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8. Una llamada

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Una llamada

La primera, a Mentor.

—¿Te has vuelto loca? Te he dicho que apagues el movil.

—Necesito un numero de telefono.

—Tu camuflaje ya no funciona, Antonia. Ahora mismo la policia ya sabe donde estas. Sera mejor que corras.

—Antes dame el numero de telefono.

—¿El numero de telefono de quien?

Antonia se lo dice.

—¿Estas loca? No, no pienso dartelo.

—Esta bien. Pues yo me voy a quedar en este bar sentada tranquilamente.

—Antonia…

—Creo que ya oigo las sirenas.

—Eres insufrible.

9. Otra llamada

9

Otra llamada

La segunda llamada, al numero que Mentor le ha dado antes de colgar. Descuelgan al tercer timbrazo.

—Lo se todo.

Un clasico, si. Pero infalible.

10. Un chantaje

10

Un chantaje

Parque del Retiro, puerta de O’Donnell. Frente a la Casa Arabe.

Esa es la direccion que ha dado.

Antonia espera apoyada —la espalda recostada, los brazos cruzados, la pierna encogida— en un cartel que informa que las puertas del parque se cierran a medianoche. Pasan dieciocho minutos, y aun hay gente saliendo del parque. Durante la Feria del Libro, los horarios se alargan. Hay libreros que no abandonan sus casetas hasta muy tarde.

Antonia consulta el reloj cada treinta segundos. A Carla Ortiz le quedan tan solo seis horas y media.

Trescientos noventa minutos.

Veintitres mil cuatrocientos segundos.

Un coche aparece. Grande. Negro.

Antonia se separa del letrero —presiona la pierna, descruza los brazos, empuja con la espalda— y echa a andar hacia el vehiculo.

Abre la puerta de atras, entra y se sienta.

Hay dos personas en los asientos delanteros, que miran al frente. Una tercera figura esta sentada, encogida en una esquina.

Las luces del coche estan apagadas, el motor tambien. La unica claridad en el interior es la que emiten las farolas y consigue, a duras penas, atravesar los cristales tintados.

Algunas conversaciones se tienen mejor en la oscuridad.

—Supongo que se dara cuenta de que me esta haciendo chantaje —dice la figura de la esquina. Su voz gastada es poco mas que un susurro.

—Es la idea, si.

—¿Que es lo que quiere? ¿Dinero?

Antonia sacude la cabeza y le explica lo que necesita.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—Posee usted un secreto muy valioso, senora Scott. Un secreto que muchos matarian por poseer.

—No me importa.

La figura se inclina hacia delante, y Antonia puede verle la cara por primera vez. Incluso a la difusa luz de las farolas, es obvio que Laura Trueba ha envejecido diez anos en solo un par de dias.

—¿Como lo ha descubierto?

Antonia piensa en Kirk Douglas. El punetero Kirk Douglas.

—El retrato de su despacho —responde—. El nino que murio tenia un hoyuelo en la barbilla. Ni usted ni su marido lo tienen. El gen del hoyuelo requiere que uno de los progenitores lo aporte. Es posible, en teoria, que lo hubiera heredado de otro familiar, pero las posibilidades son de una entre cinco mil.

—No lo sabia —dice Laura Trueba.

No, claro que no.

—Su manera de comportarse hizo el resto. Usted sentia culpabilidad. Pero no se comportaba como una madre que hubiese dejado morir a su hijo. De hecho, me pregunto que hubiera ocurrido si ese nino hubiera sido Alvaro.

—Yo tambien, no se crea. Me gustaria poder decirle que conozco la respuesta, que actuaria de forma distinta. Pero estaria mintiendo.

Antonia lo comprende. El alma esta hecha de pequenos compartimentos autocontenidos, como una muneca rusa. Si sigues abriendo y abriendo, acabas encontrando la ultima de las munecas. Y su rostro nunca es como el de la muneca mas grande. Ese ultimo rostro puede ser mezquino y cruel.

—No es la unica mentira que nos ha contado. Nos mintio desde el principio. Ezequiel no lo secuestro en el colegio, ¿verdad? Entonces no hubiera habido confusion posible.

