14 Una Furgoneta

14. Una furgoneta

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Una furgoneta

—Esta bien —interviene Jon—. Empecemos por lo que si sabemos.

Jon y Antonia estan sentados en el MobLab, comparando sus notas, mientras la doctora Aguado —despojada ya de su mono, vestida con vaqueros y jersey— teclea en su MacBook, con los cascos puestos. La musica esta muy alta, alguna clase de rock extranjero que Jon no consigue identificar.

El interior de la furgoneta tiene espacio para que cuatro personas trabajen con comodidad. A traves de la puerta abierta, Jon puede ver a Mentor, organizando a un equipo de tres hombres vestidos con monos azul oscuro que ha venido en otra furgoneta negra sin ventanas. Sacan cajas de metal y bolsas de plastico que apilan sobre el terrazo blanco que cubre el acceso al garaje de la mansion. Aunque Jon no escucha lo que Mentor les dice, tiene claro cual sera el cometido de los recien llegados: borrar toda huella de lo sucedido en la casa.

—El chico desaparecio en el colegio, antes de que acabaran las clases. Los padres pidieron ayuda casi inmediatamente, de forma discreta.

—El asesino hablo con ellos —afirma Antonia—. Despues, nada hasta ayer por la manana, en el que el cadaver del muchacho aparece, como por arte de magia, en el salon de casa de sus padres. ¿Por donde empezarias tu si esto fuera un caso de los tuyos?

Jon sonrie con amargura. Los casos en los que el trabaja son apunalamientos por cuestiones de drogas, putas que se esfuman (con suerte, a otros pastos; sin suerte, debajo de ellos), coches que desaparecen de aqui y aparecen, quemados, alla. Vidas de mierda que culminan en actos de mierda.

—Este no es un caso de los mios.

—Intentalo, al menos.

El inspector Gutierrez enuncia una lista rapida. Informes financieros de los padres; registros bancarios y de tarjetas de credito, los familiares, amigos y gente del entorno; telefono, ordenador del muchacho; entrevistas con testigos potenciales. Eso seria lo primero que pediria.

—Nada de todo eso sirve —admite Antonia—. Los padres no son gente normal. Sus informes financieros nos tendrian atrapados durante meses. No hay testigos, mas alla del profesor que dice que el chico se levanto para ir al bano.

—Quizas haya alguien que viera algo y no lo haya contado. O no lo sepa. Podriamos ir al colegio.

Antonia senala fuera, adonde Mentor da ordenes y gesticula.

—No te dejaria. No es asi como hacemos las cosas. Ademas, a los seis minutos de que estuviesemos en el colegio uno de los chavales subiria nuestra foto a Instagram. Al cuarto de hora aparecerian los periodistas.

Jon se pega una palmada en el muslo, exasperado.

—El secretismo no va a ayudar a encontrar al asesino de ese chico. Las cosas no se hacen de esta forma.

—La policia no hace las cosas de esta forma. Nosotros no somos la policia. La policia es lenta, segura, predecible. Es un elefante que agacha la cabeza, se fija una meta y arrasa todo a su paso. Nosotros somos otra cosa.

Yo si soy la policia, piensa Jon. Lento, confiable. Pero no un elefante, no estoy gordo.

Luego sigue la direccion de la vista de Antonia, que vuelve a indicarle la puerta del MobLab, y a Mentor, que aguarda fuera, ahora ocupado en hablar por telefono.

Jon, frustrado, se niega a darle la razon. Se siente como si le hubieran arrojado al Nervion con la ropa puesta y dos pesas atadas a los pies.

—No se si quiero jugar a vuestro juego.

—Yo no te lo he pedido —dice Antonia—. Por mi, puedes irte cuando quieras.

—Ojala eso fuese verdad.

—Si estas aqui es porque cometiste un error.

Quizas un raton, atrapado por una trampa que acaba de cerrarse con un sonoro chasquido, con la espalda partida y el queso fuera de su alcance podria explicar mejor que Jon la broma macabra que el destino parecia querer jugarle.

—Esta bien. Nosotros no somos un elefante. ¿Que somos?

—Nosotros cogemos lo que hay, y nos apanamos.

—¿Y que hay que podamos usar?

Antonia vuelve a repasar mentalmente todos los elementos del caso, uno por uno. El cadaver, manipulado pero sin pistas. Una escena preparada. Elementos de la casa empleados como parte del perturbado proposito del asesino.

