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Carla

Carla

De nuevo intenta dormir. Pero cada vez se encuentra mas debil y mas agotada. Tiene un sueno, un sueno en el que la oscuridad se desvanece, sustituida por una enorme pared de luz, blanca y hermosa, que lo llena todo.

Entonces escucha fuera el ruido y las voces.

Voces de hombres adultos que gritan: «¡Policia!».

Que gritan su nombre.

Sabia que vendrian. Sabia que era cuestion de horas. Quizas de minutos. Y ya estan aqui. Por fin la han encontrado.

El corazon le brinca en el pecho, intenta incorporarse, olvidandose de la altura del techo, se golpea en la cabeza, provocandose una herida que sangra profusamente, pero la ignora. Ni siquiera siente el dolor. Logra gatear hasta la puerta de metal, da golpes, intenta gritar a traves del respiradero.

—¡Aqui! ¡Aqui! ¡Estoy aqui!

29. Una palabra aborigen

29

Una palabra aborigen

Antonia se detiene.

El mundo tambien.

—¿Como ha dicho?

—Era una mujer —repite Tomas—. Ahora que lo pienso es raro que una mujer haga servicios tan tarde, o tan temprano, como yo digo siempre, uno nunca…

Antonia ya no escucha nada mas.

Murr-ma.

Una expresion en wagiman, un idioma aborigen australiano que solo hablan ya diez personas en todo el mundo, que indica lo que han estado haciendo hasta ahora.

Murr-ma.

Caminar dentro del agua buscando algo con los pies.

Lo cual es muy dificil, ya que tus otros sentidos se empenan en colaborar, cuando solo entorpecen.

—¿Oiga?

Antonia cuelga. Necesita las dos manos.

Amplia al maximo una de las fotos del accidente.

Es un Megane amarillo.

La matricula no se distingue bien. Antonia hace captura de la foto, la transfiere a la app de Photoshop Express, aplica el filtro de enfoque.

Entonces aparece.

9344 FSY

Murr-ma. Una busqueda a ciegas. Pero cuando rozas algo con el dedo gordo —y no antes—, puedes zambullirte a por ello. Juntas las piezas del puzzle, haces la suma.

En decimas de segundo Antonia pone frente a si todos los elementos de los que dispone.

– La hija de Fajardo se mato en un accidente de coche en la M-30.

– Su matricula resurge dos anos despues en el taxi que usa Ezequiel para dejar el cadaver de Alvaro Trueba.

– El taxi aparece quemado y empapado en desinfectante en un descampado a un kilometro de una comisaria.

– Una llamada anonima avisa de su localizacion.

– El hombre que nunca ha dejado ninguna huella, deja dos:

a) una en el zapato de Carla Ortiz,

b) otra en el volante.

– El volante que Ezequiel no toco. Porque la que conducia era una mujer.

La conclusion llega, nitida, un instante despues.

Antonia agarra la manga de la chaqueta de Jon, tirando de el para que se levante.

—¿Que pasa? —dice Jon, regresando de donde fuera que estuviera.

—Tenemos que avisarles. Tenemos que avisarles YA.

—¿Avisarles de que?

—¿Donde estan, Jon?

No lo saben.

Antonia marca el numero de Parra.

Un tono.

Dos tonos.

Buzon de voz. «Ha llamado al…»

Antonia no deja el mensaje. Lo grita.

—Parra, escucheme. No entre, repito, no entre. ¡Es una trampa!

Parra

Parra

Han tomado posiciones frente a la puerta del piso. La entrada esta en la planta inferior al portal, bajando un nivel. Es el unico semisotano del edificio.

Los hombres de la Unidad de Secuestros y Extorsiones ocupan el rellano y la escalera, armados con subfusiles MP-5. Las ventanas del semisotano dan a la calle San Canuto, pero estan enrejadas y son pequenas. Nadie puede salir por ahi. Por si acaso, han dejado a Sixto en la furgoneta, junto al periodista.

Hara falta alguien que cuente el heroico rescate. Y el tipo se ha ganado la exclusiva.

Esto esta hecho, piensa Parra, tras repasar mentalmente el plan. Su principal angustia es que Fajardo haga dano a la rehen cuando se sienta acorralado, pero para eso esta aqui Ocana, el pico de oro. Capaz de venderle arena a los beduinos.

Tambien le preocupa que al tipo le de por disparar. Es un policia, al fin y al cabo, aunque haya perdido la cabeza. Parra no piensa subestimarlo, y ha venido preparado. Todos ellos van armados con subfusiles MP-5 y protegidos con chalecos antibalas. Cleo, que es la que va en cabeza, lleva un escudo balistico detras del que se pueden parapetar si las cosas vienen mal dadas. Un metro de acero y kevlar, impenetrable.

