19 Una Valla

19. Una valla

19

Una valla

Ninguno de los dos dice nada.

Cuando llegan al coche, Antonia se limita a programar una direccion en el GPS y luego mira por la ventana. Jon sabe que ella esta a punto de echarse a llorar, porque el mismo lo esta.

No pregunta donde van. Se limita a conducir.

Estan cerca. Ocho minutos mas tarde, llegan a la puerta de un colegio. En la entrada, una bandera britanica.

Antonia baja del coche. Luego golpea en la ventanilla.

—¿Vienes?

La puerta esta cerrada, pero tan pronto se acercan, un zumbido les facilita la entrada. En recepcion, una persona saluda a Antonia. La sonrisa es cauta.

—Estan en el patio —le dice, en ingles—. Acaban de salir.

—Gracias, Megan —responde Antonia, en el mismo idioma—. Ire donde siempre.

Antonia guia a Jon por los pasillos hasta el segundo piso. Un ventanal se abre sobre el patio. Antonia abre ambas hojas y se acoda sobre el alfeizar. A su lado hay un hueco que Jon no sabe si llenar. Al final decide aproximarse. Piensa, y con razon, que de lo contrario no le habria invitado a acompanarla.

Hay mas o menos un millon de monstruos con jersey verde, polo blanco y pantalones grises.

—Es aquel de alli —dice ella, senalando a uno de los pequenos, que lleva una pelota en la mano. Debe de tener cuatro anos. Pelo negro, sonrisa de diez mil vatios. Inconfundible.

—¿Como se llama?

—Jorge. Jorge Losada Scott —recita, orgullosa.

—Se parece a ti.

—Se parece mas a su padre.

—La sonrisa es tuya.

—Eso dice mi abuela.

—Las abuelas suelen ser sabias.

—La mia lo es. Ojala la conocieras. Le gustarias.

—Yo le gusto a todas las abuelas, bonita. La cuestion es si ella me gustaria a mi.

Antonia lo piensa un momento.

—Creo que si. Ama la vida con pasion, y es muy cabezota. Como tu. Y a los dos os gustan el vino y la lana inglesa. Creo que os llevariais muy bien.

La siguiente pregunta es tan jodida que no hay manera de hacerla bien. Jon lo hace lo mejor que puede.

—Jorge no vive contigo, ¿no?

Los siguientes minutos van calzados con botas de metal. Jon no sabe si la ha ofendido, justo ahora que estaba empezando a abrirse. Sabe el privilegio que supone para el que alguien tan reservado como Antonia le haya mostrado a su hijo, aunque sea en la distancia. Siente ganas de abofetearse por su propia estupidez. Y luego ella responde.

—Cuando paso lo de Marcos, Jorge tenia un ano. Yo… no reaccione bien. Sufri un trastorno de ansiedad. Deje el proyecto Reina Roja. No me apartaba de la cama de Marcos.

Una de las maestras toca la campana, el recreo se acaba. Los ninos corren a ponerse en fila, cada uno a la suya. En el suelo hay rayas pintadas encabezadas por animales. Jorge se coloca sobre la que tiene dibujado un leon.

—Mi abuela y mi padre intentaron hacerme reaccionar, pero yo me cerre en banda.

Los ninos comienzan a desaparecer en el interior de la escuela. Fila a fila, el edificio los va absorbiendo. La de Jorge es la penultima en ser tragada por las puertas de color rosa.

—Mi padre me quito la custodia del nino. Yo ni siquiera me defendi. Creo que entonces me parecio un alivio. Solo queria revolcarme en mi dolor y en mi sentimiento de culpa. Aun hoy, tres anos despues, me parece mas facil eso que cualquier otra cosa.

Antonia se queda mirando el patio vacio. Como todos los patios de colegio, tan pronto se marchan los ninos se convierte en un lugar gris y deprimente.

—No puedo estar con el mas que una vez al mes, y nunca a solas. Mi padre exige que me someta a tratamiento psicologico antes de confiar en mi. No le culpo. Por suerte en el colegio me dejan venir a verle jugar desde esta habitacion, a condicion de que mi padre no se entere.

—Pues si que le tienen miedo. ¿Que iba a hacer?

—Pues para empezar, quitarles la licencia.

Jon suelta una carcajada.

—¿Que es, el ministro de Educacion?

—Peor. Es el embajador del Reino Unido en Madrid. Y esto es un colegio britanico…

—Joder. Bueno, al menos puedes verle.

—Durante un tiempo, eso fue suficiente.

—¿Que es lo que ha cambiado? —pregunta Jon, aunque en realidad se refiere a:

Que es lo que ha cambiado para que me cuentes esto.

Que es lo que ha cambiado para que me traigas aqui.

