Buscar Un Sustituto A Ant

buscar un sustituto a Antonia?

—Lo intentamos… —una carretada de frustracion en esos puntos suspensivos— y fallamos. Sin la Reina, esta unidad no tiene sentido. Es la ultima oportunidad de que este proyecto sobreviva.

—Por eso ha estado mandando mensajeros a Antonia. Por eso vino a buscarme a mi.

—Necesitaba alguien a quien poder chantajear.

Jon recuerda un dia, hace anos, en el que regreso a casa y se encontro al amor de su vida en el sofa con un tercero. Jon dio un paso atras volvio a cerrar la puerta, discreto —nunca ha sido el de molestar a nadie—. Antes de que se cerrara por completo, el novio infiel volvio la cabeza en direccion a Jon. Sus miradas se cruzaron, y siguio con la faena.

La crudeza cristalina y cruel que quedo flotando entre ambos —esto es lo que hay, no me arrepiento, son lentejas— fue muy similar a la que experimenta el inspector cuando Mentor admite sin ambages que, para el, solo es una herramienta. Y lo que deja en su animo es una mezcla curiosa de compasion, asombro y repulsion. Y quizas, tambien, un poquito de envidia.

—¿Como puede dormir por las noches?

Pausa. Mentor compone un rostro humilde, contrito. O una imitacion casi perfecta de uno, bien trabajada frente a un espejo.

—Mi trabajo exige compromisos, me consuelo pensando en que sale algo bueno de todo esto.

Casi, casi me lo creo.

—Duerme como un bebe, ¿verdad?

—Toda la noche. De un tiron.

Definitivamente, envidia. Jon siempre ha admirado a los hijos de puta quimicamente puros, de esos que ponen un circo y les encogen los enanos. Quizas por lo imposible que le resulta a el convertirse en uno de ellos. Coitao, que eres un coitao. De bueno, bueno, eres tonto, le dice su madre cada dos por tres. Y Jon, en realidad, lo que quiere ser es una pizquita malo, como Mentor.

Mal que le pese, aquel cabron empieza a caerle bien.

—¿Esto es toda la verdad? ¿Sin mentiras, esta vez?

—Casi toda, y muy pocas —dice Mentor, sonriendo con suficiencia—. De lo contrario, no seria yo.

Es entonces cuando Antonia les llama desde la casa.

Mentor se pone en pie y se abrocha el boton de la chaqueta con elegancia.

—¿Que me dice, inspector? ¿Se apunta a trabajar?

Jon se levanta a su vez, se retuerce, estira los enormes brazos, hace crujir los nudillos.

—Cualquier cosa con tal de levantar el culo de esta mierda de silla.

Cuatro horas antes

Cuatro horas antes

(Mas o menos a la hora en la que Jon y Antonia

llegan a La Finca.)

Carla Ortiz va mas atenta a la pantalla de su portatil que a la ruta por la que le lleva Carmelo. La lluvia les ha acompanado todo el camino desde La Coruna, una lluvia insistente, que reventaba contra el parabrisas del enorme Porsche Cayenne. Carla apenas le prestaba atencion, enfrascada en el crucial informe en el que esta trabajando en el asiento de atras.

Solo al pasar el tunel de Guadarrama, cuando la lluvia deja paso a una noche despejada, Carla alza la cabeza del ordenador.

—¿Estara bien Maggie?

Carmelo le dirige una mirada tranquilizadora a traves del retrovisor. Los ojos azules, cargados de arrugas. Carla ha visto esa mirada en el retrovisor —divertida, jodona, carinosa— desde que puede recordar. Lleva con la familia toda la vida. Es de la familia.

—Mejor que en brazos, senora. La van esa nueva es un lujo de caray.

Carla no las tiene todas consigo. Es verdad que la van —el remolque de caballos enganchado al todoterreno— es la mejor que el dinero puede comprar, y que el viaje hasta Madrid no es largo. Pero Carla siempre se ha preocupado mucho por sus companeros. Cuando era nina, en el club hipico en el que aprendio a montar, presencio como tres hombres intentaban subir a un remolque a un potro que estaba nervioso y no queria moverse. Le empujaban, tiraban de la brida. El animal se resistia. Cuando sus cascos tocaron el interior de la van, el cambio en el sonido hizo que su miedo se transformara en panico. Se puso de manos, intentando zafarse. El impulso le hizo golpearse la nuca con el borde del remolque y cayo al suelo, muerto. Carla nunca olvidara el sonido que produjo su cuerpo al desplomarse, volcando el remolque y arrastrando a dos de los hombres en su caida.

