3 Un Masaje P Cla

3. Un masaje

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Un masaje

Antonia y Jon intentan marcharse discretamente en el ascensor, pero cuando llegan al portal del edificio se encuentran a uno de los hombres de la Unidad de Secuestros bloqueando la puerta.

—No nos vas a dejar pasar, ¿no?

El policia niega con la cabeza, senala detras de ellos, se cruza de brazos. Cuando se vuelven, ven a Parra con el rostro encendido. Ha bajado las escaleras de dos en dos.

—¿Se puede saber de donde salis vosotros? —dice, encarandose con Jon.

—Vamos a calmarnos, capitan, que aqui somos todos amigos —dice Jon, sacando la placa del bolsillo de la chaqueta y poniendosela a la altura de los ojos.

Parra ni se molesta en mirarla.

—Ya se quien eres, inspector Gutierrez. Lo que no se es que esta haciendo un poli de tercera categoria metiendo la nariz en un caso de primer nivel. Mi caso, por cierto. ¿Y esta quien es?

Antonia se encoge un poco ante la agresividad del capitan. No puede moverse, el otro policia ha dado un paso adelante y la intimida por la espalda.

—A esta ni le hables. Y tu, echate atras —avisa Jon—, que igual te llevas una hostia.

El otro retrocede un milimetro o dos.

—Te he preguntado que quien es.

—Que mas te da. Te han avisado que veniamos, ¿no? —dice Jon, guardandose la identificacion.

—Me lo han dicho de arriba, si. Que venian dos observadores.

—Pues eso hacemos, observar. ¿Es que no te gusta que te miren?

Jon le imprime a las ultimas palabras el toque justo de pluma y de mala baba como para que el muy heterosexual capitan Jose Luis Parra, padre de familia y orgulloso portador de un polo con el escudo de Espana bordado en la manga, se altere.

—Escuchame, mariconazo…

Jon tensa todo el cuerpo, listo para recibir el punetazo que ve venir en los ojos de Parra, pero este no llega. Lo que llega es la voz de Antonia.

—Capitan Parra, soy Antonia Scott. Trabajo en analisis de crimenes de perfil alto con la Interpol.

Jon se queda de piedra. Antonia ha untado su voz con sirope y su sonrisa con purpurina. La viva imagen de la concordia. Incluso le tiende la mano a Parra. Ella, que huye del contacto fisico como un autonomo de una inspeccion de Hacienda, con la mano extendida.

Por suerte para Antonia, Parra no parece dispuesto a estrechar manos. Mira hacia abajo —le saca casi treinta centimetros de altura— con incredulidad.

—¡Tu que vas a ser de la Interpol!

Antonia echa mano de su bandolera y saca de uno de los bolsillos una identificacion. Esta si que la acepta el capitan Parra, estudiandola con extraneza.

—Ya —dice, dandose golpecitos en la palma de la mano con la identificacion de Antonia—. ¿Y que pinta aqui la Interpol, preciosa?

—Formo parte de un gran proyecto que estamos preparando a nivel mundial. Criminales que escapan a las caracteristicas normales, y nuevas maneras de enfrentarse a ellos. Hace tiempo que pedi trabajar con usted y con los especialistas de la USE. Cuando supimos que estaban trabajando en una desaparicion tan importante, me subi al primer avion con destino a Madrid.

Si hay algo que un macho alfa como este adora es que le masajeen el ego, piensa Jon.

—Estudiar sus metodos nos dara una informacion valiosisima para los cuerpos de policia de todo el mundo —continua Antonia—. No todos los dias se puede trabajar con una unidad que tiene un ochenta y siete de efectividad en los ultimos seis anos.

Menudo magreo, chica.

Parra se mordisquea el labio inferior con cautela. Esta tentado de creerselo.

—Ochenta y ocho coma tres de efectividad, en realidad. ¿Y este? —dice senalando a Jon.

—El inspector Gutierrez me ha sido asignado como enlace. En estos momentos se encuentra en una etapa de transicion profesional.

—Suspendido de empleo y sueldo, mas bien. ¿Que tal la putita, Gutierrez? Creo que te saco el angulo bueno.

Jon tiene en la punta de la lengua varias replicas que incluyen a la madre, a la mujer y a la hermana —si la hubiere— del capitan Parra. Pero es el momento de tragarsela.