Algo le vibra a Parra en la pierna. Se da cuenta de que no ha apagado el movil. Un olvido que no perdonaria en ninguno de sus hombres. Aprieta el boton de colgar a traves de la tela del pantalon —confiando en que no se den cuenta— hasta que el telefono se apaga.

Vamos, que nos vamos.

Va a dar la orden, pero falta un detalle importante. Se hurga en el cuello para sacar, a tirones, la cadena. De ella cuelga una medalla. Un angel extiende sus alas sobre una nina que va a adentrarse en el bosque. Es el Custodio, el santo patron de los policias. Le da un beso. No siente pudor alguno al hacerlo. Pozuelo, que esta a su lado, se santigua. Y eso que es millenial y la unica referencia que tiene de Dios es el Morgan Freeman de aquella pelicula. El movimiento se contagia por la fila.

Ahora si.

El capitan le hace un gesto a Sanjuan, que esta manejando el ariete. Catorce kilos de una mezcla densa de plomo y hierro, que incluso en manos de un tirillas como Sanjuan son capaces de echar abajo una puerta de un golpe.

¡BLAM!

Bueno, tal vez dos.

¡BLAM!

Al segundo embate, la cerradura se parte y Cleo entra la primera, escudo en alto, gritando a pleno pulmon.

—¡Policia! ¡Salgan con las manos en alto! ¡Venimos a por Carla Ortiz!

Los demas le siguen, en tromba.

Hay un salon, lleno de suciedad, nada mas entrar. Los muebles estan apilados contra la pared. Sofa, mesas. En el suelo hay resto de papeles, hierros y cables. Las luces del techo estan encendidas, aunque solo uno de los halogenos funciona.

—Capitan —dice Cleo, dandole con el pie a algo que hay en el suelo.

Es un zapato de mujer. La pareja del izquierdo que han encontrado en el descampado de Hortaleza.

Parra le hace a Cleo un gesto para que avance hacia el pasillo oscuro que hay al fondo. El resto la sigue, en fila de a dos. Cubren los unos las espaldas de los otros. Como debe ser.

La policia entra en el pasillo, escudo en mano.

El bidon del pasillo, astutamente camuflado dentro de la comoda, es el primero. Contiene cuarenta litros de una mezcla de hipoclorito de sodio, acido clorhidrico y acetona. Lejia, limpiador de tuberias y quitaesmalte. En la proporcion correcta, estos tres elementos solo necesitan un empujoncito. La senal, transmitida por internet a traves de una tarjeta SIM, activa el detonador electrico, que a su vez hace explotar un cartucho de plastico relleno con polvora —de la que puedes encontrar en cualquier petardo—, pero mezclada con magnesio —que puedes encontrar en cualquier bengala de Navidad— para desencadenar correctamente la explosion.

La bomba que ha preparado Fajardo no es como la dinamita o el explosivo plastico. Los gases que genera una explosion de estos elementos pueden expandirse a mas de diez mil metros por segundo. La bomba de cloro se fabrica con ingredientes que valen menos de treinta euros en cualquier Leroy Merlin, pero tiene que conformarse con una velocidad de detonacion de unos humildes cuatro mil quinientos metros por segundo. Son suficientes, no obstante, para convertir el aire que desplazan en fuego, aunque este va por detras de la onda expansiva, siguiendola como una cola a su perro.

La onda expansiva, sin mas salida en el minusculo pasillo que la direccion en la que se encuentran los policias, golpea primero a Cleo. Empuja el borde de acero del escudo balistico contra su cara, hundiendole el pomulo y una ceja, partiendole la nariz y arrojandola al suelo como quien sopla una carta. Sanjuan, que iba a su lado, no tiene tanta suerte. Su cuerpo se alza en el aire mas de un metro, su cabeza se estrella contra el techo, su espalda se parte contra la jamba de la puerta del pasillo. La presion del aire es tan fuerte que compite con la gravedad y con la corriente secundaria de conveccion por el cuerpo del cabo Sanjuan. Las tres fuerzas se encargan de romper su clavicula, separar entre si las vertebras del cuello y partir su brazo izquierdo en dos a la altura del codo como si fuera una rama seca, puesto que los tendones no estan disenados para soportar semejante esfuerzo.

Junto al oxigeno ardiendo llega la metralla.

Fajardo ha pegado una capa gruesa de tornillos en el interior del bidon. De acero zincado y cabeza de mariposa, de forma que a esa distancia tan corta, la aerodinamica del tornillo haga que todavia este girando cuando alcance los cuerpos que encuentre en su camino. Cleo, que aun esta viajando hacia el suelo arrojada por la explosion —contar esto lleva tiempo—, se salva de la mayor parte de la metralla, que impacta en el escudo. Uno de los tornillos le atraviesa la tela del pantalon tactico y la piel suave de la pantorrilla y acaba alojado en el interior del femur, dejando atras una herida de entrada del tamano de una moneda de cincuenta centimos. Otro pasa rozando el dedo indice de su mano derecha y se limita, caprichoso, a saltarle un poco el esmalte de la una izquierda. Un tercero se hunde en la cuenca del ojo izquierdo, reventando el globo ocular, aunque por suerte una de las aletas de la mariposa se atasca en la apofisis frontal antes de alcanzar el cerebro.

