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15. Un secreto

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Un secreto

Al otro lado del qanat y de la puerta trampa, una galeria de servicio.

Pero esta es decadas mas antigua que aquella que Antonia encontro al principio de su viaje, hace horas que parecen ya dias. Ahora esta abandonada. De las personas que lo recorrieron solo quedan vestigios. Un anuncio de ceramica en la pared nos ofrece «Valvulas Castilla, solo lo mejor para su radio, apartado 242 de Madrid». Otro mas adelante esta convencido de que «¡Fumar Ideales te mantiene delgado! a la venta en las expendedurias de la Compania Arrendataria de Tabacos».

Anos treinta, calcula Antonia mentalmente. Antes de ser una galeria de servicio, fue un tunel de paso del publico. Cegado hace muchos anos, deduce, al ver como se detiene abruptamente. La pared de ladrillo sin revestir probablemente tapa un acceso a la calle.

El extremo contrario del tunel, conduce a un lugar que lleva cerrado desde hace casi medio siglo.

Un lugar que ahora es la madriguera de Ezequiel.

El metro de Madrid guarda en su interior muchos secretos.

Uno de ellos es una estacion fantasma, abandonada hace decadas. En su dia formaba parte de un ramal unico de la linea 2, que conectaba Goya con Diego de Leon. Inaugurada en 1932, cayo en desuso veintiseis anos despues, cuando el trazado cambio y se inauguro la linea 4. La enorme infraestructura se clausuro al publico, pero los empleados del suburbano le dieron una utilidad diferente. Por la noche, cuando ya habia concluido el servicio, los conductores hacian un ultimo viaje.

Era conocido como el tren del dinero.

Sesenta hombres corpulentos recogian los miles de monedas que habian recaudado las taquilleras durante el dia y los reunian en grandes sacos que cargaban en el tren del dinero. Despues los acarreaban hasta la estacion fantasma de Goya bis, donde volcaban los sacos en grandes mesas alargadas en el anden. Alli contaban la montana de calderilla hasta la madrugada. Lo que no eran capaces de contar durante la jornada se acumulaba en dos enormes cajas fuertes creadas a medida por la prestigiosa casa Fichet. Tan solo dos de los empleados mas veteranos y de confianza conocian la combinacion de las cajas.

A principios de los setenta, el lugar fue abandonado. Los empleados fueron reubicados, y los trenes del dinero, cancelados. Modernos metodos se emplearon para recoger la recaudacion.

Goya bis se convirtio realmente en una estacion fantasma. Sin electricidad, con la via que conducia hasta ella retirada para ser usada en otros puntos de la red. Y el tunel de casi doscientos metros que llevaba hasta ella, bloqueado con una puerta que ya nadie cruza.

Un sitio que todo el mundo ha olvidado.

El escondrijo perfecto.

Antonia estudia el pasillo frente a ella. Al final, hay dos escaleras que descienden hacia el anden. Calcula el numero de pasos que seran necesarios.

Apaga la linterna.

Las paredes estan cubiertas de azulejos blancos, que reflejan la luz a pesar de estar cubiertos de polvo. No quiere alertar a sus enemigos de su presencia.

El resto del camino tendra que hacerlo a oscuras.

El tiempo ya no es una linea recta, se ha desvanecido en la hoguera de la urgencia. Su vida —quien es, por que lo es— carece de significado alguno. Todo lo que importa es el incierto y peligroso presente. Ahora el destino de Jorge, de Carla Ortiz, el suyo propio, no descansa enteramente en sus manos.

Todo este enorme esfuerzo no servira de nada si cuando ponga en practica su plan, Jon no cumple con su parte.

Ahora debe hacer aquello a lo que se ha resistido con unas y dientes toda su vida: confiar en otra persona.

Ezequiel

Ezequiel

Para Nicolas, la noche ha estado plagada de espectros.

Se ha esforzado por dormir, porque el dia siguiente sera dificil, sera peligroso, y necesita sus fuerzas. La muerte que contemplaba anoche —una salida, como una bendicion oportuna— se le antoja ahora imposible. El infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga, es real. Ahora lo sabe, porque se lo han dicho los espectros. Esta noche han hecho cola para visitarle, para deslizarse entre el jergon y la pila de ropa que le sirve de almohada, para torturarle durante su duermevela. Los espectros. El nino al que desangro, los policias de su antigua casa. Su hija Sandra. Ella no habia hablado, solo le habia mirado con aquellos ojos tristes, los parpados a media asta de quien vive una vida que no le corresponde.

