lo que obtienes.

Mientras los dedos del hombre del cuchillo aplastan su traquea, Carla solo siente una incomprensible sensacion de injusticia. Durante su estancia en la oscuridad habia aprendido que Dios, el Bien y el Mal, no eran mas que monosilabos en mayusculas. Pero aun quedaba dentro de ella un halito de esperanza en una especie de equilibrio universal. El mismo que la habia impulsado a entrar en la habitacion, atraida por el llanto de aquel nino, cuya pierna se agita a solo unos centimetros de su cara. La zapatilla tiene serigrafiado en el tobillo un Bob Esponja que ha perdido un ojo y parte de una mano, a fuerza de golpear un balon. Carla se da cuenta —en un ultimo lapso de lucidez de su cerebro, que consume sus ultimos restos de oxigeno— de que esa zapatilla tambien la tiene su hijo Mario. Tambien esta rozada en el mismo sitio. Es una de las que ellos fabrican. Un defecto que habria hecho notar al departamento correspondiente con un correo electronico. Firme, pero carinoso.

Sus ojos se inundan de nuevo de la luz blanca y cegadora.

Voy a morir, piensa Carla. No hay incredulidad, ni miedo, ni lamento. Solo derrota.

Entonces oye algo —el sentido del oido es el primero que se pone en marcha en el cerebro cuando uno se despierta, y tambien el ultimo en desaparecer—. Una voz masculina, seca. No entiende el sentido de las palabras. Pero los dedos dejan de apretar su garganta, y el cuerpo de Carla toma el control, pone en marcha los pulmones, de nuevo, traga el aire en bocanadas enormes, siente como la vida vuelve a inundarla de nuevo…

Entonces suenan los disparos.

16. Un señuelo

16

Un senuelo

Antonia avanza muy despacio.

Sabe que su unica oportunidad descansa en manos de Jon. Que ella no es mas que un senuelo, que debe servir para alejar a uno de los dos de la puerta, y darle al inspector Gutierrez una oportunidad.

Mientras su voz resuena con fuerza por los pasillos, Antonia se mueve tan despacio como puede, confiando en que el eco en los azulejos sirva para despistar lo suficiente a cualquiera de los dos que vaya en su busca.

Antonia esta convencida de que sera Sandra. Querra acabar con ella personalmente.

Se mueve, despacio. Tanto como puede. A su alrededor, el mundo conspira para delatar su ubicacion. El cemento cruje bajo sus pies, el roce de su ropa arranca susurros de las paredes. Cada movimiento es una denuncia.

Su mente esta cada vez mas llena. Con el efecto de las capsulas completamente desaparecido, Antonia tiene que luchar por mantenerse cuerda bajo la tension.

—Es una cosa maravillosa, el sonido, ¿no te parece? —resuena la voz de Antonia por el pasillo—. Uno nunca puede estar seguro de su procedencia.

Sandra esta subiendo las escaleras. A su espalda, Antonia puede ver el reflejo de su linterna, escudrinando la oscuridad, y sigue hacia delante, el unico camino que le queda. El haz de luz ilumina la entrada del pasillo. Despues Sandra se agacha, al final de las escaleras, y vuelve la esquina bruscamente. Dispara dos veces, y las balas atraviesan el pasillo, se incrustan en la pared contraria, junto a los tornos de salida, sin encontrar en su camino nada mas que aire. La linterna ilumina entonces el telefono en el que Antonia ha grabado una larga nota de voz, llena de pausas, como senuelo para atraerles.

Sandra comprende el engano tarde, y aplasta el telefono bajo el talon con un grunido frustrado, antes de correr de nuevo escaleras abajo.

17. Una oficina

17

Una oficina

El plan era muy sencillo.

Tan pronto como escuches mi voz, vendran hacia mi.

Jon surge del tunel, milagrosamente vivo. No ha pisado ningun hilo, o si lo ha hecho, este no ha activado ninguna trampa.

