Carla P Class

Carla

Carla

No viene nadie.

La puerta metalica sigue exactamente en el mismo sitio. La oscuridad sigue igual de densa, las paredes siguen rezumando humedad, y la garganta de Carla esta en carne viva.

Carla llora, sin lagrimas. Solo emite pequenos jadeos asperos, broncos, que se acaban convirtiendo en toses. Se deja caer al suelo. La herida de la cabeza, que sigue sangrando, encharca la cavidad entre la nariz y el lagrimal. Siente como su propia sangre le entra en los ojos, irritandolos, pero no es capaz de hacer nada al respecto.

Su estallido de esperanza y de energia se ha cobrado un precio muy caro, y ahora esta pagando la factura con intereses. Tiene el cuerpo tan agotado como el animo.

Decide dejarse morir. La muerte es una manera de escapar. Dejar que su cuerpo cese de respirar, detener el corazon, impedir el flujo de sangre al cerebro. Y despues, flotar. Dicen que cuando mueres, tu cuerpo se queda en tierra, como un ancla, mientras que tu alma se eleva. Como en los dibujos animados, como en aquella pelicula de moteros, cuando Mickey Rourke era guapo. Si todo el mundo lo dice, tiene que ser cierto.

Por un instante, Carla siente como sucede. Como su espiritu asciende, atraviesa las paredes, vuela por encima de los edificios, pero no al encuentro con Dios, sino al encuentro con su padre, que aguarda, en vela, esperando noticias de ella. Y ella le besara en la frente, y el notara su presencia, y despues continuara su ascenso, hasta el calor y la luz, hasta la inmensa campina verde, tendida ante un fugaz amanecer.

No muere, sin embargo.

La oscuridad continua.

—¿Lo has escuchado?

Sandra la llama, devolviendola a la realidad de su situacion —la peor situacion—. Pero Carla no responde. Contestar supone regresar, admitir que la luz se aleja, que sigue encadenada a ese trozo de carne que sufre y que sangra y que tiembla de miedo.

—¿Lo has escuchado, Carla? —repite Sandra.

Carla se rinde.

Necesita saber.

—¿Que es lo que ha pasado?

—Han intentado encontrarte. Pero han fallado. Y ahora estan todos muertos.

—Mi padre pagara —dice Carla—. Tiene que hacerlo.

—Quizas. Aun le queda tiempo.

Suena distinta, piensa Carla.

No hables mas con ella.

Te dije que no hablaras con ella.

—¿Tiempo? ¿Es que hay un limite?

—No te preocupes, yo voy a ayudarte —dice Sandra.

Carla, aun debil, confusa y mareada por la perdida de sangre, se incorpora un poco. Ahora comprende por que Sandra suena distinta. No le habla desde detras de la pared. Le esta hablando desde el otro lado del metal.

—¡Sandra! ¡Estas fuera! ¡Tienes que abrir la puerta, rapido!

—Ahora mismo —responde Sandra.

Carla oye como Sandra camina hacia la izquierda de la puerta. Oye un tiron, y como un mecanismo se mueve, tirando hacia arriba de la pesada plancha. La parte inferior de la puerta se levanta, un centimetro, luego cuatro, ocho.

Despues vuelve a caer, con un golpe metalico que retumba por toda su celda.

—Otra, vez, Sandra. Tu puedes hacerlo.

Sandra dice algo que Carla no comprende. Y luego entiende que no habla. Se esta riendo.

Una risa aguda y filosa, como la hoja de un cuchillo.

¿Por que se rie?

No.

No, no, no.

—Estas con Ezequiel —dice Carla, con el estomago encogido por el miedo.

Sandra aun continua riendose un poco mas, como si no pudiera controlar esa risa. La clase de risa que viene de un lugar muy lejano, y que puede conducirte a la locura.

—Ay, que cosas tienes, mujer. ¿Aun no lo has comprendido? Yo no estoy con Ezequiel. Yo soy Ezequiel.

Carla siente un puno de hielo hurgar en su interior, rascar sus tripas, atascarse en su esofago.

—¿Que es lo que quieres, Sandra?

—¿De ti? Nada. Que te quedes quieta y tranquila.

—¿Cuanto le has pedido a mi padre? Estoy segura de que…

—Carla Ortiz, siempre negociando. La princesa heredera. Esta vez no es cuestion de dinero.

—¿Que le has pedido entonces?

—Le he pedido que diga unas cuantas palabras en la television.

—No comprendo…

—Le he pedido que hable de vuestros talleres de Brasil. De Argentina. De Marruecos y de Turquia, y de Bangladesh.

Carla se revuelve, se acerca a la puerta, intenta asomarse por el respiradero.