Que es lo que ha cambiado para que de pronto parezcas humana.

Antonia sacude la cabeza. Este lugar es sagrado.

—Aqui no quiero hablar de eso.

20. Una tortilla

20

Una tortilla

A Jon Gutierrez le gusta cocinar.

Los dos estaban muertos de hambre, y Antonia sugirio ir a un restaurante para un almuerzo temprano. Jon dijo que a esas horas donde se iba a poder comer bien, que esto es Madrid; Antonia, que a ver que te crees; Jon, que no tienes ni idea de cocinar; Antonia que, aqui se come mejor que en ningun sitio; Jon, que tu que sabras si a ti te sabe todo a carton. Y acabaron en casa de Antonia tras un no hay huevos. Una parada previa en el super de abajo: Una malla de patatas, una cebolla, una botella de aceite de oliva, media docena de huevos camperos (que no habia).

Asi que Jon se quita la chaqueta, se arremanga, se lava las manos. Pela las patatas y las corta en laminas muy finitas, chascandolas un poco. Pone el aceite a calentar, mucho, vigilando que no este demasiado caliente. Echa las patatas, veinte minutos. Mientras, pica la cebolla y la pocha en sarten aparte hasta que esta cristalina. Saca las patatas. Las escurre. Las deja reposar hasta que han enfriado un poco. Luego pone el aceite caliente como los pozos del infierno, y echa las patatas. La doble fritura es la clave. A partir de ahi, cuesta abajo. Bate los huevos, homogeneos pero sin pasarse. Saca las patatas, estan crujientes y un punto tostadas. Las escurre, las seca un poco con papel de cocina. Las deja atemperar para que no cuajen el huevo al entrar en contacto con el. Las mezcla con el huevo, apretando un poco para que se empapen. Las echa en la sarten. Cuando los bordes estan cuajados, le da la vuelta con un plato. Momento critico. Sale bien. La sirve.

Antonia corta la tortilla, que se derrama un poco, oro liquido. La prueba.

—Me sabe a carton —dice, con la boca llena.

—Me cago en tu padre, Scott.

Resulta que es la mejor tortilla de patatas que Antonia ha probado en su vida, claro. Aunque ella no lo sabe, por lo de su anosmia. Pero Jon sabe por los dos, por eso se come tres cuartas partes, mojando pan. De pie, en la cocina y pinchando por turnos en el plato, porque no hay otro sitio. Luego un par de capsulas en la Nespresso.

Acaban sentados en el salon, en el suelo. Por el ventanuco se cuela la primera luz de la tarde. Un millon de motas de polvo bailan en el rayo que ha quedado entre los dos.

—Tienes una casa de lo mas acogedora —dice Jon, senalando las paredes desnudas, la ausencia de muebles.

—Cuando paso lo de Marcos, me deshice de todo —explica Antonia, con voz debil—. Nada que no fuera imprescindible.

Parece mas fragil y vulnerable que de costumbre.

—Estabais muy unidos.

—Estamos. Marcos es especial. Es escultor, ¿sabes? Es dulce, es carinoso…

—¿Como os conocisteis?

—En la universidad. Yo acababa Filologia. El Bellas Artes. Nos encontramos en un cumpleanos de una amiga. Nos pusimos a hablar y ya no dejamos de hacerlo. Me vine a vivir con el una semana despues.

—Me habias dicho que el edificio era suyo, ¿no?

—Una herencia familiar. Le permitia centrarse en su carrera como escultor. Habia conseguido ya un par de exposiciones en galerias de arte. Estaba empezando a despegar cuando paso…

No termina. Jon senala alrededor.

—¿Por que la redecoracion?

Antonia se encoge de hombros.

—Mi cerebro… no es normal. Puedo hacer cosas que los demas no pueden.

—De eso ya me habia dado cuenta —dice Jon, dandole un sorbo al cafe—. ¿Como por ejemplo?

—Puedo decirte que dia de la semana naciste…

—Catorce de abril de 1974.

—Domingo. Si leo algo, no lo olvido nunca.

—A ver —desafia Jon, sacandose un paquete de chicles del bolsillo y arrojandoselos en el regazo.

Ella lo mira, enarcando una ceja.

—No soy un mono de feria.

—Venga, dame el gusto. Total, estamos solos.

Antonia le da la vuelta al paquete, lee los ingredientes, se lo lanza de vuelta. Recita de memoria:

— Edulcorantes (sorbitol, isomalt, jarabe de maltitol, maltitol, aspartamo, acesulfamo K), goma base, agente de carga (E170), aromas, humectante (E422), espesante (E414), emulgentes (E472a, lecitina de girasol), colorantes (E171, E133), agente de recubrimiento (E903), antioxidante (E321).

