A Haber Llamadas Como Va A Recibi

a haber llamadas… ¿como va a recibir el pago del rescate?

—Tiene que ser algo que el sepa que Ortiz ha hecho. Una declaracion publica.

Es lo unico que cuadra, piensa Jon.

—Por eso Ortiz ha insistido tanto en el secreto absoluto. Y tambien Trueba. Porque si esto saliese a la luz…

Jon se rasca el pelo.

—Antonia, tenias razon. La noche en la que estuvimos con Ortiz. Dijiste que su comportamiento no era normal. Que tenia miedo, un miedo que no entendias, un miedo que no era por su hija. Ahora ya sabemos de que tenia miedo.

Antonia asiente, despacio.

—Nos tenia miedo a nosotros.

Jon mira el reloj.

—A Carla Ortiz no le queda mucho.

—Cuarenta horas y media —responde Antonia.

Dos mil cuatrocientos treinta y seis minutos. Tiempo suficiente para que su corazon lata ciento setenta mil veces mas antes de que Ezequiel lo haga detenerse, como castigo por los pecados de su padre.

—Pues pongamonos en marcha —dice Jon, poniendose en pie.

No queda otra solucion y los dos lo saben.

Sin pistas, con todos los caminos agotados, el unico lugar del que pueden extraer alguna informacion es el unico lugar al que les han prohibido ir.

23. Un padre

23

Un padre

Hay dos guardaespaldas en el portal de Ramon Ortiz.

El multimillonario no habia regresado a La Coruna, sino que habia cancelado sus planes de trabajo y se habia quedado en la capital, en su piso de la calle Serrano. No tenian la direccion, pero a Antonia le costo menos de dos minutos localizarla usando las fotos de los blogs y las revistas del corazon. La ultima planta de un edificio senorial, a menos de cincuenta metros de El Corte Ingles.

El inspector Gutierrez deja el coche aparcado muy ilegalmente en la parada de taxis frente a la casa, sin darse cuenta de que una moto se sube a la acera un poco mas atras.

Jon espera un par de minutos y luego baja del Audi. Se dirige hacia un encuentro que pinta corto y desagradable. Jon supone que a los guardaespaldas les habran avisado de que son personas non gratas cerca de Ortiz.

Supone bien. Los guardaespaldas se envaran cuando le ven acercarse, los dos a la vez. Dos munecos de resorte con traje negro, corbata y cara de haber pisado algo nauseabundo. Solo que ese algo no lo llevan pegado a los zapatos, sino que camina hacia ellos con una sonrisa deslumbrante.

—Hola, buenas tardes —dice el inspector Gutierrez.

Antonia tambien ha hecho suposiciones. Ha supuesto que la cafeteria —de franquicia famosa, horrendo nombre en frances, con lo bonito que es el castellano— que hay junto al portal tendria una puerta trasera. Asi que se ha bajado un poco antes del coche y ha dado la vuelta a la manzana. Entra en la cafeteria y cruza al otro lado de la barra sin pedir permiso. Pasa casi rozando a la camarera que atiende a los clientes cargados de bolsas de papel de tiendas muy caras. La camarera se gira hacia ella, le dice algo, pero Antonia no se para a escucharla ni a discutir, sino que sigue andando hasta cruzar la puerta batiente —con el preceptivo ojo de buey— y entra en la cocina.

Huele a almendras tostadas y a pan recien hecho, aunque el olor procede de los bollos que una maquina fabrico en un poligono y empleados mal pagados recalientan en horno vertical, repleto de bandejas. Dos jovenes miran a Antonia con extraneza, pero ella no se para. Cruza una segunda puerta batiente, y pasa junto al encargado, que esta inclinado sobre su ordenador, estudiando una hoja de calculo, tan concentrado que al principio no percibe la presencia de Antonia. Al otro lado del despacho hay un pasillo.

Antonia aun no ha empezado a recorrerlo cuando el empleado se levanta y grita.

Ella le ignora, porque cuenta con un elemento a su favor. Casi nadie reacciona de forma instintiva a una invasion como aquella de forma inmediata. Hace falta un periodo de reajuste, de reinterpretacion de la realidad cotidiana para poder actuar acorde a lo que otra persona esta haciendo que se supone que no deberia estar haciendo.

—¿Oiga? ¡Oiga, senora!

