6 Una Localizaciamp243n P Clas

6. Una localización

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Una localizacion

El inspector Gutierrez nunca ha sido de trasnochar.

Es mas bien de quedarse dormido en pijama en el sofa delante de una serie a eso de medianoche. Tres ronquidos y luego al dormitorio arrastrando los pies cuando salta el siguiente episodio y el logo de Netflix da sus dos sonoros aldabonazos. Por desgracia, la gente mala elige la noche para hacer cosas malas. Asi que trasnochar es una obligacion en la profesion que ha escogido.

Que tampoco la elegi yo. Que me eligio ella a mi.

Cuando se acabo el instituto, cuando tenia que comenzar la vida, Jon tenia miedo. Esa parte que le conto a Mentor es verdad. Pero tambien habia algo dentro de el, un fuego del que quedan mas que brasas. Ponerle nombres a ese fuego seria empequenecerlo. Y asi se dejo 874 pesetas en una solicitud para la oposicion. Se presento, paso las pruebas fisicas —no es que este gordo, pero esa parte le costo— y se encontro en la academia de Avila, y luego con un arma en la mano, y con un uniforme, y despues ayudando a gente en la calle. En Pamplona, un ano, y tambien en La Rioja, otro par. Incluso se libro de hacer DNI, aunque le decia a amatxo que eso era lo que hacia, y ella fingia que se lo creia. Y acabo volviendo a Bilbao, y alli se hizo inspector, y ya tenia metida la profesion, tan dentro que no se la podria sacar nunca. Y el fuego, pese a toda la mierda que habia visto, sigue ardiendo de manera razonable, a sus cuarenta y pocos tacos, y ya ves tu.

De ese fuego tira el inspector Gutierrez, agotado tras tres dias larguisimos, cuando vuelve al coche con Antonia y ponen el coche en marcha. La aplicacion Buscar Mi iPhone de la cuenta de Carla Ortiz ha arrojado un punto en el mapa, y hacia ella se dirigen.

—El movil esta apagado —dice Antonia—. Y hay algo que me extrana. Alguien como Carla Ortiz deberia tener un portatil.

—¿Que ordenador tenia en su casa?

—Un iMac Pro. El mas caro de Apple.

—Es una ejecutiva que se mueve mucho. Lo logico seria que tuviese un portatil de la misma marca.

—Y que este estuviese con el mismo servicio de localizacion en la nube que el resto de sus dispositivos.

Jon, que nunca ha sido de Apple, no acaba de entender muy bien como funciona el asunto.

—No acabo de entender muy bien como funciona el asunto —dice.

—Tu te compras el dispositivo, y lo asocias a tu cuenta. Si te lo roban o lo pierdes, te conectas a tu cuenta desde cualquier otro usando tu contrasena y puedes ver donde esta. O, como en este caso, cual es la ultima localizacion. Si el dispositivo se vuelve a encender y se conecta a internet, actualiza esa informacion en la nube.

—¿Y el portatil no esta?

—No. Asi que, o no tiene, que no creo, o alguien lo ha borrado de la nube. Y para eso es necesaria la contrasena.

—Asi que, o lo ha hecho Carla, o alguien le ha obligado a decirsela.

—Eso es. Asi que es probable que siga viva.

Una buena noticia. Un poco de combustible para el fuego.

—Ya estamos llegando —dice Jon.

Les ha llevado menos de veinte minutos llegar. Aun no son las seis de la manana y la M-30 esta casi desierta, asi que Jon le ha pisado un poco. No mucho, no le gusta correr. Pero el tiempo corre para Carla Ortiz y esta es la primera pista solida que tienen.

—No te asustes si lo pongo a ciento cuarenta —le ha dicho a Antonia. Y Antonia no se ha inmutado, y han llegado enseguida.

Lo que no saben muy bien es a donde han llegado. Jon detiene el coche cuando el GPS le indica que «ha llegado a su destino». Estan en una carretera solitaria.

—¿Y ahora que?

—Estos sistemas no siempre son precisos, sobre todo en zonas despobladas —dice Antonia—. Si en una ciudad tiene una precision de cincuenta metros, aqui en el campo el radio puede ser de doscientos, o mas.

—¿Y si el tal Ezequiel tiro el telefono por la ventana del coche? Eso quiere decir que tenemos que buscar un cacharro de diez centimetros en un area de ¿cuanto? Soy malisimo en matematicas.