Maggie no es ningun potro asustadizo. Es una yegua holsteiner de once anos, educada y criada por algunos de los mejores entrenadores del mundo. Tambien es muy cara. Su padre la habia comprado en una subasta por 4,3 millones de euros. Pero para Carla el precio —cualquier precio, de cualquier cosa— es irrelevante. Maggie lleva con la familia seis anos. Es de la familia.

—Paremos un momento.

Carmelo frena en la primera area de servicio el tiempo suficiente para que Carla baje, estire las piernas, de un par de caladas a un cigarro y compruebe como esta Maggie. La yegua asoma el hocico por la ventanilla y Carla lo acaricia despacio, dos veces, recorriendo con el dedo la preciosa mancha blanca sobre la piel alazana.

Decian que estropeaba el conjunto. Que sabran esos idiotas.

—¿Cuanto queda para llegar, Carmelo? —pregunta, cuando regresa al coche.

—Algo menos de una hora —dice el chofer, tras consultar el GPS—. Pero si quiere la acerco primero a casa y despues llevo yo a Maggie al Centro Hipico.

Carla lo piensa durante un instante. Por tentador que resulte meterse cuarenta minutos antes en la cama, quiere ser ella la que guarde a la yegua en su box. Dormira mejor esta noche, y pasado manana tienen que competir. Al fin y al cabo, para eso ha desechado venir a Madrid en el avion privado, para poder acompanarla. No tendria sentido dejar a Maggie en manos de Carmelo solo por unos minutos mas de sueno.

—No, sigamos. Luego me dejas en casa.

Intenta concentrarse en la presentacion que esta preparando para la junta de accionistas del proximo lunes. Esta satisfecha con sus resultados, aunque sabe que no sera suficiente. Es la responsable de desarrollo de negocio del imperio textil de su padre, y cada ano este le exige un crecimiento sostenido. Aunque ha logrado alcanzarlo por tercer ejercicio consecutivo, su padre se quejara del escaso empuje entre las mujeres de dieciocho a veinticinco anos, o de que las tiendas crecen menos de lo esperado. Siempre encuentra algo por lo que no estar satisfecho. Pero claro, no se llega a ser el hombre mas rico del mundo siendo un conformista.

Cierra el portatil, frustrada y agotada, y saca el movil. Son mas de las doce de la noche. Es muy tarde para hablar con Mario, pero sabe que Therese, la institutriz, seguira despierta. Probablemente viendo The Crown en la tele grande del salon, a pesar de que lo tiene prohibido y de que ella dispone de una de cuarenta pulgadas en su propio dormitorio. Pero Carla procura no renir al servicio por las pequenas transgresiones. Hay que darles un poco de cuartelillo. Y Therese lleva con la familia desde que Mario nacio. Casi es de la familia.

Le queda poca bateria, menos de un diez por ciento.

Suficiente para mandar un WhatsApp, ahora lo cargare, piensa.

Unos segundos despues Therese le manda una foto de Mario, tumbado en su cama, boca abajo, roncando a pierna suelta con su pijama de Spiderman, sin una sola preocupacion en el mundo. Carla siente una punzada de culpabilidad por no haber estado en casa a tiempo para banarlo y acostarlo, pero se calma enseguida. Al fin y al cabo ella se crio tambien con institutrices y viendo poco a su madre, y no ha salido tan mal.

El trabajo por encima de todo, piensa Carla, mientras se arrebuja en el fular y cierra los ojos un instante, solo un instante, una cabezada…

Le despierta un frenazo seco, que hace que el portatil se le caiga del regazo.

—¿Que ocurre, Carmelo?

—Han cortado el camino de acceso al Centro Hipico. Segun el GPS estamos a solo doscientos metros, pero hay una senal de obras.

Carla se asoma a traves del parabrisas. El lugar es un centro puntero que se inaugura pasado manana en una urbanizacion nueva cerca de Las Rozas aun sin alumbrado definitivo. Afuera solo se ve oscuridad y arboles. Los faros del Porsche iluminan un cartel de DESVIO POR OBRAS, con sus luces destellantes.

—Ahi hay alguien —dice Carla, senalando al frente.

Una figura se acerca, con un baston luminoso en la mano.

—Es un guardia de seguridad, parece.

Les senala hacia un camino de tierra que hay a la izquierda, casi oculto entre los arboles.

—Habra que dar la vuelta y rodear el Centro Hipico —supone Carla.

Deja la tarea de orientarse en manos de Carmelo, y emprende por el suelo la busqueda del portatil. Lo recoge con una mueca de disgusto, lo que le faltaba ahora, perder la presentacion. Eso seria el fin del mundo.