Antonia enfila el pasillo con decision. Hay varias puertas, y Antonia no tiene tiempo para abrirlas todas, asi que traza en su cabeza un mapa mental —la posicion de la calle, el primero giro en la barra de la cafeteria, el segundo en la cocina— y el resultado le dice que elija la puerta del fondo. Cuando llega, se da cuenta de que ha elegido bien, es la unica con cerrojo y resbalon. Trastea con el cerrojo, que va muy duro.

—No puede estar aqui. —Oye la voz del encargado a su espalda. Lo tiene casi encima.

—Llego tarde. Llego tarde —responde Antonia, sin darse la vuelta, en su mejor imitacion del conejo blanco de Alicia en el pais de las maravillas—. Llego tarde al dentista.

La puerta se abre, justo a tiempo, cuando las manos del encargado ya le rozan el hombro. Antonia se desliza entre el marco y la puerta entreabierta, sale al portal y pega un tiron para cerrarla a su espalda.

—Loca del cono. —Oye, al otro lado de la puerta, amortiguado, inocuo. Se prepara para correr por si el encargado decide perseguirla por el portal, pero parece que su imitacion del conejo ha surtido efecto. El sonido del cerrojo cerrandose de nuevo a su espalda le indica que el encargado ha dado el problema por resuelto.

A Antonia le quedan problemas por delante. Desde el portal se asoma y ve a Jon discutiendo con los dos guardaespaldas. No puede oir nada, pero el inspector Gutierrez gesticula como un vendedor de mercadillo. Mala senal, si las cosas se calientan mucho, Parra o alguno de sus lacayos no tardara en aparecer. Correccion. No si se calientan. Cuando se calienten.

Antonia estima que tiene entre diez y quince minutos en el mejor de los casos.

Complicacion: el ascensor se pone en marcha. Uno de esos ascensores descubiertos de hace cien anos. Tipo Stiegler, Camerin de caoba que desciende medio metro por segundo. Instalado por el propio Schneider, lo pone en la verja de hierro forjado, junto a la fecha, 1919.

Otra complicacion: Los guardaespaldas de la puerta han abierto el portal. Uno de ellos empuja a Jon Gutierrez al interior.

Aun no han visto a Antonia, pero lo haran pronto. Sus posibilidades se reducen.

Antonia elige subir andando, por si los guardaespaldas de la puerta han pedido refuerzos al que, inevitablemente, aguarda en la puerta de arriba. Su intuicion se prueba correcta cuando se cruza con el camarin a la altura del segundo piso. El hombre de traje negro y corbata completa su atuendo con un cable en espiral que termina en la oreja. Antonia se clava contra la pared, intentando hacerse invisible, pero Jacobo Schneider, legendario instalador, tuvo el mal gusto de forrar el interior del ascensor de espejos. Por los cuatro costados.

Las miradas de Guardaespaldas numero 3 y Antonia se cruzan. Antonia echa a correr, escaleras arriba. Sus diez minutos de ventaja se han reducido considerablemente.

Llega al quinto piso sin resuello —Antonia no esta en buena forma— y llama a la puerta. A veces solo puedes esperar lo mejor.

El que abre es el propio Ramon Ortiz. En un dia bueno, el octogenario aparenta setenta. Hoy no es uno de esos dias. Tiene los ojos hundidos, la piel grisacea y apagada.

—¿Quien…? —Luego reconoce a Antonia.

Sostiene la puerta entreabierta como un escudo.

—No tengo mucho tiempo, senor Ortiz. Y su hija tampoco.

En las escaleras —todo marmol, frisos senoriales—, los pasos de Guardaespaldas numero 3 resuenan cada vez mas cerca.

—Se supone que no debo hablar con usted —dice Ortiz, dudando.

Si le cierra la puerta en las narices, que ahora es su opcion favorita, el partido se habra acabado. Antonia se la juega.

—Se supone que usted deberia haberle dicho la verdad a la policia sobre lo que le pidio Ezequiel.

Ramon Ortiz se queda congelado. El unico movimiento en su cuerpo es el de su piel, cambiando del gris ceniza a un blanco culpable.

—Por favor. Puede ser nuestra ultima oportunidad —suplica Antonia.

Seis segundos es lo que queda hasta que Guardaespaldas numero 3 la alcance.

Para otras personas, seis segundos pueden ser una cantidad minuscula de tiempo.

No para Ramon Ortiz.