Puede verlo colocando el cuerpo, una sombra negra que se mueve, con total precision. Que entra y que sale de una urbanizacion impenetrable.

—Cuando un ser humano mata a otro siempre es un caos enorme —dice Antonia—. Hay sangre por todas partes. Sillas volcadas, muebles rotos.

Y dientes, y cristales y botellas desparramadas, piensa Jon, que ha visto lo que pasa cuando el hombre es lobo para el hombre.

—Pero eso es algo que tenemos en contra. Dijiste que el asesino mato al chico en otro sitio, y por eso no hay pistas.

—No hay huellas, ni pelos, ni fibras. Tampoco se dejo el DNI encima de la mesa de la cocina.

—Hubiera sido un detalle por su parte.

—Pero te equivocas, si es algo que podemos usar. Sabemos que dejo un mensaje, o hay razones suficientes para pensarlo. El aceite en el pelo del chico.

—El salmo veintitres. ¿Un motivo religioso?

—No lo se. Pero sabemos que se esforzo mucho por dejar ese mensaje y que lo hizo sin cometer errores. Y eso nos habla mas acerca de el que lo contrario. Mira esto.

Antonia busca en su iPad y le muestra una foto. No es bonita.

—¿Un caso antiguo? —pregunta Jon, intentando no apartar la mirada.

—De los primeros.

En la imagen se ve a una mujer muerta en un dormitorio. La ropa de cama esta deshecha y llena de manchas oscuras. La cara de la victima esta cubierta por una funda de almohada.

—Un asesino en serie. Sevilla, hace anos. Tres victimas antes de que lo cogieramos. Esta es la tercera, aunque fueron todas similares. El asesino era el dueno de un bar de carretera en Ecija.

—El asesino de las Tijeras. Lo recuerdo. ¿Fuiste tu la que le cogio? —dice Jon, con repentino respeto.

Antonia le dedica una sonrisa indescifrable que parece pintada por Da Vinci.

—Historial de abusos sexuales y malos tratos desde el instituto. Asuntos feos, pero se iba librando.

—Hasta que un dia el angelito decidio subir el liston.

—Era un tipo astuto. Intento cubrir sus huellas lo mejor que pudo, por eso logro pasar del primer crimen. Si no hay mas asesinos en serie en Espana es casi siempre porque cometen errores y les cogen antes de que lleguen a la victima numero dos. Este era listo. Aun asi, observa la escena.

—Es un desastre.

—Caos. Un estallido de violencia mientras el obtiene lo que quiere, el objeto de su placer y de su deseo. Los cortes en el cuerpo de ella no son limpios, vacila antes de clavar las tijeras. Y cuando acaba… la culpa, el remordimiento.

—Por eso le tapa la cara —dice Jon, senalando la foto.

Antonia toca en el brazo a la doctora Aguado, que se quita los cascos y la mira con cara de interrogacion.

—Puede poner en las pantallas las fotos de la escena, ¿por favor?

La forense asiente y echa mano del raton. Un instante despues los siete monitores de treinta pulgadas que cubren una de las paredes del MobLab comienzan a mostrar en bucle las fotos que ha tomado Aguado. Muestran el salon, las habitaciones, y, por supuesto, el sofa y la victima.

—¿Que es lo que no ves? —pregunta Antonia.

—No hay culpa, ni remordimiento.

Antonia no continua. Tiene la mirada clavada en el carrusel de fotografias, sus pupilas van de una a otra. Jon espera, paciente, pero intuye que algo no va bien. A los ojos de Antonia ha asomado de nuevo el mismo brillo tembloroso que tenia antes cuando estudiaba el cadaver, acuclillada en el salon.

—¿Estas bien?

Una eternidad despues, Antonia parece registrar la pregunta. Pero elige contestar otra, una que se esta haciendo a si misma.

—Todo es artificial —dice—. Esto no es por…

Se para en mitad de la frase, muy despacio.

Como si le hubiesen quitado las pilas, piensa Jon.

La doctora Aguado se interpone entre Antonia y el, le ofrece algo. Antonia le aparta la mano.

—No. Debo pensar.

—Sera mas facil asi.

—He dicho que no. Marchese.

—Senora Scott…

—He dicho que se marche —dice Antonia, la voz dura y chillona. Un diamante rayando vidrio.