Sanjuan acaba destrozado. A esa velocidad, ni chaleco antibalas ni la madre que lo hizo. Sus organos internos son mermelada antes de tocar el suelo.

Los que aun no habian entrado en el pasillo son arrojados al suelo por la onda expansiva, aunque el escudo de Cleo desvia parte de la fuerza de la explosion. Y mucha de la metralla que, tras rebotar en el acero, se incrusta, inofensiva, en el techo.

Los seis hombres que quedan en el salon no llegan a escuchar la segunda bomba.

La primera era un unico bidon de cuarenta litros.

Debajo de los sofas y los muebles apilados a un lado del salon hay otros doscientos. Claro que es un espacio mas grande.

Los hombres siguen aun levantandose, en distintos estados de aturdimiento, cuando el temporizador —puesto en marcha tras la primera explosion— hace estallar la segunda bomba. Eso hace que los cuerpos ofrezcan mucha menos resistencia a la onda expansiva y a los materiales que manda la explosion hacia ellos.

En esta segunda bomba, Fajardo no ha puesto metralla, pero no hace falta. La mesita baja de cafe es propulsada a cuatro mil metros por segundo contra la cabeza de Cervera —que es decapitado en el acto por el borde de melamina—, antes de girar sobre si misma y golpear el costado de Pozuelo como una pala golpearia una pelota de ping pong. El costillar del novato se hunde como si estuviera hecho de azucar, y los huesos le laceran el pulmon. El sofa, partido en tres pedazos por la fuerza de la explosion, vuela por todo el salon, en distintas direcciones. El trozo mas grande, el lugar donde Fajardo se sentaba a ver la tele junto a su hija, vuela derecho a Giraldez, que ya se habia incorporado, y le alcanza en la espalda, partiendole la columna vertebral mientras arrastra su cuerpo contra la pared contraria, donde acaba aplastado, con el craneo roto.

La lampara de pie Hektar, comprada en Ikea un sabado, sale disparada hacia delante. La pesada base de hierro, girando sin control, alcanza a Ocana en la pierna derecha cuando se apoyaba en ella para levantarse. No solo se la parte a la altura de la rodilla, se la arranca, dejando el hueso al descubierto, de un blanco perfecto, donde antes habia carne, piel, y una pierna que llegaba hasta el suelo.

A Parra le va mas o menos bien. El cuerpo de Cervera le ha protegido de la primera explosion y el de Pozuelo de la segunda. Tiene astillas clavadas en el cuello, una de ellas especialmente larga, que ha atravesado la piel hundiendose en la carne y saliendo por el otro lado, pero vivira.

Al menos un rato.

El capitan grita. De dolor, de panico, de furia. No puede oir sus propios gritos pues tiene los timpanos destrozados. Tampoco los de sus hombres. Ve a Ocana agarrandose la pierna —ahora un cincuenta por ciento mas corta— con incredulidad, y va hacia el para intentar ayudarle. Cleo tambien chilla, se acuerda de todos los santos del santoral y no para de maldecir, pero Parra tampoco puede oirla. Los demas estan mas o menos callados, Sanjuan porque no tiene pulmones, Cervera porque no tiene cabeza, y el resto porque esta inconsciente.

El problema de las bombas de cloro es que no es solo la explosion lo que te mata. Tambien el gas de color amarillo anaranjado y extremadamente venenoso que viene despues, producido por la combustion.

El gas, espeso, alcanza primero a Cleo. Intenta contener la respiracion, pero el panico la alcanza y no puede evitar tragar. Es como absorber fuego liquido, que baja por su traquea y se asienta en los pulmones, incendiando su interior.

Parra, de espaldas a ella y completamente sordo, no ve ahogarse a su companera, no la ve quedarse sin aire, luchando por respirar, intentando salir del pasillo lleno de humo, no ve como logra darse la vuelta a pesar de estar herida, no ve como se engancha a la puerta con los dedos, intentando sacar la cara del humo, intentando respirar. No ve como sus dedos se agitan, se crispan, hasta perder la fuerza.

No ve el humo que se dirige hacia el desde dos direcciones distintas, que estara con el dentro de un segundo, porque esta ocupado tratando de salvarle la vida a Ocana. Su mejor negociador, su pico de oro, que estara muerto en menos de un minuto por la perdida de sangre si no consigue hacerle un torniquete. Si consigue llegar a sacarse el cinturon.

Tampoco puede exigirsele mucho al capitan Parra, dadas las circunstancias. Su oido interno, hogar de los organos sensoriales que nos ayudan a mantener el equilibrio y la estabilidad,

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