Sandra, le habia recordado con aquella mirada la realidad de la que el lleva escapando durante meses.

No estas muerta. No quiero que estes muerta.

Ezequiel se revuelve en el camastro. Ve delante de el —o quizas suena— un nido, en el que un pajaro de plumas negras deposita un huevo, antes de marcharse. Se despierta, con la piel ardiendo, pero no suda, porque tiene fiebre, una fiebre alta que le deja la cabeza pesada y los brazos doloridos. En el bolsillo de la camisa se ha guardado los comprimidos de ibuprofeno, el ultimo blister de la caja. Echa mano a el. Al tacto nota que todos los compartimentos transparentes estan vacios, sus pequenos himenes plateados colgando tristes.

Se incorpora lo suficiente para girar la llave de la lampara de gas. La bombona azul esta casi vacia, pronto habra que cambiarla, pero queda la suficiente para iluminar una buena parte del anden. Contra la pared hay dos cajas fuertes, enormes, altas. Entre ellas, el pasillo que lleva a la habitacion que una vez sirvio de oficina, y donde ahora duerme Sandra

(no esta muerta)

junto al nino, el nino pequeno que no ha parado de llorar desde que llego, y que ahora parece haberse rendido al agotamiento.

Sandra se ha levantado. La oye abrir la puerta de la oficina y dirigirse hacia alli.

Nicolas sabe lo que va a decirle. La noche se termina, y ha llegado el momento. La mujer tendra que unirse a los espectros. Sandra ha pensado la manera, una particularmente cruel. Tambien le ha explicado lo que haran luego con el cuerpo. Lo abandonaran de madrugada, frente a una de las tiendas de su padre. Donde todo el mundo pueda verlo. Sandra dice que ha acabado el tiempo de ocultarse. Que ha llegado la hora de que el mundo conozca su obra.

Nicolas no quiere.

Busca su cuaderno sobre la mesa con la mirada, pero esta muy lejos, y ella ya esta alli, vestida con un mono azul, en el que aun quedan resecas manchas marrones. El consuelo de la confesion tendra que esperar unas horas. Habra anadido un nuevo racimo de pecados para entonces. Y mas manchas de sangre a ese mono.

—Espero que hayas descansado bien —dice Sandra. Y no hay ironia ni crueldad en su voz, ella no sabe de los espectros. Tampoco dulzura, ni autentico interes. En esa voz neutra, aterradora, no hay mas que la exposicion de un deseo propio, de una necesidad propia.

Nicolas adquiere en ese momento —es un momento breve— la certeza de que los espectros tienen razon. La niebla que vela sus pensamientos desde hace meses se levanta, y Nicolas ve la realidad tal y como es por un segundo. Va a responder a Sandra que se marcha. Mejor, se ira sin decir nada.

Despues la niebla vuelve a caer, la resolucion le abandona, el momento pasa.

—Trae ya a la mujer —exige Sandra.

Nicolas mira su reloj. Negro. Correa de nailon. Esfera grande y cuadrada. Una maquinaria extrana en este lugar, un siervo del orden en un laberinto de caos.

—Aun quedan once minutos.

Sandra se encoge de hombros.

—No tiene sentido alargarlo mas.

Trae las gruesas correas de cuero. Se las tiende a Nicolas con un gesto imperativo, enervante.

Nicolas mira la mano de Sandra como si de ella colgaran dos serpientes venenosas. El si que quiere alargarlo mas. Posponerlo unas horas. Despues de una noche acosado por los espectros, lo ultimo que quiere es atar esos instrumentos de tortura, sentir la carne blanda, suave y tremula de la mujer bajo aquellas correas. Quizas manana, cuando haya podido utilizar su cuaderno, encontrar un relato que de sentido a lo que le pasa. A lo que esta haciendo.

—¿Hay algun problema?

Sandra tiene un brillo extrano en los ojos. Hay amenaza, por supuesto, pero tambien algo mas. Calculo. Aritmetica. Nicolas no sabe que esta siendo evaluado, que Sandra intenta decidir si puede seguir obteniendo provecho de el o si, por el contrario, ha llegado la hora de dejar atras un caballo desfondado. Nicolas no lo sabe, pero intuye un peligro, al igual que los perros cuando sus duenos se preparan para salir de casa y dejarlos solos durante horas.

—Ningun problema —afirma Nicolas, extendiendo la mano y asiendo las correas.