—Gu-a-u. Haces una gira por Soria y te forras.

—Ah, y no te olvides que un consumo excesivo puede producir efectos laxantes.

—Que mas quisiera.

—Comes demasiada carne roja.

—Como si hubiera otra. Pero no entiendo que tiene que ver tu memoria con que no tengas muebles.

—A la mayoria de las personas todo se les acaba olvidando, o el tiempo matiza sus emociones. Mi memoria es casi perfecta. Si un recuerdo me afecta, puede hacerme mucho dano. Por eso no tengo nada que me recuerde a Marcos.

—Excepto Marcos —dice Jon, como quien no quiere la cosa.

—Paso todas las noches en su habitacion. Eso las hace un poco mas llevaderas. Pero durante el dia intento alejarme. Vengo aqui, trabajo en… un proyecto personal. Y aguanto como puedo.

—¿Siempre ha sido asi? ¿Lo de tus recuerdos?

—No —dice Antonia, tras una pausa—. Siempre, no.

En esa pausa de tres segundos hay oceanos de tiempo. Repletos de tifones y oleaje, de remolinos profundos y agitados.

—¿Que te hicieron, nina?

Antonia suspira. Nina. No le dice que asi la llama la abuela Scott. No le dice cuantas veces ella le ha hecho la misma pregunta que Jon acaba de hacer. Aparta la mirada.

—No puedo contartelo.

Lo que hicieron primero

Lo que hicieron primero

La sala es negra y esta llena de luz. Paredes y techo estan alfombradas de material aislante, tan grueso que no deja pasar el sonido. Cuando Mentor habla por los altavoces, su voz parece venir de todas partes al mismo tiempo.

Antonia esta sentada en el centro, en la posicion del loto, vestida solo con camiseta blanca y pantalones negros. Esta descalza. El aire de la habitacion es frio, aunque eso puede cambiar en cualquier momento. Mentor controla la temperatura a su antojo, para poner las cosas mas complicadas.

—1997. Un serbio llamado Dejan Milkiavich secuestra un avion con destino a Barcelona. Exige a las autoridades una mochila con un millon de dolares para liberar a los ciento catorce pasajeros, y dos paracaidas. El avion aterriza y el hombre deja libres a todos los pasajeros. Despues ordena al piloto que despegue y ponga rumbo al desierto de los Monegros. Cuando sobrevuelan el desierto, el hombre salta del avion con un solo paracaidas. ¿Por que?

—Si hubiera pedido uno solo las autoridades sabrian que era solo para el y podrian haberselo dado danado. Al pedir dos no podian jugarsela a que el piloto muriese —dice Antonia, al momento.

—Facil. Mira la pantalla.

Antonia mira el enorme monitor sentado frente a ella. La pantalla a oscuras deja paso a una instantanea con un grupo de personas desnudas, mirando de frente a la camara.

—¿Donde estas?

Los ojos de Antonia escanean la imagen a toda velocidad, y encuentran la discordancia enseguida.

—En el cielo.

—¿Por que?

—Hay un hombre y una mujer sin ombligo.

—Demasiado facil y demasiado lento.

Debajo del monitor hay un cronometro con los numeros en rojo. Mide el tiempo con una precision de milesimas de segundo. Ahora marca 02.437. Dos segundos y cuatrocientas treinta y siete milesimas.

—Cada noche me dices que hacer y cada manana hago lo que me has dicho, y sin embargo te enfadas conmigo.

Antonia esta cansada, apenas ha dormido esta noche, Mentor exigia que hiciera ejercicios de memoria, casi seis horas seguidas recitando numeros primos. Duda.

—El despertador.

Los numeros se detienen en 01.055.

—Demasiado lento. No progresas lo suficientemente rapido.

—Solo necesito respirar un poco.

Antonia siente los ojos pesados, la cabeza ligera. Mentor esta jugando de nuevo con la cantidad de oxigeno de la habitacion. Piensa en si ha llegado el momento de dejarlo, abandonar todo esto. Pasar mas tiempo con Marcos. Aunque el es muy comprensivo con sus ausencias, sabe que ella quiere todo esto, necesita todo esto.

O eso cree. A veces, cuando se encuentra tan cansada, ni siquiera sabe por que esta aqui.

Mentor le habla cada dia de alcanzar su pleno potencial.

—Puedes llegar mas lejos. Puedes ir a un lugar donde nadie ha estado antes —le ha dicho—. ¿Quieres?

Antonia quiere.

—Hay un modo, pero dolera. Dolera mucho. Y seras distinta.

Antonia acepta, sin pensarlo demasiado. Firma unos papeles que le dan, se compromete a pasar unos meses lejos de su familia. Siente entusiasmo cuando lo hace. Intuye que va a poder cruzar

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