En Las Moleculas De Azufre De

en las moleculas de azufre de la cebolla que reaccionan con la humedad de tus ojos produciendo acido sulfurico.

—Que putada —dice el inspector. Y lo dice en serio. Sin darse cuenta, porque es un trozo de pan, y porque cuando se le enternece el corazon no piensa mucho, pone su enorme manaza en el antebrazo de Antonia y le da un apreton.

Jon no es muy fan de los videos de gatos, pero hay una variedad que le hace mucha gracia: esos en los que sus malnacidos duenos ponen un pepino detras del animal, de forma que, cuando el felino se gira, pega un salto de medio metro, con todo el cuerpo en tension. Su instinto lo ha confundido con una serpiente.

La reaccion es bastante parecida a la que tiene Antonia cuando Jon le pone la mano en el brazo. El taburete cae al suelo, con un gran estrepito. La media docena de personas que hay en la cafeteria se giran en direccion al espectaculo.

—Lo siento —intenta disculparse Jon. Se agacha a recoger el taburete al mismo tiempo que Antonia, y los dos se dan un cabezazo.

Idiota, idiota, idiota. Mira que te han dicho que no la toques nunca.

—No me toques nunca —dice Antonia, sujetandose la frente, alli donde se ha golpeado—. Madre mia, eres macizo, siento que me he dado con una pared.

—Cada uno usamos la cabeza para una cosa. La mia vale para allanar puertas.

—Y que lo digas.

Fidel aparece con unos cuantos cubitos de hielo envueltos en una servilleta. Solo para ella, claro. A Jon tambien le duele, pero le da vergüenza pedir mas y lo deja pasar.

El incidente no parece haberle quitado el hambre. Sujetando el hielo con una mano contra la frente se termina el sandwich con la otra. Y las patatas fritas de bolsa que les han puesto de acompanamiento. Y se pide otra Coca-Cola.

Tacticas de dilacion. Esta esperando a que hable yo, piensa Jon. Pero al juego de quien es mas cabezon es muy dificil ganar a uno de Bilbao.

Asi que se queda callado, acabando su propio y grasiento sandwich con bocaditos pequenos y educados.

—Vale, ¿que es lo que quieres? —dice Antonia, cuando se cansa de esperar a que el otro empiece.

—Pues, chica, sinceramente, volverme a mi casa con mi madre, que esta insoportable mandandome WhatsApps para ver cuando regreso, que me necesita para mover la comoda. Cada vez que veo en su estado Escribiendo… se que en media hora mas o menos voy a tener lio.

—¿Esta enferma, o algo?

—Solo de apego. Quiere que la lleve al bingo Arizona. A ella sola le da vergüenza cantar las lineas.

—Teniendo en cuenta que yo no voy a continuar, enseguida dejara de echarte de menos.

Jon asiente, con una sonrisa agotada.

—Tu amigo el conspirador ya me ha liberado —dice, y es verdad. Mentor le ha dicho que ya no esta obligado a quedarse. Claro, que tambien le ha contado otra cosa. Una que lo cambia todo.

Antonia le mira, suspicaz.

—Entonces ¿a que has venido? ¿A despedirte?

—No. He venido a saber que es lo que quieres tu.

—Ya te lo he dicho. Quedarme aqui con mi marido. Y antes de que digas nada —advierte, viendo venir la pregunta en los ojos de Jon—, te aviso de que no es un tema del que me guste hablar.

—Lo entiendo. ¿Y que pasa con Alvaro Trueba?

Ella se lo piensa durante lo que parece una semana y media, mas o menos. Luego se lleva el vaso a la boca para acallar su conciencia. Claro que es de Coca-Cola Light, asi que no queda como en las peliculas.

—No es mi problema. El chico esta muerto, y nada va a cambiar eso.

—Y el que lo hizo esta suelto por ahi.

—Puede que nunca volvamos a saber de el.

Jon sorbe fuerte por la nariz y mira para otro lado.

—Ya, bueno, ahora que lo dices…

Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca la foto. La pone sobre la barra. Rubia tenida, ojos marrones y grandes, pomulos marcados. Mas cerca de los treinta que de los cuarenta. Un aspecto corriente, como cualquier universitaria que este empezando su vida laboral y haya comenzado a prosperar. No mira a la camara, y en su sonrisa hay una timidez escueta. Tambien un cierto calor humano, aun mas escueto.

Antonia cree haberla visto en alguna parte. De pronto recuerda. Una revista de papel cuche que encontro tirada en uno de sus vagabundeos por el hospital. Una mujer, montada a caballo, con pantalones claros y cara de concentracion.

—¿Es quien yo creo?

—Carla Ortiz —confirma Jon en voz baja, tras asegurarse de que el camarero esta al otro extremo de la barra, enfrascado en el futbol que estan emitiendo por television—. La heredera del hombre mas rico del mundo.

Antonia parpadea varias veces, mientras asimila la informacion. Luego deja escapar un suspiro cansado, con el que quiere alejar de si lo inevitable, sin conseguirlo.

—¿La han…? ¿La han encontrado?

—No. Sabemos que ha desaparecido, junto a su chofer y a su yegua favorita. Ayer por la tarde salio de La Coruna en coche, destino a Madrid, pero nunca llego.

—Podria haber tenido un accidente.

—El padre recibio una llamada del secuestrador esta manana temprano.

Detras de los ojos de Antonia se mueve maquinaria de gran tonelaje. Jon ya lo ha visto antes. La deja hacer.

—Podria ser nuestro hombre.

No «el mismo hombre», piensa Jon. Ha dicho «nuestro hombre». El que nos ha tocado en perra suerte. Con lo bien que estaria yo camino de vuelta a Bilbao, me cago en todo lo que se menea.

No necesita ya hacer la pregunta, pero la hace de todos modos.

Y Antonia Scott responde lo unico que puede responder.

SEGUNDA PARTE. CARLA

SEGUNDA PARTE

CARLA

Mentiras que ganan juicios

tan sumarios que envilecen

el cristal de los acuarios

de los peces de ciudad.

JOAQUIN SABINA / PANCHO VARONA

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