Frente a el esta la estacion abandonada. El anden a su izquierda es visible bajo la luz de una lampara de gas, que crea una burbuja fantasmagorica y dibuja sombras oscuras en las paredes. Del pasillo mas cercano vienen ruidos de pelea.

Jon sube a duras penas al anden, sintiendose completamente expuesto mientras asciende. Tiene que apoyar ambas manos para conseguirlo. Despues se interna por el pasillo. Un pie delante de otro, las rodillas ligeramente flexionadas, la pistola apuntando delante de el. A su espalda escucha dos disparos, pero sigue adelante igualmente.

La prioridad es mi hijo, Jon. Oigas lo que oigas, no vengas a ayudarme. Sigue adelante. Encuentrale.

Eso piensa hacer.

Al fondo esta la oficina, de la que proceden los ruidos. Cuando se asoma a la puerta puede ver a un hombre, de espaldas, a horcajadas sobre una mujer semidesnuda a la que esta ahogando con sus propias manos. Las piernas de ella se agitan bajo su cuerpo.

—¡Alto, policia! —dice Jon, con la pistola, apuntando directamente entre los omoplatos del hombre—. Las manos sobre la cabeza, ahora.

El hombre tarda un instante en detenerse. Incluso de espaldas, Jon es capaz de percibir su asombro. No esperaba que le interrumpieran, no en ese momento.

—Las manos sobre la cabeza —insiste Jon—. No me haga repetirselo, Fajardo. Esto se ha acabado, joder.

Fajardo se vuelve —su rostro se recorta contra el resplandor de otra lampara de gas—. Tras el, Jon puede ver al hijo de Antonia, con los ojos muy abiertos.

Esta vivo. Esta vivo. Hemos llegado a tiempo.

Sin dejar de apuntar a Fajardo, Jon se lleva la mano al cinturon y saca las esposas. Coloca una en torno a una de las munecas de Fajardo. No llega a colocar la segunda. Tampoco llega a escuchar el sonido de los pulmones de Carla Ortiz, volviendo a llenarse de aire. Ni alcanza a oir los dos disparos que le derriban. Solo siente el dolor, antes de que el suelo se alce en su busca.

Carla

Carla

El hombre del cuchillo se aparta de encima de ella, y Carla se escurre, gatea hasta el nino. Sus pensamientos estan sorprendentemente vacios, sus recuerdos han desaparecido. Tambien el miedo y el dolor. Nada importa, salvo terminar de liberarle de ese trozo de cinta americana que ha dejado a medio cortar. La baldosa esta en el suelo. La recoge, con dedos muy debiles, y sigue cortando. Apenas arana la superficie plastica, ni hablemos de cortar las fibras de tela que hay entre la capa plateada y la que contiene el adhesivo. Sus manos son las de una muneca de trapo, su cerebro de serrin. Intenta aspirar mas aire, intenta concentrarse por encima del mareo, de la vision borrosa, en los cuatro centimetros de cinta que faltan por romper. La baldosa es inutil en sus manos flacidas —la derecha no responde ya, la izquierda nunca sirvio de gran cosa—, asi que se inclina sobre la muneca del nino y emplea los dientes, los caninos que una vez insistio a su dentista en que no debia quitarle, a pesar de que eso le ahorraria meses de ortodoncia. Pero ella queria tener todas sus piezas.

Carla muerde, clava, roe. Uno de los caninos se parte, de forma longitudinal, cuando ella tira de la cinta. El dolor la alcanza al mismo tiempo que, con un rasgueo, la cinta se rompe

—Corre —le dice Carla al nino—. Corre y no mires atras.

El pequeno se levanta, pasa junto al hombre del cuchillo —que esta inclinado sobre el policia, estrangulandole como antes le habia estrangulado a ella—, atraviesa la puerta y se desvanece en la oscuridad del pasillo.

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