—La cague. Y aqui me tienes, haciendo de ninera.

—Se que nuestra presencia es algo desacostumbrado, capitan, pero creame, solo queremos ver como lo hacen. Y quizas aportar un granito de arena.

Parra asiente, muy serio, intentando recoger cable sin que se note lo complacido que esta.

—Que sea un granito pequeno. Como estorbeis lo mas minimo, os vais a tomar por culo, Interpol o no. Y nada de hablar con testigos sin que yo me entere y haya uno de mis hombres delante, ¿estamos?

—No se nos ocurriria —dice Antonia.

Parra se vuelve hacia Jon, que le pone ojos de corderito.

—Lo que ha dicho ella.

—Pues hala, a dormir —dice el capitan, como quien manda a acostar a dos ninos de preescolar—. Manana por la manana pasaos por Jefatura y ya os pondra alguien al dia.

Ezequiel

Ezequiel

Soy, esencialmente, una buena persona, escribe el hombre, en su cuaderno. Siempre lo lleva consigo. Nada especial. Es una libreta como la que tiene cualquier escolar, 3,95 euros en el supermercado.

He cometido errores, como todo el mundo. No soy perfecto. Me dejo llevar por mis impulsos, a veces. Cometo actos impuros, de pensamiento, casi siempre, a veces de obra. Cuando no puedo evitarlo, cuando no queda otro remedio, porque la carne es debil, por muy fuerte que intentemos sujetarla. Cuando eso pasa me siento sucio y avergonzado enseguida, y a veces pierdo los estribos. Siento una pesadez opresiva en las manos y en la cara, y no puedo dormir bien. Estoy irritable.

El hombre arranca la hoja, la coloca sobre el cenicero y le prende fuego a una esquina. El papel empieza a arder, despacio al principio, mas deprisa en cuanto la llama alcanza el borde superior. La lengua voraz busca sus dedos, cada vez. Nunca lo logra.

El infierno ansia mi carne, escribe el hombre en una nueva hoja. Pero hay medios para evitarlo. La confesion, que limpia nuestra alma y nos prepara para el cielo, donde Jesus nos espera con los brazos abiertos. Pero la confesion, los sacramentos, no son todo. Es imprescindible tener la voluntad firme de arrepentirse y hacer la voluntad de Dios sobre la Tierra. Y ser buenas personas. Yo soy una buena persona.

Para de escribir, pues no logra concentrarse. Su letra, pulcra siempre, redonda y clara, le sale hoy abigarrada, delgada como patas de arana. No logra obtener el placer, simple y honesto, que deviene naturalmente de la posibilidad de transcribir los propios pensamientos con buena y sincera caligrafia. Ni, por descontado, la paz de espiritu. Cuando era un nino, Padre le enseno a hacerlo. Era un hombre rudo, era un hombre recio, pero tambien era un hombre sabio. Conocia el modo de limpiar del alma los actos que la ensuciaban cuando no habia un sacerdote cerca. Solo habia que escribirlos en la hoja y mandarsela a Dios, como Abel ofrecia su sacrificio. Y su humo asciende recto hacia el cielo.

Padre escribia y quemaba una hoja cada noche. A veces incluso desnudo, con los nudillos aun inflamados, recuerda. Y la serenidad que quedaba en su cara, cuando el pecado se esfumaba.

Quiere escribir acerca de ese recuerdo, pero le es imposible.

Carla Ortiz esta gritando de nuevo.

He ahi un claro ejemplo de egoismo e ingratitud. Le ha dado el agua que le pidio, a pesar de que no tenia por que hacerlo. Podria haberle sacado la contrasena del ordenador a golpes. De golpes el sabe.

El hombre aborrece la violencia, porque no es de buenas personas. Le horroriza emplearla, y cuando lo hace —cuando no queda otro remedio— tiene que correr a escribir una hoja de confesion cuanto antes. Quiso evitarlo buscando una solucion pacifica, y aqui esta el resultado. No hay buena accion que quede sin castigo.

Se levanta y golpea la puerta empleando una llave de tubo. Dos veces. Su prisionera se calla enseguida.

Vuelve a su mesa. Esta satisfecho consigo mismo.

No ha cometido errores esta vez. El hombre no es un criminal, no lo ha sido nunca. Siempre ha tenido un trabajo honrado. No estaria haciendo esto si no le hubieran obligado. Si le hubieran dejado otra opcion.

