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18. Un despacho

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Un despacho

El poder es extrano, piensa Jon.

Tiene sus simbolos. Un despacho enorme en la ultima planta de un edificio, con vistas de infarto. Varias antesalas, cada una con sus secretarias, para que seas consciente de que vas atravesando barreras. Moqueta en el suelo. Ascensor con llave. Un guardaespaldas en la puerta.

Pero todos esos indicativos externos son solo los aderezos. Entremeses. Cuando llegas al plato fuerte, tiene que estar a la altura de lo que esperas.

Laura Trueba no esta a la altura, esta contemplandola desde muy arriba, como un halcon.

Es alta, mucho mas de lo que parece en las fotos. Seca de carnes, de piel tostada, pelo negro, ojos de acero. Vestida con falda y chaqueta rojas, como en las fotos que salen casi a diario en los periodicos.

Por muy corporativo que sea… ¿Rojo despues de perder a un hijo?, se extrana Jon.

Con su panuelo al cuello, una sola vuelta. Una concesion elegante a la coqueteria, tapa asi las arrugas del cuello que traicionan su edad. El unico signo de debilidad en una apariencia estudiada al milimetro y ensayada hasta la extenuacion.

—Buenos dias. Les ruego por favor que se sienten —dice, saliendo desde detras de su mesa y guiandoles hasta una zona con sofas y una mesita baja, presidida por un retrato de ella y de su marido. Para llegar hay que hacer transbordo.

—¿Los senores tomaran cafe, infusion? —pregunta, educada, la secretaria.

—Los senores se marcharan enseguida —responde su jefa, cortando en seco la peticion de uno doble que Jon ya habia empezado a formular.

Aun llora por el que Bruno Lejarreta le arruino por la manana en el hotel. Una presencia toxica. Una presencia de la que no le ha hablado a Antonia aun. Pero no sabe como abordar el tema, asi que decide esperar.

Quizas no sea nada.

Famosas ultimas palabras.

Nada de cafe.

La secretaria ha captado a la perfeccion el tono en la voz de su jefa y les deja solos.

Salvo que no me lo creo. Todo este numerito del cafe estaba preparado, piensa Jon. Pero ¿por que?

—Quiero que sepan —dice Laura Trueba, cuando la puerta se cierra tras la secretaria y se quedan los tres solos— que me he visto obligada a esta reunion. En estos momentos me gustaria estar sola.

—Nos hacemos cargo, senora Trueba. Sabemos que esta pasando por un momento terrible. Pero supongo que tambien querra que se haga justicia para su hijo.

—No veo de que va a servir eso ahora —responde ella, cortante—. Se que es su trabajo y su obligacion. Pero tambien sabran que sus jefes y yo hemos llegado a ciertos… acuerdos.

—Por el bien del banco, cualquier cosa —dice Antonia—. ¿Verdad?

Jon, sentado al lado de Antonia, no puede darle la preceptiva patada por debajo de la mesa. Pero ahora mismo le gustaria. A Laura Trueba parece que tambien. Ha aguantado el puyazo muy envarada, pero su cara lo ha registrado.

—¿Es usted madre, senora Scott?

Antonia se toma su tiempo en responder.

—Si. Si que lo soy.

—Entonces usted podra valorar mejor que nadie el sacrificio que tengo que hacer. Todo esto —dice, senalando a su alrededor— y esto de aqui —continua, dando un golpe de tacon en el suelo. Resuena sobre el parquet como un disparo—. Todo esto, tan solido aparentemente, no es nada. Quitennos todas nuestras oficinas manana, demuelan nuestras sedes. El banco seguiria intacto. Porque el banco, senores, es una idea.

—Una idea que proteger a toda costa —insiste Antonia.

—No espero que me entiendan, ni mucho menos que no me juzguen. Ustedes ya lo han hecho en cuanto han entrado en el despacho. Estan juzgando a una madre, pero una mujer en mi posicion es muchas cosas. Al nino ya lo he perdido. Ahora la presidenta del banco se encarga de evitar mas danos.

—No es usted la unica que ha perdido a su hijo, senora Trueba. Carla Ortiz desaparecio hace dos noches —dice Jon.

La noticia cae en Laura Trueba como una piedra en el centro de un lago. Se expande por su rostro y termina en su mano izquierda, que tiembla un instante, de forma visible, mientras se la lleva a la boca para ahogar una exclamacion.