Aguado se incorpora, incomoda, se alisa los vaqueros, se tira de las mangas del jersey.

—Voy a salir a ver si Mentor necesita ayuda —dice, como si se le acabara de ocurrir.

Jon espera hasta que la forense haya saltado de la furgoneta, y solo entonces se incorpora en la silla y se inclina hacia Antonia.

—Has dicho que es artificial.

Antonia le mira, el esfuerzo para comunicar sus pensamientos es visible en sus ojos.

—No es por el chico. Esto es por algo mas. Es por poder.

—¿Poder? ¿Que clase de poder?

—El asesino cree que lo ha pensado todo. Pero se equivoca. Nos ha dejado dos… dos…

—¿Dos que?

Antonia agacha la cabeza. Cuando la vuelve a incorporar, gruesas lagrimas le corren por las mejillas.

—Lo siento. Creia que podria. Pero no puedo.

Y, poniendose en pie, sale de la furgoneta.

15. Un avión

15

Un avion

Es solo un punto en el cielo de la manana.

El Bombardier Global Express 7000 habia despegado del aeropuerto de La Coruna cuando aun era de noche, y tenia previsto iniciar la aproximacion de descenso en Madrid justo despues del amanecer. Aunque el dueno y unico pasajero a bordo del avion vera aparecer el sol junto a su ventana antes que los habitantes de la capital de Espana.

—Senor, quedan dos minutos —avisa el piloto por el intercomunicador de la aeronave.

Ramon Ortiz no levanta aun los ojos de los papeles que uno de sus ayudantes le entrego en mano en la escalerilla del avion. Incluyen el informe de ventas del dia anterior, problemas en la apertura de una nueva tienda en Singapur y otros asuntos menores. No puede estar pendiente de todo como le gustaria, pero ha hecho correr el rumor —que el mismo ha llegado a creerse— de que no hay detalle, grande o pequeno, que escape a su control. Le gusta presentarse de improviso o llamar a alguna de las tiendas, preguntar por la encargada (cuyo nombre le pasan convenientemente antes) y charlar de trivialidades. Sabe que luego se lo contara a todo aquel con el que se cruce. Asi se crean las leyendas, con muy poco.

A sus ochenta y tres anos, Ortiz ha recorrido un largo camino desde que era un mocoso que regresaba a casa caminando durante cinco kilometros por una carretera nevada con los zapatos en la mano para no destrozarlos. Porque no habia otros.

Entre el cuero duro de aquellos zapatos y la suave piel de anca de potro que recubre los asientos de su avion privado ha habido muchos amaneceres. Pasa la mano por el reposabrazos, con apreciacion no exenta de cierta desazon. La piel es excelente, sin duda. Aunque el lujo desorbitado sigue resultandole, aun despues de tantos anos, ajeno. Como si fuera de prestado. Fue su hija Carla quien insistio en que personalizaran los asientos con esa piel en concreto, a juego con el sofa Chesterfield que aun conserva en su casa y que le acompana desde la apertura de su primera tienda, hace cuatro decadas.

Ramon habia enarcado la ceja ante el gasto, que subiria la factura del avion —35 millones de euros— en otros cien mil. Pero con Carla no hay forma de discutir. Todo lo salda con un:

—Calla, calla, que vas a ser el hombre mas rico del cementerio.

Y, por supuesto, sera verdad. Le entierren donde le entierren.

—Un minuto, senor —dice el piloto.

Ramon le ha instruido para que le avise siempre del instante en que el sol va a hacer su aparicion. No quiere perderselo, enfrascado en su trabajo. Sabe que el piloto hace un poco de trampa, pues el avion asciende ligeramente para que la prediccion se cumpla en el momento preciso. Uno de los privilegios de ser el hombre mas rico —aun sobre la tierra, y no bajo ella— es que puede elegir la hora a la que amanece.

Se quita las gafas de leer, que caen sobre su pechera, sujetas por la cadena que lleva al cuello, y se recuesta para ver el espectaculo. Pero una vibracion sobre la mesa de caoba maciza le distrae. Esta sonando su movil particular, que dispone de cobertura wifi gracias a la conexion via satelite del Bombardier. Otros cincuenta mil euros de sobrecoste, ademas de cincuenta euros el minuto de conexion. Otro gasto que no protesto.

—No querras per

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