Derte Una Llamada Importante Mientras Estas Vola

derte una llamada importante mientras estas volando —habia dicho Carla.

Teniendo en cuenta que solo un punado de personas tienen ese numero, Ramon sabe siempre que, si suena, es importante. Por eso aparta, a su pesar, la vista de la ventanilla.

Es una llamada de FaceTime de audio. La foto de Carla le saluda desde la pantalla. Raro en ella, que no suele despertarse temprano, y menos aun llamar a esas horas.

Descuelga.

—¿Que haces con el ojo abierto?

La voz que le contesta no es la de Carla.

—Buenos dias, senor Ortiz.

—¿Quien es? ¿Como tiene este numero?

Una voz, grave, seca, le explica con todo lujo de detalles por que tiene ese numero de telefono y por que llama desde el FaceTime de su hija.

—Oiga, como le haga usted dano…

—Ya le he hecho dano, senor Ortiz. Y le hare mas. Y usted no podra impedirlo. Y ahora callese —le interrumpe.

Y Ramon Ortiz escucha. Y cuando el sol sale y le da de lleno en la cara, no presta atencion, porque en su interior esta creciendo la oscuridad. Y cuando el hombre que tiene a su hija interrumpe la comunicacion, Ramon Ortiz se queda, por primera vez en su vida, sin saber que hacer.

—Cinco dias —es lo ultimo que le ha dicho.

Cinco dias.

Durante unos largos minutos, Ramon Ortiz se devana los sesos. Ni siquiera es consciente, tal es su estado de nervios, de que han aterrizado y de que el piloto le indica que ya puede bajar del avion.

Ramon toma una decision. Busca en su agenda de contactos un numero de telefono. Uno que, como el suyo, esta al alcance de muy poca gente.

Un numero de telefono que nunca creyo que tendria que usar.

16. Una cama de hospital

16

Una cama de hospital

La abuela Scott esta decepcionada.

A Antonia le da igual.

—Estoy decepcionada, nina —dice la abuela Scott.

—Me da igual —responde Antonia, sin dejar de rascar con la lima.

Esta en la habitacion 134 del Hospital de la Moncloa. El iPad esta sobre la mesa, y Antonia intenta arreglarse las unas como buenamente puede. Las elecciones de iluminacion en la 134 son dos: penumbra decimononica o pupilas abrasadas. Por suerte, Antonia cuenta con sus propios medios. Se ha traido un flexo de casa. De hecho, se ha traido muchas mas cosas. Casi toda su ropa, para empezar. Una comoda, una plancha, una cafetera Nespresso y una cantidad indeterminada de productos de belleza e higiene que ocupan casi todo el suelo del cuarto de bano. Entrar en el es una version del juego del Buscaminas, salvo que con cremas para la celulitis y mascarillas para el pelo.

Tampoco es que Marcos vaya a usar el bano en un futuro proximo.

—Necesitas salir de ahi.

—Dijimos una noche.

—No llevo la cuenta de lo que dijimos —miente la abuela Scott—. Pero sabes que seguir encerrandote en ti misma no te hace ningun bien.

La parte buena de comunicarte con alguien a traves de una videollamada mientras te haces las unas es que puedes esconder los ojos sin que la otra persona pueda hacer nada al respecto.

—Estoy bien.

Su mantra desde que era una nina. Para alguien como ella, que percibia todo a su alrededor (la frialdad de su padre, la enfermedad que su madre le oculto hasta que solo pudo llorarla, la incomodidad de todos los que se encontraban ante aquella nina rara y menuda), es ironico lo poco que se ha esforzado siempre en transmitir nada.

Claro que estaba hablando con la abuela Scott. Y a la abuela pocas cosas se le escapan. Es tan perceptiva que es capaz de deducir que el hecho de que su nieta viva practicamente en la habitacion de hospital de su marido comatoso; que no tenga medios de ganarse la vida; que apenas hable con nadie que no sea ella es lo contrario de estar bien. Se ha dado cuenta ella sola, sin ayuda de nadie.

La sabiduria de los ancianos.

—Mirame a la cara cuando te hablo, nina.

—Tengo las unas hechas un desastre —dice Antonia, que esta a dos pasadas de empezar a limar el hueso.

Durante un momento dulce y efimero Antonia cree que la abuela va a dejar el tema. Error. La pausa se debe a que esta dandole un sorbo a su te Darjeeling (con tres terrones) y engullendo una pasta de mantequilla. Es diabetica, pero vive segun sus propias normas.