Lo peor que podria pasarme ahora mismo, piensa.

Con el frenazo tambien ha ido al suelo su movil. Ahora no puede ver donde esta. Palpa con los dedos en su busca con la mano derecha, mientras que con la izquierda se apoya contra el asiento.

¿Donde cono te has metido?

El cuello le duele, por lo incomodo de la posicion, casi paralelo al respaldo.

—¿Llegamos ya? —le pregunta a Carmelo. Sus dedos rozan la familiar forma del iPhone. Se ha colado debajo del asiento delantero. El aparato vibra, ha llegado un WhatsApp.

Casi lo tengo, piensa, estirando el brazo. Solo un poco mas.

—No me lo puedo creer —dice Carmelo, dando una palmada en el volante—. ¿Otro desvio?

Carla ceja en su intento contorsionista y se incorpora, ya cogera el telefono cuando lleguen y pueda encender la luz del techo, ahora no quiere deslumbrar a Carmelo.

—Pero ¿por donde quieren que vayamos ahora? Si el Centro Hipico esta ahi —dice Carla, senalando los altos muros, a menos de cien metros a su derecha.

Una figura ataviada con casco y chaleco reflectante se acerca, lleva otro baston luminoso en la mano enguatada. Hace un gesto a Carmelo para que baje la ventanilla. El chofer obedece.

—Buenas noches —dice el hombre del baston luminoso.

—Hagame el favor, ¿podria indicarme por donde puedo acceder al Centro Hipico? Es que es tarde y la yegua tiene que dormir —dice Carmelo.

Cuando esta cansado o tenso el acento de Arteixo se le acentua, piensa Carla, divertida. Acento se acentua, encantada con su juego de palabras. Dios, que tarde es y que cansada estoy. Se imagina en su cama, arropada por las mantas. Manana le espera un dia muy duro.

—Es muy sencillo, si baja del coche se lo indico enseguida.

Carmelo abre la puerta del coche, y pone un pie en el camino de tierra. El hombre del baston luminoso lo alza y apunta con el a la oscuridad, al tiempo que se inclina hacia el chofer, como si quisiera indicarle mejor por donde debe acceder al edificio.

—Mire, es por ahi.

—¿Donde?

Maggie, en el remolque, se agita inquieta, relincha, piafa nerviosa.

Los caballos saben.

Carla ve brillar algo en la mano derecha del hombre del baston un instante antes de que Carmelo lo capte tambien con el rabillo del ojo y se vuelva, extranado. Tarde. El cuchillo se hunde en el cuello del chofer con un movimiento descendente y un chasquido humedo, atravesando la prominente capa de grasa, seccionando la yugular. El desconocido sujeta con el brazo izquierdo a Carmelo contra el, usando el baston como una palanca con la que aprisiona el pecho de Carmelo, que intenta alcanzar eso que hay en su cuello, ese elemento extrano incrustado en su interior. Catorce centimetros de acero afilado que ahora abandonan su carne, seguidos de un surtidor de sangre desoxigenada que, en lugar de acudir al corazon de Carmelo, salpica la puerta abierta del Porsche, se cuela en la guantera y empapa la tierra.

Carmelo cae de rodillas, intentando desesperadamente parar la hemorragia, volver a meter dentro de su cuerpo la vida que se le escapa entre los dedos. Emite un sonido borboteante que poco a poco se va transformando en un chillido vidrioso.

Carla no ha abierto la boca, aunque quiere gritar, pero su garganta esta atenazada por el miedo y la sorpresa, la terrible disonancia que encuentra entre el cuerpo agonizante que cae al suelo y el hombre afable, educado y carinoso

es de la familia

que ella conoce y aprecia, y recuerda al potro de su infancia al tiempo que piensa que Carmelo ya no podra ver mas a sus nietos, a uno ella lo conoce, tiene la misma edad de Mario y una vez jugaron juntos en la finca y

Mario. Oh, Dios. Mi hijo.

Carla se da cuenta entonces de que ella es la siguiente, que el hombre del cuchillo —ya no es el hombre del baston, ahora solo es el hombre del cuchillo— ya se da la vuelta y comienza a rodear el Porsche, cruzando por delante de los faros, y que si quiere volver a ver a Mario tiene que hacer algo ya, inmediatamente, pero sus dedos no aciertan con la manija, resbalan, empapados en sudor y atenazados por el miedo, y de pronto lo logra, suena un chasquido metalico y la puerta esta abierta, y el hombre del cuchillo esta ahi mismo.

Entonces Carla empuja la puerta del coche y se arroja al exterior.

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