—No puede ser.

—Me temo que si.

—¿La misma… persona?

—Eso es lo que necesitamos que nos ayude a averiguar. Sabemos que usted intenta evitar el escandalo por encima de todo, pero ahora hay otra vida en juego. Una que estamos a tiempo de salvar.

Laura Trueba se levanta, y se aparta de ellos, dirigiendose a la ventana. Cristal de suelo a techo, doce metros de lado a lado, tiene donde escoger. Se queda alli parada durante largos minutos, con los brazos cruzados. Las vistas, increibles, conducen de tejado en tejado hasta insinuar, en la lejania, el Palacio Real y el parque del Oeste. Pero la banquera esta perdida en su propio paisaje interior, mucho mas cerrado. Sembrado de espinas y recovecos.

Cuando vuelve a su lado, tiene los ojos enrojecidos, pero secos. Querer llorar y poder hacerlo son cosas distintas.

—Lo que voy a contarles es estrictamente confidencial. No podran repetirlo, ni emplearlo de forma publica. ¿Esta claro?

—Si, senora —dice Jon.

Trueba se vuelve a Antonia. Esta asiente, despacio.

—No se si lo sabe, pero nosotros ni siquiera existimos.

—Si incumplen este trato, lo lamentaran —avisa Trueba, con una voz tan fria que se podria patinar encima.

A Jon no le cabe la menor duda de que tener a esa mujer como enemiga es la peor idea posible.

—El nino desaparecio por la tarde. Nosotros no lo sabiamos, nos enteramos por la llamada de telefono que hizo el secuestrador. Otra persona atendio el telefono. Cuando yo me puse, el… ese hombre se identifico como Ezequiel.

Jon y Antonia se incorporan en el asiento al mismo tiempo. Se miran. Laura Trueba cierra los ojos y aprieta los labios. Ha descifrado el significado de esa mirada.

—Me dijo que tenia al nino y despues me hizo una exigencia imposible.

El inspector Gutierrez reprime la tentacion de volver a mirar a Antonia. Ambos tienen la pregunta en la punta de la lengua y estan esperando a que el otro la haga. Finalmente es Jon el que da el paso.

—Con todo el respeto, senora, pero ¿que le pidio que usted no le pudiera dar?

Laura Trueba, la mujer mas poderosa de Espana, presidenta del banco mas grande de Europa, respira hondo, aparta la vista y permanece en silencio. Un silencio que rezuma tanta culpa que es casi visible.

—Necesitamos conocer las motivaciones del asesino, senora.

—Preguntenle a Ramon Ortiz, entonces. ¿Les ha dicho acaso el lo que le ha pedido Ezequiel?

Ahora son Antonia y Jon los que se callan.

—Eso suponia.

Jon oye varios sentimientos llamando a la puerta: confusion, rabia, tristeza. La cierra con llave, doble vuelta, y se la echa al bolsillo. Debe continuar. Encontrar cualquier indicio, por pequeno que sea.

—Debe haber algo mas que nos pueda contar.

—Poca cosa. Despues de hacer su exigencia imposible, me dijo que tenia cinco dias para cumplirla. Luego anadio: los hijos no deben pagar los pecados de los padres. Y colgo.

—¿Y despues? ¿No volvio a ponerse en contacto con ustedes?

La mujer mira al suelo.

—Lo siguiente que supimos fue que se habia encontrado el cadaver.

Jon y Antonia intercambian una mirada. No son buenas noticias. El contacto entre el secuestrador y la familia de la victima es esencial. Ese hilo invisible es una de las mejores armas de la policia para dar con los malos.

—Durante ese tiempo, ¿nada?

Trueba se rie. Una carcajada seca, amarga, indigna de tal nombre.

—Noches en vela, mirando el reloj, mirando el telefono. Angustia absoluta, culpa y dolor. Que no cesan ni van a cesar nunca. Llamelo nada. Yo lo llamare infierno, si le parece bien.

—Lo lamento mucho.

—Hay decisiones que no se pueden tomar. Elecciones que nadie deberia verse obligado a hacer. Ahora vayanse, por favor.

Jon se pone en pie. Antonia no. Jon le roza suavemente el hombro, y ella por fin reacciona. Laura Trueba sigue en la silla, inmovil, con la mirada perdida, cuando sus visitantes se encaminan hacia la puerta.

—Inspector —llama.

—Senora.