—Ya ha pasado suficiente tiempo. He estado aguantando tus excusas, tu autocompasion, tus lagrimas. Ya no mas. Tienes un trabajo en el que eres muy buena, un trabajo en el que puedes cambiar las cosas. Un trabajo en el que no te aburres.

Si las cosas fueran tan faciles.

La abuela tiene razon en algo. Lo que Antonia hace —lo que hacia— es algo que nunca creyo posible. Para ella los desafios se quedaban siempre cortos, como descubrio de adolescente. Cualquier disciplina del conocimiento que abordaba se le volvia de un gris plomizo a las pocas semanas. A diferencia de otros superdotados, que casi siempre optaban por el campo de la fisica o de las matematicas, donde el raciocinio puro les ofrecia recompensas intelectuales, a Antonia no le gustaban los numeros. No era que no se le dieran bien. Podia calcular una raiz cuadrada de nueve digitos sin usar lapiz ni papel, en pocos segundos. Pero a disgusto.

Hay muchas personas que, a esa edad complicada en la que el cuerpo cambia y el mundo se hace inmensamente grande, piensan que jamas podran ser amadas. Antonia tambien entraba en esa categoria, por supuesto. Ademas de eso, ella creia que jamas podria encontrar nada que le interesara realmente, que le obligara a poner todo su cerebro y sus sentidos al servicio de una tarea.

Lo primero quedo invalidado cuando conocio a Marcos.

Lo segundo, cuando conocio a Mentor.

Con ambos habia conocido el amor, un amor distinto. El primero le habia dado amor, el segundo le habia dado algo que amar. Por supuesto, donde hay amor hay ingentes, interminables, cantidades de sufrimiento.

El que causas, el que te causan.

—Abuela —dice Antonia, dejando a un lado por fin la lima y el quitaesmalte—. Lo he intentado, te lo prometo. Pero es muy duro. Te quema por dentro.

—Antes podias.

—Antes era antes y ahora es ahora.

—Cuando ocurrio lo de Marcos…

—No ocurrio sin mas, abuela.

—Ocurrio —dice la abuela Scott, incorporandose y meneando el dedo frente a la pantalla. El dedo acusador, inflexible de la abuela. Claro que no sabe bien donde mirar y el dedo acaba apuntando en otra direccion, asi que el efecto se pierde un poco—. No fuiste tu quien disparo.

—Sigo siendo la responsable.

—No, no lo eres. Entiendo que cuando paso lo de Marcos, te quedaste tocada. Pero tienes que seguir adelante. ¿No quieres volver? Me parece bien. Buscate otro trabajo.

Antonia no se ve poniendo cafes en un bar ni ejerciendo su brillante titulo de Filologia —que obtuvo unicamente para quitarse de encima a su padre— como profesora de Lengua en un instituto.

Lo cual nos deja con un bonito dilema.

Disyuntiva, conflicto, alternativa, duda, argumento cornuto, callejon sin salida. Para algo si que sirve la licenciatura en Filologia. Acabas conociendo un monton de sinonimos para definir una situacion de mierda.

—Abuela… —empieza a decir Antonia.

Y luego se calla, porque, en realidad, no tiene gran cosa que decir. Porque por inane que se le antoje la vida, tiene que vivirla. Ojala supiera como.

—Ya ha pasado suficiente tiempo. Deja de esconderte —termina la abuela.

Corta la comunicacion, y de la pantalla del iPad desaparece su rostro, dejando solo el de Antonia, confuso y desorientado. Justo lo ultimo que Antonia desea ver ahora.

Apaga la tablet. En los ultimos tres anos no ha tenido muy buena relacion con su rostro. Nunca se mira en un espejo despues de anochecer, si puede evitarlo.

Ya ha pasado suficiente tiempo.

Antonia contempla al hombre tendido en la cama. La cara, antes de rasgos tan afilados que te podias cortar solo mirandolos, es ahora una mascara de cera, palida y sin vida. El pelo, negro, grueso y largo en otro tiempo, esta ahora lacio, tan fino que podria partirse con un soplo de aire. Los labios, los labios que con solo rozarla le hacian kilig (una palabra en tagalo que significa «cuando sientes mariposas en el estomago por la felicidad») estan secos y agrietados. Sus musculos, duros y fibrosos, ya no son sino un mero testimonio, un recordatorio doloroso de lo que ya no es.

Antonia le coge la mano, y encuentra consuelo.

Las manos no han cambiado. Ya no manejan el cincel, ya no le apartan de la cara el flequillo rebelde, ya no se ahuecan sobre sus pechos, ya no le arropan por la noche cuando se destapa, pero siguen siendo sus manos. Dedos nudosos, palmas cuadradas. Manos de hombre, manos de escultor.

