14 Una Bolsa De Papel P

14. Una bolsa de papel

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Una bolsa de papel

El recibimiento en La Finca no es muy caluroso.

No hay bailarinas, ni confeti, ni alfombra roja.

Jon Gutierrez nunca ha sido partidario de fomentar la tradicional rivalidad entre guardias de seguridad y policias. Su pelicula es vivir cien anos, y por lo tanto vive y deja vivir. Ellos en su curro, el en el suyo. No es lo habitual. Cuando eres policia y te dejas la piel, el resuello y el alma en el zeta, de una llamada a la siguiente por cuatro duros, lo de mirar por encima del hombro pasa. Es la naturaleza humana, despreciar al de abajo y odiar al de arriba hasta que subes un escalon y el ciclo empieza de nuevo.

Los de seguridad, igual de resabiados, y poco informados de que el inspector Jon Gutierrez es de naturaleza tierna y receptiva, por mucho que lo desmienta su aspecto robusto y su porte amenazador, no van a colaborar esta noche.

Jon aparca el Audi al lado de la garita. Bajan. Los vigilantes estan junto a la barrera. Fumando con una mano y con la otra en la presilla del cinturon. Posicion Clasica numero 1, se la ensenarian el primer dia de clase si fueran a clase.

—¿En que puedo ayudarles?

Traduccion: ¿Que cojones quereis?

—Buenas noches. Soy el inspector Gutierrez, de la Policia Nacional. Esta es mi companera. Estuvimos aqui hace dos noches, no se si me recordaran.

—Hace dos noches me tocaba librar.

Mentira, por supuesto, porque a pesar de la oscuridad, Jon ha reconocido a ambos. Especialmente al que habla. Barba de tres dias, un pendiente que se quita para trabajar, casi los cincuenta. Miente como le mintio anteanoche, cuando le dijo que no trabajaba cuando encontraron a Alvaro Trueba.

—Necesitamos acceder a las grabaciones de seguridad de hace tres noches.

El vigilante se cruza de brazos y abre las puntas de los pies hacia fuera (Posicion Clasica numero 2) y da una respuesta inesperada.

—Por supuesto, inspector, sera un placer atender su peticion.

Jon sonrie.

—Tan pronto se la haga llegar al gerente de la empresa por escrito identificando el nombre del funcionario solicitante, especificando las grabaciones que se solicitan y dejando claro que es en el marco de la investigacion de un delito. Es la Ley de Proteccion de Datos, ya sabe.

Claro que si, piensa Jon. Salvo que Carla Ortiz no tiene tiempo de esperar a que yo haga una peticion por escrito de un delito que supuestamente no ha existido nunca.

—Vera usted, es que tenemos prisa. Quizas podriamos saltarnos el papeleo, una cortesia entre profesionales.

—¿Y de cuanta cortesia estamos hablando?

Jon se rasca el pelo, y luego se rasca el bolsillo. Todo lo que lleva en la cartera. Cincuenta euros.

—Cincuenta euros. Es todo lo que llevo encima.

—Pues vuelva cuando lleve cinco mil —dice el guardia de seguridad, que sabe muy bien que un policia no ha visto cinco mil euros juntos en su punetera vida.

El inspector Gutierrez valora seriamente las consecuencias de cruzarle la cara a bofetadas. Luego dice:

—Pues nada, nosotros ya nos ibamos. Muchas gracias.

—De nada, corazones.

De vuelta, en el coche. Jon conduce cabreado, y habla cabreado.

—…Y, ¿no me ha dicho, el muy imbecil, «De nada, corazones»? Que es lo que yo les dije el otro dia cuando no paraban de alumbrarnos con su linternita a la cara. Como para dejarnos claro que era el el que estaba el otro dia, haciendose el listillo. Imbecil. Memelo. No se por que Mentor no pidio las grabaciones de seguridad, y por que tenemos que hacerlo nosotros, y… ¿se puede saber que haces?

Antonia no le presta atencion, esta programando el GPS del coche. Aparece una direccion. Diecinueve minutos.

—¿Donde vamos?

—No me molestes —dice Antonia. Ha abierto su iPad y busca informacion. Abre una pagina web y se pone a leer—. Solo tengo diecinueve minutos para aprender.

Cuando frenan en la puerta del destino que Antonia habia programado en el GPS, Jon no se lo puede creer.

—¿Ahora quieres entrar aqui?

—Necesito tus cincuenta euros.

—Son mis ultimos cincuenta euros. Te recuerdo que estoy suspendido de empleo y sueldo.