En seis segundos, Ramon Ortiz ve pasar ante sus ojos los resultados de ambas posibilidades: dejar entrar a Antonia, y admitir que mintio a la policia, convirtiendose en culpable de obstruccion a la justicia, abriendo el camino para que toda la verdad salga a la luz; o mantenerla fuera, ateniendose a su primera version. En esos seis segundos el rostro de su hija Carla —de nina, dejando caer un helado en la alfombra persa; de adolescente, la primera vez que volvio a casa tarde, llorando porque su primer novio habia roto con ella— aparece tambien.

Guardaespaldas numero 3 alcanza a Antonia y la reduce. No le cuesta mucho ponerle el brazo a la espalda y retorcerselo. Antonia no opone resistencia —y aunque la opusiera, pesa treinta kilos menos que el—. Su mirada no se aparta de la de Ortiz en todo el proceso.

—Por favor —repite Antonia, con el cuello retorcido, para no interrumpir el contacto visual.

Con un solo gesto usted puede parar esta locura, dicen sus ojos. Con una sola palabra, puede cambiar las cosas.

El multimillonario aparta la mirada y cierra la puerta, despacio.

Ni Coppola la hubiera cerrado mejor.

Bruno

Bruno

Asi es como se hace buen periodismo, piensa Bruno Lejarreta. Nunca nadie se amo tanto ni tan intensamente como se ama Bruno ahora mismo.

Retrocedamos un poco.

La motocicleta que alquilo la tarde anterior le habia salido por un ojo de la cara, 129 euros al dia, pero resulto ser una inversion estupenda. Gris, discreta, con su baul y todo. En cuanto se pone el casco, el periodista vasco se convierte en uno mas de los miles de mensajeros que circulan por Madrid. Le hace invisible. Al menos al espejo retrovisor del inspector Gutierrez, que no se ha dado cuenta de que lleva siguiendole todo el dia. Tan pronto como el muy bruto acabo precipitadamente de desayunar se habia subido al coche, y ahi estaba Bruno esperando en la calle. El recorrido habia sido de lo mas interesante. Primero, a una casa particular en Lavapies, un barrio que ahora los politicamente correctos llamarian multietnico, y que Bruno apoda carinosamente gueto de moros. Calles estrechas de sentido unico en las que Bruno tuvo que esforzarse mucho para que no notasen que los seguia, cagüen. Ahi recogio a una moza que Bruno no vio bien, se metio muy rapido en el coche.

De ahi a la Castellana, a la sede de ese banco, no me jodas. Bruno tiro varias fotos desde el otro lado de la acera. Luego a un colegio, que ya ves tu. Bruno esta mas perdido que el alambre del pan Bimbo. De vuelta a la casa de Lavapies, donde se pegan una buena tirada. Bruno no se atreve a picar nada en ningun bar, en parte por no perderlos, en parte por no pillar algo. Hace de tripas corazon y se compra una palmera en un chino, de esas que vienen envueltas de fabrica. En el pecado lleva la penitencia, el ardor de estomago ante aquel veneno industrial no tarda en aparecer.

Bruno Lejarreta, autodenominada leyenda del periodismo vasco, cuyo olfato le granjeo titulares para el recuerdo en los ochenta y los noventa, que ha hecho un viaje de cuatrocientos kilometros hasta la capital y que se ha pulido lo que le quedaba en la visa en el alquiler de una moto por pura intuicion…

Y por pura inquina, cono. Que todo hay que decirlo.

… esta ahora mismo harto de la vigilancia, con el culo dolorido y el estomago del reves, ansiando que el inspector Gutierrez haga algo.

O tomarse un Almax. Cualquiera de las dos opciones le vale.

Que fracaso. Soy un viejo inutil.

Al final el inspector y su companera acaban saliendo de nuevo. Bruno quita el pie de cabra y da gas. Quince minutos despues estan en la calle Serrano, y entonces pasa algo. Pasa que la moza chiquitaja se apea del coche y echa a correr en una esquina. Y que Gutierrez sigue unos metros, y aparca en zona prohibida. Parada de taxis frente a un portal senorial. Lo de aparcar mal lleva haciendolo todo el dia, tal y como Bruno ha documentado. El inspector Gutierrez no tiene bula policial para eso, porque esta suspendido de empleo y sueldo, pero a palo seco, para un articulo, pues no da.

Haz algo, Gutierrez.

Ni que le hubiera oido. Gutierrez se baja del coche y se dirige al portal, cual muneca de Famosa, piensa Bruno, que es un antiguo.

En su dia lo de ser guardaespaldas en Bilbao era un negocio en au

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