—No —reconoce Laura Trueba—. Fue cerca de la casa que usamos habitualmente, nuestro chalet de Puerta del Hierro. Por eso se confundio.

—¿Quien era?

—El hijo de mi gobernanta —reconoce ella, su voz apagada tenida por la vergüenza—. Tiene la misma edad que Alvaro, la misma estatura. Viven con nosotros, llevan en la familia desde siempre. Incluso viajan con nosotros a Santander en verano. Su madre administra todas mis casas.

—Por eso tenia una foto con su hijo en la playa.

—Era la unica foto que tenia de el.

—¿Como se llamaba?

—Jaime. Jaime Vidal. Era un buen chico. Alvaro y el eran amigos. El iba a un buen colegio, yo me encargue de eso. No al mismo de Alvaro, claro… No hubiera sido apropiado… pero era un buen colegio.

—Un colegio privado.

—Si.

—Por eso llevaba uniforme cuando Ezequiel se lo llevo.

Antonia visualiza enseguida lo que ocurrio. Jaime, de espaldas, con uniforme, chaqueta y corbata. En una urbanizacion que no tiene seguridad privada. Fajardo se limito a esperar en el coche cerca hasta que vio al que creyo que era Alvaro abriendo la puerta del chalet con sus propias llaves.

—Sabemos que bajo del autobus del colegio. De ahi hasta casa eran seiscientos metros, pero nunca llego. Su madre estaba preocupada. Entonces llamo… ese hombre. Me dijo que tenia a Alvaro.

—Y usted no le saco de su error.

—¡Tenia miedo! —se defiende Trueba, a punto de echarse a llorar—. ¿Y si volvia a por Alvaro? ¡Tenia que proteger a mi hijo!

—¿Que le pidio Ezequiel?

Laura Trueba se echa de nuevo hacia atras en el asiento.

—Eso ya no importa. Algo que no podia aceptar.

—Y menos por el hijo de la criada.

La banquera aprieta el boton de la ventanilla. La estrecha rendija que abre ofrece escaso alivio al calor del interior.

—No puede usted herirme con ninguna palabra con la que no me haya herido yo antes, senora Scott.

—No, supongo que no —dice Antonia, tras reflexionarlo un momento—. ¿Que le contaron a la madre?

—La verdad. Una verdad. Que alguien se habia llevado a Jaime confundiendolo con Alvaro. Que hariamos todo lo que estuviera en nuestra mano por recuperarlo, costara lo que costara.

—Y luego le entregaron un cadaver.

Laura Trueba guarda silencio. Antonia sabe que esa mujer nunca se enfrentara a la Justicia, nunca sufrira la humillacion de tener que justificar sus actos ante un juez y un jurado de sus iguales. Nunca recibira castigo alguno. Pero parece que ella sola se ha aplicado a la tarea.

Al igual que la rendija de la ventana, produce escaso alivio.

Pero es mejor que nada.

—¿Hemos terminado? —pregunta Trueba.

—Cuando me de lo que le he pedido.

—Alejandro.

Uno de los hombres del asiento de delante se da la vuelta y le entrega a su jefa una bolsa de tela negra. Trueba se la da a su vez a Antonia. Es pesada, y a traves del tejido se palpa el bulto del metal que hay dentro.

Antonia extrae la pistola. Incluso en la penumbra, el metal parece absorber la escasa luz de forma peligrosa y letal.

—¿Sabe como usarla? —le pregunta el hombre a Antonia.

—No.

El hombre se gira, con una expresion inescrutable en el rostro, toma el arma de manos de Antonia y le explica.

—Es una Glock de cuarta generacion. Diecisiete balas en el cargador. No tiene seguro, asi que, si aprieta el gatillo, mejor que sea porque quiere disparar.

Antonia coge el arma y la mete en su bandolera. Abre la puerta y se incorpora para salir.

—La misma oferta que le hice a su companero vale para usted, senora Scott —dice Trueba—. Si le mete una bala en la cabeza a ese hijo de la gran puta…

Pero Antonia ha bajado del coche antes de que pueda acabar la frase.

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