De el, del Marcos que ella ama y anora tanto, solo quedan esas manos y un corazon fuerte. Un corazon que sigue latiendo 76 veces por minuto. A veces ella se queda mirando el electrocardiograma, con su molesto y constante bip, bip, bip, hasta que el agotamiento vence y se queda dormida en el sofa de cortesia que ha sido su unica cama en las ultimas mil ciento dieciseis noches. Luego, durante el dia, vuelve a su piso, que ha vaciado completamente de todo lo que le recuerde a su marido, para estar sola y ejecutar su ritual. El ritual que la mantiene cuerda. Los tres minutos al dia, los unicos tres minutos, en los que se permite pensar en abandonarlo todo, el sufrimiento y la culpa y la carcel de su privilegiada mente.

Antonia Scott solo se permite pensar en el suicidio tres minutos al dia. Tras haber pasado en vela la noche anterior, no tiene fuerzas, ni ganas de volver al piso y regresar para dormir con Marcos, asi que se dispone a conseguir su miserable cuota de paz alli mismo.

Se quita los zapatos.

Adopta la posicion del loto en el suelo.

Cierra los ojos.

Vacia los pulmones.

Llaman a la puerta.

17. Un sándwich mixto

17

Un sandwich mixto

—No tienes buen aspecto.

El inspector Gutierrez esta en la puerta de la habitacion, con una sonrisa y un cafe de maquina en la mano. Su elegante traje italiano de lana fria esta tan arrugado que parece que no haya acabado de salir de la oveja. Lleva los pelos de la coronilla levantados. Tiene aspecto de haber dormido en el coche, porque ha dormido en el coche.

—¿Como me has encontrado? —dice Antonia.

—Puede que no sea el hombre mas inteligente del mundo, pero sigo siendo policia.

—Solo quiero estar sola.

—Y yo solo quiero hablar contigo.

—No puedes entrar.

—No lo pretendia. Odio los hospitales.

—A nadie le gustan los hospitales.

Antonia le cierra la puerta en las narices.

Jon esta tentado de volver a llamar, pero tiene el suficiente buen juicio para sentarse a esperar en un banco junto a la fuente de agua. Mata el rato leyendo un cartel escrito en elegante Comic Sans que avisa de que las infecciones contraidas en el hospital son la tercera causa de muerte en Espana y anima a usar el bote de gel antiseptico clavado en la pared. Jon aprieta el embolo del dispensador que esta, faltaria mas, vacio.

Antonia sale al cabo de unos minutos. Se ha puesto los zapatos y se ha colgado al hombro su bolsa bandolera.

—Vamos a la cafeteria.

Jon la sigue al piso de abajo, en silencio. Un policia tiene sus trucos. Uno de los mas utiles es dejar que hablen otros cuando tu media de sueno en las ultimas noches es de tres horas y cuarto.

Antonia se sienta a la barra. El camarero la saluda con una sonrisa deslavazada que reserva para los habituales y le sirve, sin preguntarle, una Coca-Cola Light de lata y un vaso con un hielo anemico y solitario.

—Y, ¿para usted? —le pregunta a Jon.

—Yo lo mismo, pero en un vaso limpio, por favor.

El camarero le dedica una mirada asesina y elige con sumo cuidado el vaso que ha salido mas turbio del lavavajillas.

—Ponnos dos mixtos con huevo, Fidel.

—¿Comes siempre aqui? —le pregunta Jon.

—La cena, siempre. Suelo comer en casa.

El inspector recuerda los tupers resecos de la entrada con una mueca de disgusto. Cuando el sandwich mixto llega, Jon comprueba que en el hospital se apegan a la tradicion. La plancha debe llevar sin limpiar desde que la compraron.

—Unas verduras te vendrian bien.

Por toda respuesta, Antonia se da un sarcastico paseo con la mirada por los ciento y pico kilos de policia que estan haciendo crujir el taburete. Le lleva un rato.

—Yo no estoy gordo, lo que estoy es fuerte. Aunque te voy a confesar una cosa —dice, bajando la voz, como si fuera a hacerle participe de un gran secreto—. Me gusta comer.

—A mi tanto me da. Tengo anosmia.

Jon eleva una ceja, pidiendo desarrollo.

—Significa que no puedo oler nada.

—¿Nada de nada? ¿Como cuando estas acatarrado?

—Es de nacimiento. Solo puedo percibir los sabores muy fuertes, como el dulce y el salado. El resto me sabe casi todo a carton.

—¿Y si cortas cebollas? ¿No lloras?

—Lloro como todo el mundo. No tiene nada que ver con el olor, es que se te met

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