—Puedo explicarte todos y cada uno de esos sitios, Sandra. No es como la prensa dice…

Sandra vuelve a reirse.

—Ahorrate el discurso, Carla. Seria mas creible si no tuviera las claves de tu ordenador. La de cosas que he encontrado dentro. ¿Es verdad que los dedos mas pequenos son mejores para quitar el hilvanado?

—Nosotros ayudamos mucho en esos paises. Esos ninos trabajan con el consentimiento de…

Tres golpes, en rapida sucesion, furiosos, la silencian. Tan cerca de la puerta, que la reverberacion le llena los oidos de clavos afilados.

—Callate, zorra. ¿Cuanto cuesta tu casa? ¿Cinco millones? ¿Cuanto cuesta tu coche? ¿Cuanto costo tu vestido para el Bal Des Debutantes? Veinte mil putos euros, zorra. El sueldo de mil ninos durante un mes, para que tu lucieras un trapo de Zuhair Murad durante unas horas…

La voz de Sandra se acelera, sus siguientes palabras se vuelven ininteligibles. Sigue hablando durante un rato, y riendose sola, aunque Carla no puede entender nada.

Quiere contestar, quiere hablarle de los matices, de las complicaciones del mercado internacional. De como esta malinterpretando todo.

Se limita a esperar, con los labios apretados.

Cualquier cosa antes de que vuelva a golpear otra vez.

—Perdona, perdona —dice Sandra, cuando logra recomponerse—. A veces me dejo llevar. Dicen que hay algo aqui arriba que no anda del todo bien, pero que cono sabran los psiquiatras, ¿verdad? Que cono sabra nadie. En un mundo cuerdo, serias tu la que estarias entre rejas. Asi que supongo que en realidad no estoy tan loca, ¿no?

Sandra se agacha, hasta pegar su rostro al respiradero, y baja la voz. Es una vieja amiga, contando un secreto al oido.

—Oye, me lo he pasado muy bien contigo. Me has dado mucho mas juego que el ninato que estuvo ahi antes. Puto mentiroso, no sabes como intento enganarme. Pero tu no, Carla. Tu has estado muy bien.

Sacando fuerzas de donde puede, Carla logra preguntar:

—¿Cuanto tiempo me queda?

—Algo menos de veintiseis horas. Pero no creo que debas preocuparte. Seguro que tu padre hace lo que le he pedido. Al fin y al cabo son sus pecados, no los tuyos. Y un padre haria cualquier cosa porque su hija no pague por sus pecados, ¿verdad?

Se marcha, pero su risa queda flotando en las paredes durante un rato mas, como una niebla densa y ponzonosa.

31. Una foto

31

Una foto

—No se puede salvar a todos —dice la abuela Scott.

Antonia la ha despertado —no son aun las cinco de la manana en la campina inglesa—, pero a la abuela no le importa. Ella esta hecha de un material especial. Un material que solo brilla, que solo revela su naturaleza, cuando le exiges algo. Saber esto sobre alguien confiere un gran poder que Antonia ejerce con gran responsabilidad. Por eso la abuela, cuando contesto a la videollamada al decimocuarto tono, con la cara aun adormilada, estaba sonriendo. Sabe que no llamaria si no fuera importante.

—Estaba ahi, todo el rato. Delante de mis ojos. Si hubieramos comprobado la matricula del Megane ayer por la noche…

Antonia no puede creer que solo hayan pasado veintiseis horas desde el momento en el que descubrieron que la matricula del taxi estaba doblada. Su error, su tremendo error, fue asumir que habia sido robada a alguien al azar.

Veintiseis horas. Una mas de las que le quedan ahora mismo a Carla Ortiz antes de que se cumpla el plazo de Ezequiel.

—No puedes echarte el peso del mundo sobre los hombros, nina.

Pero la abuela Scott sabe que lo hara. De la misma, inflexible manera, con que aguanta sobre ellos la culpa de lo que le paso a Marcos. Hay mucho espacio, aparentemente, sobre esos hombros para la culpa. La abuela lo achaca a su deficiente educacion catolica (y, aunque se ira a la tumba sin admitirlo, a la sangre espanola de su madre).

—Seis muertos, abuela. Solo porque no llegue a la conclusion correcta dieciseis minutos antes.

Normalmente la abuela Scott tiene una paciencia infinita con su nieta, pero a veces esa paciencia encuentra tropiezos.

—Deja de lloriquear. No eres tu la que puso esas bombas, ni eres tu la que tiene a una mujer secuestrada. ¿Como es esa palabra de los africanos que me dijiste una vez?

«Los africanos» a los que se refiere la abuela son los ga, una tribu que vive al sur de Ghana, con su propio idioma. Y la palabra a la que se refiere la abuela no es una, sino dos.

Faayalo zweegbe.