—Alrededor de 125.664 metros cuadrados —dice Antonia, tras un parpadeo—. Redondeando.

—Redondeando… Tendremos que venir de dia. Y con mucha gente.

—No desesperes tan rapido. Mira, alli hay algo.

No es un edificio, mas bien parece un conjunto de ellos, rodeados por un muro. A la entrada hay una luz encendida. Es un porton de entrada de color verde botella, con una garita de seguridad.

Jon para junto a ella, se baja del coche y da dos golpes en la ventanilla.

—No parece haber nadie —dice Antonia.

—Menos mal que la puerta esta abierta —se alegra Jon, agachandose junto a la entrada de la garita y sacando algo del bolsillo.

Hace siete u ocho años, una tarde

Hace siete u ocho anos, una tarde

Jon perseguia a la carrera a un ladron que ya le tenia hasta las narices. Era la cuarta vez que Luis Miguel Heredia escapaba por piernas. Las suyas, ligeras, de adolescente. Las de Jon, mas debiles y mas lentas —no es que este gordo—. El chaval cada vez se crecia mas, y ya se tomaba a choteo lo de escapar del, entonces, subinspector Gutierrez. Tan felices se las veia que se dio la vuelta, en plena carrera, para hacer una doble peineta en direccion a Jon. Con tan mala suerte —o buena, segun a quien preguntes— que al volverse se comio una senal de ceda el paso con los morros. El clon sono hasta la otra orilla.

Jon le alcanzo unos, bastantes, segundos despues. Luismi el Rata, que asi se llamaba en la calle, estaba empezando a volver en si. Tenia los labios empapados en sangre.

—Ya no corres tanto, ¿eh, Luismi? —dijo Jon, apoyando las manos en las rodillas. Aun no habia recuperado del todo el aliento. Se sintio tentado de darle un par de patadas en los huevos para asegurarse de que no se levantaba y seguia corriendo. Muy tentado, notaba el hormigueo de anticipacion en la punta del pie derecho.

En lugar de eso, se agacho y le ayudo a apoyarse en la senal que habia interrumpido su carrera.

Al incorporarle Jon, la sangre tino de rojo la pechera de la camiseta blanca de publicidad, casi tapando el telefono de Andamios Atxukarro, S.L.

—Joder, es la unica que tengo limpia —dijo, espurreando mas hemoglobina sobre sus propios pantalones y los del policia.

—Ya no —dijo Jon, sacandose un panuelo del bolsillo y comprimiendole la nariz para restanar la hemorragia—. No se te ocurra correr otra vez, que te rompo el alma.

—Para correr estoy yo —quiso decir, aunque debajo del panuelo y con la nariz apretada, sono mas bien bacorreftoio.

—Si es que eres gilipollas. ¿Y como te pones a reventar puertas en Otxarkoaga? ¿No sabes que aqui solo hay pobres?

Claro, que el chaval vive en San Francisco, que es todavia peor.

—¿Y donde quieres que robe?

—Vete a Abandoibarra, y asi me libro de ti. Ademas alli igual no te revientan la cabeza si te pillan. Como mucho te detienen.

Luismi nego con la cabeza todo lo que le permitio la manaza de Jon.

—Sale muy cara la Barik. —La tarjeta de transporte publico—. Y las puertas son mas duras.

—Pues aqui poco hay que rascar. —Jon retira el panuelo, la hemorragia ha remitido—. Anda, tira para la comisaria.

El Luismi se pone tenso y esta a punto de echar a correr, pero cada brazo de Jon pesa aproximadamente lo mismo que el, y tiene ambos encima.

—No puedo ir a la comisaria. Manana tengo examen y no he estudiao.

—¿Examen? ¿De que vas a tener tu examen?

—Me estoy sacando la FP.

—Anda ya.

—Te lo juro.

Se saco de la mochila una libreta de apuntes. Estaba debajo de media docena de moviles que no tenia pinta de haber comprado.

—Dejame ir, anda. Si total el juez me iba a soltar manana, que soy menor.

Jon se rasco la cabeza durante un rato, y acabo soltando al Luismi. Este le prometio que a cambio le ensenaria a reventar puertas.

—Es muy facil, hasta un txakurra viejo como tu puede aprender.