Ella aun no las ha soltado, cuando escuchan la voz.

—Buenos dias. Perdonen que les interrumpa.

Hace un millon de anos, Nicolas fue una vez al zoo con su hija. En el pabellon de las serpientes habia una piton de Burma. Cuando se acercaron, el reptil giro la cabeza exactamente igual que Sandra lo acaba de hacer hacia el sonido.

Proviene de las escaleras, al fondo del anden.

—Lamento haber estropeado con mi presencia lo que estuvieran haciendo —insiste la voz de Antonia Scott.

Sandra suelta las correas, que quedan en manos de Nicolas. Se inclina sobre la mesa, y coge la pistola y una de las linternas.

—Mata al nino —le ordena—. Yo me encargo de esto.

A Nicolas lo que le aterroriza no es la orden, sino la sonrisa que le acompana. Como si estuviera esperando aquella intromision. Como si fuera lo que realmente mas desease en el mundo.

Carla. Tres minutos antes

Carla

Tres minutos antes

La cuerda esta casi cortada.

La piel de sus antebrazos esta desgarrada por varios sitios, y sus hombros protestan por haber mantenido la misma postura durante horas, pero apenas quedan unas pocas fibras.

Con un ultimo esfuerzo, logra acabar el trabajo. Tan pronto la cuerda se parte con un suave chasquido, el enorme peso de la puerta metalica cae sobre su brazo, presionandolo. El dolor es inhumano, pero ella no suelta la cuerda, a la que se ha aferrado con todas sus fuerzas.

Sujeta el pedazo de baldosa con los dientes y comienza a tirar, arrancando mas piel aun de sus antebrazos, que se queda enganchada en el borde oxidado de la puerta. Consigue agarrarla tambien con la mano izquierda, y sigue tirando. No hay esperanza en su corazon, tampoco certeza de sobrevivir. Solo la urgente necesidad de seguir respirando. El dolor es secundario, el dolor es asumible. El dolor es vida, el esfuerzo titanico es vida. La sed insoportable, el liquido corrosivo que le bulle en los pulmones, pidiendole que abandone su empeno, es vida. Rendirse, es muerte.

Dos palmos. Tres. Las baldosas que habia usado como tope caen al suelo, y el ruido que hacen se le antoja a Carla fuerte como una sirena de bomberos.

Tiene que darse prisa. Es imposible que no lo hayan oido.

Comienza a arrastrarse, poco a poco, hacia la abertura que ha conseguido crear. No puede soltar la cuerda. Cuando la suelte, caera. El sonido podria alertar a sus captores, si es que no lo han hecho ya las baldosas al caer.

Cree oir voces a lo lejos, una voz fuerte de mujer, pero no le presta atencion.

Tiene casi el cuerpo fuera. Pero sigue con el brazo extendido, sosteniendo la puerta metalica a duras penas.

Quien emerge al otro lado de la celda es la Otra Carla. La antigua Carla ahora le parece una pariente lejana, de esas que encuentras en las bodas y cuyo nombre alguien tiene que susurrarte al oido antes de saludar.

Es sobre el brazo derecho de la Otra Carla sobre el que cae la puerta —con un sonido tierno—, cuando las fuerzas la abandonan.

Cuando era nina, Carla —la antigua Carla— habia corrido delante de su padre para impedir que una puerta de garaje se cerrara. Una de esas grandes puertas de garaje de cierre horizontal. Metio la mano para tocar la celula fotoelectrica antes de que se cerrara del todo. Pero llego tarde. Y la puerta la atrapo. La antigua Carla habia chillado y llorado todo el camino al hospital. Le quedo una fea cicatriz en el antebrazo, y el musculo ligeramente hundido, incluso decadas despues.

La Otra Carla, la Nueva Carla, no emite ni el mas minimo ruido. Sin soltar la baldosa, se muerde la cara interior de los carrillos para desviar la atencion del dolor que esta sintiendo en el brazo. Carla es ahora un animal atrapado, peligroso. Seria capaz de arrancarse a mordiscos su propio brazo con tal de salir de alli. Tiene que girar el cuerpo, ponerse en cuclillas, y alzar con sus ultimas fuerzas la puerta sobre sus goznes, de forma que consigue liberar su antebrazo.

La puerta se encaja con un chasquido.

Carla esta libre.

Estar alli, sola, en la penumbra incierta, le produce un miedo que no habia sentido antes. El miedo a ahogarse en la orilla, tras hab

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