—Ahora te los devuelvo.

Jon le alarga el billete. Antonia lo coge, saca su DNI de la mochila bandolera, y la deja en el asiento del copiloto.

—Espera aqui. Y echa el cierre. No quiero que te la roben si te echas una siesta.

Hasta ese dia, Jon habria pensado que era imposible pasar noventa y cuatro minutos seguidos maldiciendo, pero es a lo que dedica casi todo el tiempo que Antonia Scott tarda en salir.

Cuando lo hace, trae una humilde bolsa de papel en una mano y un billete de cincuenta euros en la otra.

—Volvemos a La Finca.

Jon aparca junto a la garita, toma dos.

Temperatura del recibimiento, bajo cero.

—Inspector, si trae la peticion de las imagenes por escrito, debo comunicarle que mi supervisor esta de vacaciones. Con gusto podremos atenderles la semana que viene.

Antonia le alarga la bolsa de papel a Jon, y este se la tiende a su vez al guardia. Una humilde bolsa de papel, con el logo en negro de la diosa Cibeles. Debajo, en letras muy pequenas: Casino Gran Madrid. El guardia la mira sin abandonar la Postura Clasica numero 2.

—¿Que es esto?

Arruga la nariz, como si la bolsa contuviera panales de segunda mano.

—Cortesia entre profesionales.

La curiosidad puede a la arrogancia. El guardia alarga la mano y coge la bolsa. Pesa. La abre. Mira dentro. Saca la linterna. Vuelve a mirar dentro. Mira a Jon. Mira a su companero.

—No sabia si los cinco mil euros eran en total o por cabeza, asi que hemos traido diez mil para asegurar —aclara Jon.

Mientras el companero y el conferencian en un aparte —sin dejar de abrir la bolsa cada tres segundos—, Jon y Antonia se susurran entre dientes sin dejar de mirarles y de sonreir.

—¿Como demonios se te ha ocurrido esto?

—Al escuchar lo del chofer de Ramon Ortiz el otro dia.

—¿Y has aprendido a jugar al blackjack en diecinueve minutos?

—No, a jugar he aprendido en un minuto. Los otros dieciocho he aprendido a contar las cartas.

15. Una garita

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Una garita

Diez mil euros despues, Tomas y Gabriel, que asi se llaman los guardias, resultan ser encantadores. Tomas, el cincuenton de barba de tres dias, les conduce al interior de la garita, mientras que Gabriel se queda fuera, encargandose de la barrera. La garita es mucho mas grande de lo habitual, y resulta ser solo la antesala del lugar al que Jon y Antonia necesitaban acceder.

—Vengan por aqui, por favor —dice, abriendo una puerta situada al fondo. Unas escaleras llevan a un subnivel soterrado bajo la entrada. Ahi encuentran taquillas, una zona de descanso, duchas, un pequeno gimnasio.

—¿Quieren un cafe?

Jon si se tomaria uno, gracias. Antonia un te, si hubiera. Hay. Tomas prepara las infusiones en una maquina similar a la que encontrarias en la zona de desayunos de un hotel de cinco estrellas.

—La verdad, no nos podemos quejar. Aqui nos han puesto todas las comodidades. Antes trabajaba en un hipermercado. Dia si, dia tambien gresca con los gitanos metiendose cosas debajo de la camiseta. Que no pasa nada con los gitanos, algunos de mis mejores amigos son gitanos, pero…

Jon le interrumpe antes de que acabe de ahorcarse.

—Tiene usted aqui un buen puesto de trabajo.

—El mejor que podria encontrar. Y mas con mi edad.

—Entiendo que no quiere arriesgarse a perderlo.

Tomas les da las tazas humeantes. Se sirve el otro cafe.

—Soy muy viejo para encontrar otro trabajo. Y tengo dos hijos en la universidad.

—¿Sabe lo que paso el otro dia en el chalet de Los Lagos?

Tomas aparta la mirada.

—El trato era que les ensenaria las imagenes. Nada mas.

—Necesitamos su ayuda, Tomas —dice Antonia.

En veinte anos de policia, Jon ha interrogado a muchas personas. Los ha visto de todos los colores, formas y tamanos. Los que no quieren hablar por miedo, los que se cierran en banda y hacen del silencio un orgullo, los que mienten para librarse de algo… y los que se mueren de ganas de hablar. Estos ultimos te dicen cosas como:

—No se si puedo confiar en ustedes.

Y tu tienes que darles confianza, entregarles algo a cambio.