Jon no esperaba nada, ni siquiera que lo del examen del chaval fuera en serio —igual hasta habia robado la libreta, vete a saber—. Pero Luismi se presento dos meses despues en la comisaria de Gordoniz, preguntando por el. Traia un titulo de FP de Grado Medio bajo el brazo, y un neceser pequeno para el.

—Ya no robo —le dijo—. Anda, vamos para tu casa.

—A mi casa no vienes tu, que esta mi madre.

Se lo llevo a un edificio abandonado en Artxanda, y alli Luismi le enseno a usar las herramientas del minusculo neceser en todas las cerraduras que encontraron.

—Todo esta en el tacto, en la punta de los dedos. Tienes que sentir las pequenas vibraciones, y luego, zas.

—Ay, ladron, algun dia haras muy feliz a una mujer —dijo Jon, sin dejar de hurgar con la ganzua.

—Toma, claro. ¿Tu sabes lo que gana un cerrajero?

7. Un centro hípico

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Un centro hipico

—Ya esta —dice Jon, cuando logra alinear las piezas del bombillo y este gira con un chasquido. No puede evitar una punzada de amargura al recordar la edad que tenia Luismi cuando se estampo contra la senal. No debia de ser mucho mayor que el chaval al que habian hallado desangrado en La Finca. Vidas muy distintas.

Se pone en pie y le abre paso a Antonia para que entre.

Desde la garita al interior de la propiedad hay una puerta que no tiene mas que un pestillo interior. Al otro lado, un enorme patio, y mucho silencio. Frente a ellos, un edificio de una sola planta. A la derecha, pegado al muro, otro. Por delante, oscuridad.

—Aqui guardan caballos —dice Jon.

—¿Como lo sabes?

—¿Es que no lo hueles?

—No.

—Ah. Cierto. Perdona —se disculpa Jon, recordando el problema de Antonia.

De pronto, una linterna les alumbra a la cara. Jon se pone delante de su companera de forma instintiva.

—¡Quietos! ¡Manos arriba!

—Venga, no te flipes —dice Jon, levantando las manos de todas formas—. Somos la policia.

El guardia de seguridad baja la linterna y la apunta al suelo. No debe tener ni veinte anos. Ni tampoco una pistola. Les ha mandado levantar las manos armado solo con una potente luz y mucha fuerza de voluntad.

—¿Como han entrado?

—La puerta de la garita estaba abierta. ¿A quien se le ocurre?

—Es mi primera semana. No deberian haber entrado.

—Hemos llamado y no habia nadie.

—Habia ido al bano.

—Tienes paja en el hombro —interviene Antonia, senalando la camisa del guardia.

—Bueno, esta bien, me he echado un sueno en la parte de atras de la cuadra, en las balas de heno. Esta hora es muy mala, al final del turno. Cuesta aguantar.

—Pues asi no vas a conservar el trabajo otra semana. ¿Y como sabes que somos de la policia, si no nos has pedido ni la identificacion?

El joven lo piensa un momento.

—¿Por que iban a decirme que son la policia si no lo son?

Un argumento inatacable.

—Supuse que se habrian olvidado algo —continua el guardia—. Sus companeros han estado aqui toda la tarde. Se fueron cuando yo llegue. Venian buscando a una yegua robada, o algo asi. Mi jefe les enseno todo el recinto, pero no encontraron nada.

Antonia y Jon se miran.

—¿Y de quien era la yegua? —dice ella.

—Yo que se, a nosotros nunca nos cuentan nada. Yo solo soy el vigilante de noche. Solo se que una yegua tenia que haber llegado anoche y no llego.

—Perdonanos un momento —dice Jon, llevandose a Antonia a un aparte.

—Este debe de ser el lugar donde Carla traia a su yegua para la competicion de manana —dice ella—. Es un sitio nuevo, ni siquiera sale en Google Maps.

Jon enciende la linterna de su movil y alumbra a un cartel que hay en la pared. Anuncia la GRAN INAUGURACION DEL CENTRO LAS ROZAS SPORT CLUB AND SPA. Justo al dia siguiente. En la lista de participantes, esta Carla Ortiz, junto con su yegua Maggie.

—Ahi la tienes. A la vista de todo el mundo.

—Vamos a dar una vuelta —pide Antonia.

—Los de la USE lo habran registrado a fondo.

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