Por eso esta satisfecho de no haber cometido errores.

El punto mas dificil en un secuestro es siempre la comunicacion con los familiares. Los moviles, los emails, todo es susceptible de ser rastreado. Pero el siguio los pasos que le habian explicado antes de llamar al padre. Emplear un servidor VPN anonimo que enmascaraba su direccion antes de conectarse a internet, desconectar el ordenador inmediatamente. El resto de la operacion ha sido pan comido. Matar a la yegua, para que sus relinchos no llamaran la atencion, fue lo unico que le costo. No le gusta hacer dano a un animal inocente. Por eso aparto la mirada cuando le secciono la medula espinal. Despues ocultar el coche entre los arboles, desenganchar el remolque.

Es entonces cuando se da cuenta del error que ha cometido. Uno muy grave.

Uno que va a tener que solucionar cuanto antes, ahora mismo.

4. Un argumento

4

Un argumento

Antonia va seis fuertes zancadas por delante de Jon, en direccion al coche, que habia dejado aparcado en doble fila en la calle Genova, casi a la altura de la plaza de Colon. Jon le concede a su companera unos metros de ventaja. Total, la llave la tiene el. Y sabe reconocer a una mujer enfadada por detalles sutiles como ir pisando el suelo como si fueran craneos enemigos.

Se suben al coche, se ponen el cinturon. Jon sujeta el volante, las manos a las diez y diez, y se queda mirando al trafico que baja de Castellana al paseo de Recoletos. Son casi las tres de la manana, asi que no es mucho.

Otro dato importante que conoce Jon sobre las mujeres es que cuando estan muy calladas y muy cabreadas necesitan que les preguntes por que estan tan calladas y tan cabreadas.

—¿Que te pasa?

Jon espera un «nada», el top ventas de las respuestas de las mujeres a esa pregunta, pero en lugar de eso obtiene una respuesta sincera.

—Esa pelea de machos sobraba.

Bonita forma de darme las gracias.

—El machote es el, guapa. Que yo como pollas.

—Los dos ibais de machotes. Todos los hombres sois iguales, comais lo que comais.

Jon guarda silencio, maldice internamente, hace examen de conciencia, se rasca el pelo. Sigue sin ver en que se ha equivocado.

—Tenia que defenderte, ¿o no te das cuenta? Pretendian intimidarnos. Y a mi companera no la intimida ni Dios.

—Si quiere, Parra nos puede poner las cosas muy dificiles.

—Ya lo se. Y si dejamos que nos achiquen, nos convertiran en recaderos o nos dejaran fuera. Ya puede venir el ministro de Interior a decirselo, que tu a uno de estos superpolis no le mangoneas.

—La solucion era la mano izquierda, ya lo has visto.

—La solucion… ¿Te crees que se lo ha tragado? Si, es verdad que se ha puesto hinchado como un pavo con tu numerito, pero en cuanto se desinfle, volvera a comportarse como un gilipollas. No le gusta que estemos aqui.

—Estoy acostumbrada a trabajar de esa forma.

—Pues yo no. Es mi primera vez. Y mucho menos teniendo que ocultar informacion que es crucial para el caso.

—Es la misma razon por la que no podemos permitir que nos dejen a un lado.

—¿Y por que no le contamos todo a Capitan Musculitos? ¿Que sospechamos que la misma persona que tiene a Carla Ortiz ya ha secuestrado y matado antes, y que estan mas perdidos que un pulpo en un garaje?

Dios, eso seria fantastico, piensa Jon, relamiendose por dentro al imaginar la cara del capitan Parra en semejante situacion.

—No se lo vamos a contar.

—¿Por que?

—Porque Mentor nos ha pedido que no lo hagamos.

—Mentor, ¿el senor que te ha arrastrado contra tu voluntad a este cenagal de mentiras, para que hagas algo que no quieres hacer?

Antonia parpadea asombrada.

—Si, el —dice, tan impermeable al sarcasmo como siempre.

Jon bufa con exasperacion.

—Quiero decir que no tienes por que seguirle el juego en esto.

—Tiene sus motivos.

—Esa mierda del pistolero solitario y de que nosotros busquemos justicia para el chico desangrado podria valer antes, y tampoco mucho, cuand

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