Asi que Jon mira a Antonia. Le pide permiso. Antonia asiente con la cabeza.

—Tomas… nosotros no somos policias ordinarios.

—No lo entiendo —dice el hombre, desconcertado—. He visto su placa, y es de verdad.

—Es de verdad. Pero nosotros no somos como los demas.

—De eso me he dado cuenta. Los demas no van regalando fajos de billetes de cien.

—Lo que nos cuente no se va a usar en un juicio. Ni quedara registro alguno. Hay una persona que necesita ayuda. Y hay alguien a quien hay que hacerle justicia. Usted sabe lo que paso aqui, Tomas.

El vigilante agacha la cabeza. Resulta que, en cuanto abandona las Posturas Clasicas numero 1 y numero 2, Tomas es un hombre decente. Uno que se avergüenza de lo que sus jefes le han mandado hacer. Que es callarse, mirar para otro lado, si te he visto no me acuerdo y aqui no ha pasado nada. Muy sencillo de decir, algo menos de hacer. Imposible que salga gratis.

—Si. Lo se.

—¿Cuanta gente mas lo sabe?

—Gabriel y yo. El supervisor. Y la gobernanta de los Trueba. Ella fue la que entro en el salon y vio al nino.

—Y luego le llamo a usted. Y usted llamo al supervisor.

Tomas asiente.

—Yo estaba acabando mi turno.

—¿Es eso normal? —pregunta Jon—. ¿Es normal que una empleada le llame a usted, en lugar de a la policia?

El hombre calla, avergonzado. Su rostro esta congestionado, sus manos agarran la taza como si fuera el ultimo salvavidas del naufragio.

—Tomas —dice Jon, suavemente, animandole a continuar.

—En esta urbanizacion las cosas se hacen de otra forma. No es un lugar peligroso, los promotores se han cuidado mucho de no venderle a cualquiera. Tiene que estar muy claro de donde procede el dinero. Ha habido rusos y colombianos que han querido venir. Les dijeron que no. Pero aun asi, los que estan aqui son gente especial. Con necesidades especiales.

—¿Ha habido incidentes antes?

—Nunca tan graves como este. Ni por asomo. Pero la consigna siempre ha sido calla y no preguntes.

—Y esta vez hizo lo mismo.

—No me pagan para encargarme de estas cosas.

No, piensa Jon. A quien le pagan para ello es a mi. Tu y todos los espanoles.

No dice nada. Tampoco iba a servir. Ni es el quien para abanicarse con la Constitucion, articulo 24.

Me estoy volviendo un cinico, piensa. Y le da igual, claro. En eso consiste.

Lo unico importante es encontrar a Ezequiel.

—¿Habia alguien esa noche en el chalet de Los Lagos?

—No. Terminaron la casa hace seis o siete meses, pero aun no se han instalado. Apenas han venido por aqui. He oido que viven en un chalet en Puerta de Hierro.

—¿Sabe si tenian previsto mudarse?

Tomas sacude la cabeza.

—Normalmente los residentes dan una gran fiesta de inauguracion cuando abren la casa. Nosotros siempre nos enteramos, claro. Si invitan a cien personas, tenemos que tener antes los cien nombres y las matriculas que hagan falta. Si no, no pasan.

—¿Y no ha visto a la familia por aqui?

—En mi turno nunca les he visto. Pero yo empiezo a las ocho de la tarde y termino a las ocho de la manana. Una vez vino una asistente con el decorador, tenian que cambiar el suelo de la cocina porque no les gustaba el color, creo. Vinieron muy temprano, por eso lo recuerdo.

Tener una casa de veinte millones de euros y no pisarla. Eso es poderio.

—¿Y el servicio de limpieza? ¿Viene a menudo?

—Todos los dias —afirma Tomas—. La casa tiene que estar impoluta, aunque no viva nadie en ella. Entran a las siete de la manana, la hora a la que se van no la se. Supongo que a las tres, es la jornada habitual aqui.

—De acuerdo. Vamos a esa noche. ¿Hubo algo que le llamase la atencion? ¿Cualquier cosa que no fuera normal?

—No, me temo que no.

—Esta bien —dice Jon—. Supongo que tendra la lista de entradas y salidas de su turno. Necesitare ver eso, y tambien las grabaciones.

El sistema de vigilancia resulta ser una maravilla. Una autentica obra de arte de alta tecnologia. Alrededor de todo el perimetro de La Finca hay sensores de movimiento.

—Por supuesto, los tenemos apagados —dice Tomas—. Si no, estarian saltando todo el rato. Por los conejos.