—Solo aquel que va en busca del agua puede romper el cantaro. Lo se, abuela. Pero cuentaselo a quien espera en la aldea muerto de sed.

Cuentaselo a Carla Ortiz, o a los hombres de Parra. Seis muertos, otro colgando entre la vida y la muerte. Y el propio capitan, pronostico reservado.

—Nina, deja de lamerte las heridas. Deja de lamentarte por lo que no has hecho. ¿Alguna vez te alegras por toda la gente a la que has ayudado? ¿Gente que ni siquiera sabe tu nombre? No, por todos los cielos. Solo te regodeas en aquellos a los que crees que has fallado, y corres a esa habitacion de hospital para seguir sintiendote mal. Lo cual hace muy dificil poder ayudarte. ¿Sabes que?, me vuelvo a la cama.

Cuelga.

En alguien como la abuela Scott, este signo de mala educacion es tan extrano que Antonia se queda desconcertada.

Sabe que tiene razon, pero asi es como funcionan las cosas. Solo importan aquellos a los que no has podido ayudar.

Tanto mas cuando aquellos a los que has fallado son los mas importantes.

El hombre tendido sobre la cama, por ejemplo. Perdido en el interior de su cabeza para siempre.

—Te echo tanto de menos —le dice Antonia.

Marcos no responde. Su ritmo cardiaco sigue inalterado, afirma el electrocardiograma.

Antonia desbloquea el iPad, y abre la aplicacion de Fotos. En la seccion Favoritos hay una unica imagen. Ella y Marcos, sosteniendo entre los dos un pastel de cumpleanos. Marcos mira al pastel, ella a la camara.

Como siempre, se contempla a si misma con desden, porque esa persona en la foto no es ella. Es una extrana ignorante, que no es capaz de prever lo que va suceder tan solo unas semanas despues.

Se duerme.

Suena.

Marcos esta en su pequeno estudio. El cincel arranca de la piedra arenisca sonidos secos, sincopados. Ella es dolorosamente consciente de lo que va a ocurrir, puesto que ha ocurrido mil veces. No esta en el salon, delante de un monton de papeles con pistas, con informes, con fotografias. Esta a su lado, mirando por encima del hombro la escultura en la que el trabaja. Es una mujer, sentada. Las manos reposan quietas sobre los muslos, la espalda esta inclinada hacia delante, en una postura agresiva que contrasta con la quietud de su rostro. Hay algo frente a la mujer que la impulsa a querer levantarse, pero sus piernas estan hundidas en la piedra, el cincel aun no ha logrado liberarlas. Nunca llegara a hacerlo.

Suena el timbre de la puerta. Antonia quiere detener a Marcos, decirle que siga trabajando, que continuen con sus vidas, pero su garganta esta tan seca como los trozos de informes que hay por todo el suelo del estudio. Se oye a si misma —a esa otra mujer, a esa tonta e ignorante mujer que sube el volumen de la musica en sus auriculares— gritar algo, y Marcos deja el martillo sobre la mesa junto a la escultura a medio terminar. El cincel se lo guarda en la bata blanca, y va a atender la llamada. Antonia, la Antonia real, la Antonia que sabe lo que va a ocurrir, quiere seguirle, y lo hace, pero despacio, muy despacio, de forma que no ve como abre la puerta, que no ve como el extrano de traje elegante y Marcos forcejean. Cuando alcanza el pasillo, Marcos y el extrano ya estan en el suelo. El cincel ya asoma de la clavicula del extrano, su sangre esta sobre la bata de Marcos, el extrano se retira, pero puede disparar dos veces. Una bala atraviesa a Antonia, la Antonia real, la Antonia que espera en el pasillo, y alcanza a esa mujer ignorante que esta en el salon, con los cascos puestos y la musica ya a todo volumen, sin apartar la vista de los papeles frente a ella. El tiro roza la esquina de madera de la cuna donde duerme Jorge, lo cual desvia la bala lo suficiente como para que, en lugar de entrar en el craneo de Antonia, entre por la espalda y salga por el hombro. Una trayectoria amable para un balazo. Sin graves consecuencias. Solo unos meses de recuperacion. Quizas volver a barnizar la cuna.

El otro disparo no es tan afortunado. El otro disparo alcanza a Marcos en el hueso frontal, del que los medicos tendran que arrancar luego un buen trozo para que el cerebro se expanda, en un intento desesperado por sanarse. Dicen que tras un rebote en la pared. Dicen que porque Marcos se arrojo sobre el extrano.

La pesadilla nunca lo deja claro. La pesadilla termina siempre con el estampido del segundo disparo aun resonando en sus oidos.

Entonces se despierta.

Y luego, la noche en vela, plagada de remordimientos.

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