—¿Va usted armado?

—Si, senora.

—Si le mete una bala en la cabeza a ese hijo de la gran puta, ni a usted ni a nadie de su familia les faltara nunca de nada.

Espera a que se hayan ido para permitirse llorar.

No lo consigue.

Parra

Parra

El capitan Parra esta agotado.

El operativo en la escena del crimen del Centro Hipico fue extenuante. Han llegado, ademas, peticiones de entrevistas de varios medios de comunicacion. Periodistas que reconocieron al heroico lider de la Unidad de Secuestros y Extorsiones de la Policia Nacional en las fotos que algunas personalidades del mundo del famoseo y de la equitacion subieron a su Instagram y a su Twitter, y quieren saber que se cuece.

Parra, por supuesto, no ha contestado. Debe dar la apariencia de hombre ocupado, de que su atencion esta centrada como un laser de alta potencia en el caso. Y lo esta, pero, como la mujer del Cesar, no solo hay que ser bueno, hay que parecerlo.

Para cuando llegue el momento de que se enteren de lo que pasa. De la forma adecuada, piensa. Se precia de ser un estratega, un maestro titiritero.

El capitan no ha dormido casi nada. Llego tarde a casa, se acosto al lado de una esposa que apenas se movio. Son ya diez anos de matrimonio, acostandose a las mil, y su cuerpo ya no hace ondas en el colchon. Se ha levantado antes de que nadie de su familia abriese el ojo, ha comprobado que los ninos duermen en paz —bendito silencio de la madrugada—. El alba le encuentra en su despacho de la segunda planta de la Jefatura Superior de Policia. Un lugar color salmon triste.

Hace inventario. No son muchos pero hay indicios.

Tengo las vallas de obra, piensa.

Tan pronto como la empresa murciana que las ha fabricado abra al publico dentro de unos minutos les pediran el nombre del cliente que las compro. Parra ya ha llamado personalmente varias veces, pero no hay nadie aun.

Tengo la fotografia del sospechoso a la fuga que captaron el marica y la idiota de la Interpol.

En la que no se ve absolutamente nada, mas que un hombre que podria ser cualquiera y tener cualquier edad. Y que no pueden hacer publica, por las especiales circunstancias del caso.

Tengo la autopsia del chofer.

Que le ha dejado sin su principal sospechoso, y cuyo informe preliminar lo unico que indica es que el asesino es diestro y que el arma homicida es un cuchillo de unos doce centimetros de hoja, extremadamente afilado.

No tengo una mierda, piensa Parra.

Pero el secuestrador de Carla Ortiz volvera a llamar.

Esa mujer vale un paston.

De hecho, se pregunta cuanto. El rescate mas caro de la historia de Espana es el de Revilla, mil millones de pesetas, unos catorce millones de euros de hoy. Ni se acerca al rescate mas alto de la historia moderna, los sesenta millones de dolares que pago el padre de Jorge y Juan Born por su liberacion en 1974.

Parra muerde el capuchon del boli —ha dejado de fumar hace poco, vicio caro— y se estira hacia atras en la silla, mientras recuerda los detalles de aquel secuestro. Un grupo terrorista, los montoneros, cortaron la calle principal de Buenos Aires, la avenida Libertador, haciendose pasar por obreros que reparaban una tuberia de gas. Cuando paso el coche de los Born, los terroristas lo acribillaron a balazos y se llevaron a los dos hermanos. El padre —la primera fortuna del pais, comerciante de grano— se nego a pagar durante nueve meses, hasta que Jorge Born le convencio de que abriera las arcas. Nunca se recuperaron.

Aquellos sesenta millones de dolares serian hoy doscientos cincuenta millones de euros. Pero el padre de Carla Ortiz puede pagar eso y mas. Puede pagar mil millones, dos mil millones. Lo que le pidan. Sera el rapto mas sonado de la historia, piensa Parra. Y sera largo, porque los secuestradores pediran mucho, y el padre puede pagarlo, pero hace falta tiempo para reunir todo ese dinero en efectivo.

Volveran a llamar. Y entonces les cogeremos.

Tengo los telefonos de Ortiz pinchados. Sus comunicaciones estan intervenidas. Antes o despues

Satisfecho, Parra cierra los ojos. Solo tiene que esperar a que llamen. Porque al final, todos llaman.

¿Quien desaprovecharia la oportunidad de trincar tanta pasta?

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