Ademas del area de descanso y del resto de areas del personal, el subnivel contiene una habitacion dedicada a la monitorizacion de la urbanizacion. Diez monitores que van rotando las imagenes de cuarenta camaras de seguridad. Hay otros dos sobre la mesa, uno suministra la informacion de los sensores de movimiento (apagado, tambien).

—¿Hay muchos conejos?

—Muchisimos. Antes todo esto era campo.

—No se crea que nos ayuda esto.

—Es un sistema redundante. No necesitamos los sensores de movimiento. Tenemos los de infrarrojos. Y con esos salta una alerta visual, no una que nos destroza los timpanos. Ademas, esta regulada de forma que nada que pese menos de veinte kilos los haga saltar.

—Pero no hubo ninguna alarma de los infrarrojos aquella noche.

—Me temo que no. Por lo que al sistema respecta, no hubo ninguna intrusion.

—Las camaras estan todas apuntando hacia fuera, ¿verdad? —dice Antonia, que apenas ha intervenido desde que llegaron.

—Claro. Todas las calles del interior de la urbanizacion son privadas. No se puede grabar dentro.

—Entonces la unica grabacion que necesitamos es la de la puerta de acceso.

—Ponga esa, si es tan amable, Tomas —dice Jon, y mientras el vigilante busca en el disco duro el archivo correspondiente, Jon se vuelve a Antonia—. ¿Por que no las demas?

—Si Ezequiel entro saltando las vallas con el cadaver de Alvaro, tuvo que hacer saltar la alarma de infrarrojos.

—¿Y si el sistema fallo?

Antonia se encoge de hombros.

—Cuarenta camaras perimetrales, con un margen de tiempo de cinco a seis horas cada una. Tardariamos diez dias seguidos sin dormir, ni comer, ni hacer nada que no fuera mirar la pantalla.

—No tenemos tanto tiempo —dice Jon.

Carla no tiene tanto tiempo.

—Por eso vamos a apostar. Segun Aguado, la victima murio entre las ocho de la tarde y las diez de la noche.

—Sabemos que tuvo que trasladar el cadaver. Asi que las ocho de la tarde es un buen comienzo.

Antonia le pide a Tomas que ponga la grabacion en los diez monitores, solo que a horas distintas. El de mas arriba comienza a las ocho de la tarde, el siguiente a las nueve, y asi sucesivamente. El ultimo comienza a las cinco de la manana.

Tal que asi:

20 | 21 | 22 | 23 | 00

01 | 02 | 03 | 04 | 05

—Cada vez que aparezca un coche en alguno de los monitores, paramos la grabacion y comprobamos con el registro de entrada —le explica a los otros.

—Es muy buena idea —dice Tomas—. En lugar de tardar diez horas en ver la grabacion, tardaremos una.

Tardan mucho mas, porque cada una de las entradas obliga a una parada y una comprobacion en el registro de entrada, lo que lleva su tiempo. Y hay decenas, sobre todo entre las ocho y las once de la noche.

Estan buscando una anomalia. Algo inusual. No encuentran nada. Con la excepcion de un par de taxis y varios Uber, todos los que entran son coches de residentes, o amigos de los residentes que estos habian autorizado para entrar. Habria que comprobar personalmente cada uno de los nombres de los autorizados, pero eso requeriria de dias y mucho personal.

Por eso los asesinatos son tan dificiles de investigar.

Tres horas despues, la linea de tiempo se esta acabando. Y ellos estan agotados. En los monitores de arriba sigue entrando gente, llegando a sus casas despues de su jornada, o de cenar con su familia. En los de abajo, apenas hay movimiento.

De pronto Antonia se endereza. Senala al monitor central de la inferior.

—Ahi. Ese taxi.

Es un Skoda Octavia, el taxi mas comun de la ciudad de Madrid. Llega con el numero cero puesto en la luz del techo. Lo habitual cuando van a recoger a alguien a mucha distancia.

Segun se aproxima el taxi, la imagen muestra como Gabriel lo deja pasar, sin preguntar.

El codigo de tiempo marca las 03.52.

—¿Que tiene de especial?

—Ya hemos visto antes ese taxi —dice Antonia—. 9344 FSY. Llego a las diez y media de la noche. Y venia a dejar a alguien.

Asi es. Una rapida comprobacion rescata las imagenes de la llegada del taxi, con la tarifa 2. Ahi se ve como Tomas se agacha para preguntar al taxista algo, y ens

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